Opinión
Las compañeras de los hombres violentos

Periodista y escritora
-Actualizado a
Se han cumplido dos años desde que empecé a recibir y publicar testimonios de mujeres en Instagram —después de anonimizarlos— sobre las violencias que sufrimos y hemos sufrido, sobre todo las sexuales. Hemos aprendido mucho, desde entonces. Ya nadie me dice que invento yo los relatos, y casi nadie me pregunta cómo sé que son "verdad". Imagino que algunos seguirán acusándome por ahí de organizar una "cacería" contra los hombres o culpándome de que sus hijos "parecen culpables solo por tener pene", pero ni me entero ni me preocupa. He ido perdiendo todo interés en cualquier consideración que no sean los propios relatos, la forma en la que las mujeres ponen una palabra detrás de otra, y aun antes, eligen dichas palabras, para componer la narración de lo que han sufrido.
Pero como ahora me propongo dar un paso más —una siempre acaba dándolo, incluso en el borde del acantilado—, me he parado a revisar los ataques sufridos, las deserciones, los abandonos. Me doy cuenta de que la inmensa mayoría de los ataques más encarnizados contra los relatos han venido desde personas que se consideran de izquierdas y feministas. Y en casi todos los casos se ha tratado de mujeres que no han sabido o podido digerir el señalamiento de "uno de los suyos". Esto vale desde el entorno de Íñigo Errejón hasta el marido de mi frutera. Cuando digo "señalamiento" no me refiero a que aparezca el nombre en los medios de comunicación. Sirve un grupo de Whatsapp, un chat de Telegram, la queja en la sede de un partido político o un sindicato… incluso una conversación al vuelo.
Recuerdo el caso de las representantes una organización de izquierdas en cuyas filas había y sigue habiendo un hombre maltratador, violento, con varias víctimas a sus espaldas. Aquello se hizo público entre un pequeño grupo, hasta el punto que una de las propias agredidas fue llamada a relatar lo sufrido. Poco después, dos de sus lideresas declararon su oposición a la compilación de testimonios confidenciales aludiendo las razones más peregrinas. Además, rompieron cualquier conexión conmigo, abandonaron las zonas comunes. Eso sí, el agresor sigue donde estaba.
Repaso el párrafo anterior, ya que me da pereza herir susceptibilidades. Y es gracioso porque me doy cuenta de que se podría aplicar a tres grupos diferentes en los que me ha pasado lo mismo. Qué aburrida y previsible es la cortedad. También recuerdo el caso de varias amigas y/o compañeras que ya no lo son, y sucede lo mismo. Leer un relato y reconocer a tu novio, pareja o marido debe de resultar tan jodido como para echar la culpa a la autora del testimonio —en el cual no se cita a nadie— y, en caso de no saber quién es, a servidora. Y hasta nunca.
Me parece interesante cómo las mujeres amigas o compañeras de un hombre acusado de violencia parecen a medio plazo incapaces de ser contundentes con él. Imagino que el caso de las madres y las hijas tiene otros componentes. Todo esto a mí no me incumbe, es campo para psicólogas y similares. Lo que sí lamento es que el señalamiento de uno de "sus" hombres las haya llevado a manifestarse contra las mujeres que se relatan, que brindan el testimonio de lo que han vivido y viven. Y lo lamento porque el de las testimoniantes es un esfuerzo colectivo, valiente y profundamente político. Mucho más que apoyar a tu compañero de partido agresor porque te parece una "pieza indispensable" en la organización.
Como hace tiempo que dejé de tratar con este tipo de hombres, e incluso de organizaciones, me pregunto cómo será la relación entre ellas y ellos. ¿Callarán en conjunto lo que todos y todas saben? ¿Inventarán nuevas causas comunes? ¿Se atreven entre ellas y ellos a hablar de violencia, de víctimas o de feminismo? ¿Lo hacen en voz baja? ¿Se sonrojan?
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