Opinión
El clásico

Por Anibal Malvar
Periodista
El fútbol, las patrias y las parejas estables tienen un indiscutible rasgo común: si no las amas y odias al mismo tiempo y todo el tiempo, nada funciona. Además, el fútbol y el amor se juegan con poca ropa y a patadas, con lo cual ahorras mucho en gasto ecológico textil y en drones nucleares de decimosexta generación asesina, que es lo que se lleva ahora.
Hoy se juega un Barça-Madrid, partido que puede decidir la Liga y el futuro de España. Y no lo digo por capricho. Aseguraba Oscar Wilde que la diferencia entre un capricho y un amor eterno es que el capricho dura toda la vida, y no tengo hoy yo cuerpo para contradecir al bello Wilde.
Un Barça-Madrid, desde que tengo conciencia, es un partido entre las dos Españas. Yo me hice rojo por culpa de Johan Cruyff cuando aun era un niño muy niño. En aquella blancoynegrura tardofranquista no teníamos información, pero eso alimentaba nuestras intuiciones infantiles. Y de todos es sabido que las intuiciones nos hacen más sabios que las informaciones. Tengo pruebas. En estos tiempos sobreinformados, crecen más los ignorantes que en épocas de analfabetismo. Creernos informados nos hace más imbéciles, como demuestran los éxitos democráticos de caricaturas como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Javier Milei, Isabel Díaz Ayuso o Santi Abascal.
Pero regreso a Johan Cruyff y al fútbol. En el parte de entonces, parte de guerra, ahora llamado telediario, solo salían militares con bigote, ministros con bigote, Franco y el príncipe Juan Carlos, a quien hasta los monárquicos tomaban por tonto. Y de repente apareció Johan Cruyff con su melenita, su pitillo y su descaro. Aquellos señores con bigote que a los niños nos daban tanto miedo, porque se parecían a los profesores que nos pegaban, perseguían al beatle holandés micrófono en mano, y el beatle pasaba de ellos. Nunca antes, en la televisión ni en la vida, los niños de entonces hubiéramos imaginado que se podía despreciar así a señores trajeados con bigote y micrófono. Fue un acontecimiento.
Después vimos jugar a Cruyff. Muy poco. Solo emitían un partido a la semana. Cruyff practicaba la picaresca de señalar el césped con el índice cuando tenía el balón, como para despistar a los defensas, y eso nos maravillaba a los niños. Era como un conjuro. Yo no sabía lo que significaba aquel dedo, ni si era una estrategia, pero el primer día que lo hice en el campo el profesor de gimnasia me dio una hostia. Una hostia bien dada. Como las que nos daban a los niños los profesores en esas épocas que tantos añoran. Y entonces me hice rojo sin saber lo que es ser rojo.
Mucho más tarde supe que Cruyff, en aquel tiempo, decidió llamarle Jordi a su primer hijo. Y que las autoridades franquistas se lo prohibieron: tendría que ser Jorge, cual ordenaba la inquisitoria francocristiandad anticatalana. Y supe también que el entonces recién nombrado presidente de la federación, o de la liga, o de lo que fuera, aseguró solemnemente que durante su mandato ese Barça de Cruyff no ganaría una Liga. Cruyff bautizó a su hijo como Jordi, burlando a los señores del bigote, y ganó la liga.
Yo siempre he sido del Coruña y del Celta, y del Compos, cuando existía. Pero nunca olvidaré a Cruyff, por quien me llevé una muy buena hostia infantil y me hizo rojo e irreverente.
En estos últimos tiempos, mi compañero de editorial Fonsi Loaiza ha escrito varios libros sobre la fascistificación del fútbol, centrándose mucho en el Real Madrid. 50 años después, yo sigo siendo ese niño que señala el césped con el índice sin saber lo que eso significa. Pero, no sé por qué, voy con el Barça.
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