Opinión
Un cuento fascista tallado en piedra

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Mi familia me llevó a visitarlo cuando era una cría. Volvíamos de algún lado –vaya obviedad– y decidieron parar un ratito. Nos impresionó mucho, pero creo que no puede ser de otra manera. Aquel día, alguien, supongo que sería mi abuelo, soltó algún improperio ante la tumba del dictador: "Menudo hijo de puta" o algo así, diría. No recuerdo mucho más, pero sé que había mucha más gente por allí. Mucha gente alrededor de una mole que es difícil de entender para una niña y difícil de explicar para una democracia. Volví a visitarlo hace unos días, en el marco de las jornadas Atado y Bien Atado: El fin de las dictaduras en el sur de Europa, y, ante aquella cruz, volví a sentirme tan pequeña y sorprendida como aquel día. A mi abuelo le habría encantado escuchar las explicaciones de Rodrigo Delso, arquitecto apasionado –y cabreado– con el pasado y con el futuro del Valle de los Caídos.
Delso nos guía por un recinto desmedido. "Esto está pensado para durar mil años y se está viniendo abajo en menos de cien", dice mientras nos explica las dimensiones del gran símbolo de la dictadura franquista. Ante nuestros ojos, el gran cuento que ideó la dictadura. Un cuento que el Estado franquista talló en piedra. Un cuento en el que la naturaleza, lo religioso y lo militar se muestran como los principales símbolos del fascismo español: "Es un planisferio que se lee recorriéndolo", dice el arquitecto. No es sólo una construcción es el relato del triunfo del mal. Parece majestuoso, pero solo es grande. La extrema derecha patria e internacional sigue encontrando allí un lugar de peregrinaje mientras el Estado se pone de perfil. Lo que no sabemos es qué temen.
El cadáver de Francisco Franco fue exhumado el 24 de octubre de 2019 tras más de cuarenta años de democracia con el dictador enterrado en un altar. Entonces, parecía que empezaba una resignificación inminente. Lo repetían políticos, tertulianos, titulares: "Ahora sí". Pero, ahora, casi todo sigue en su sitio. La simbología intacta. La basílica en manos de los benedictinos. La hospedería y la escolanía funcionan con normalidad. "Sin Franco ni Primo de Rivera pero con todo lo demás", escribía en este periódico Inés García Rábade al conocer qué proyecto se había seleccionado para tratar de resignificar el conjunto.
Es decepcionante. El proyecto, elegido por unanimidad por el jurado el mes pasado, apenas modifica lo esencial y escuece. Proponen hacer desaparecer la escalinata para acceder a un centro de interpretación soterrado, un museo de la memoria que explique quién, cómo y por qué se levantó el complejo, pero lo importante no se toca. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) cree que es "lamentable". No entienden tampoco por qué se va a permitir que sigan allí los monjes benedictinos: "Gestionan sin concurso público una hospedería que tiene entre sus principales usuarios a grupos ultraconservadores de la iglesia" y mantienen relaciones con embajadas como la de Hungría, "líder en Europa en la restricción de derechos básicos". "Para los monjes, la hospedería es un centro de poder que les permite ser anfitriones de los sectores más reaccionarios de la derecha", aseguran. Lo hacen, recuerdan, usando patrimonio del Estado, protegido por una decisión que tomó el propio dictador y que nadie ha querido revertir desde entonces. La pregunta es inevitable: ¿cómo resignificar un espacio cuyo corazón sigue gobernado por quienes custodian el significado original?
Cuelgamuros, el topónimo histórico, impresiona por fuera e impresiona por dentro. El suelo de mármol, que se pule hasta que resbala, reduce a las personas a sombras. Una funcionaria se acerca: "No se puede estar ahí. A los monjes no les gusta", dice. Y, como a los monjes no les gusta, ella pide resignada que no te acerques tanto al altar. Pasamos por encima de lo que fueron las tumbas tanto de Franco como de Primo de Rivera. El mármol es nuevo y se nota. Se notan muchas cosas en la Basílica más larga del mundo. Tienen un récord reconocido por el Guinness World Records, que solicitaron desde la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos y la Asociación para la Investigación y Protección del Patrimonio Histórico San Miguel Arcángel. No es el único. La cruz también es la cruz cristiana más grande del mundo, pero hay otros datos que impresionan muchísimo más.
Según las informaciones que manejan quienes investigan y trabajan en Cuelgamuros, en el Valle hay enterradas al menos 33.000 personas, aunque muchos especialistas elevan esa cifra hasta las 60.000 u 80.000. La documentación es incompleta y los columbarios están llenos de restos mezclados. Las notas históricas hablan de miles de cajas trasladadas desde ayuntamientos de toda España, a menudo sin permiso de las familias, y de un registro caótico donde no coincide lo inscrito con lo que realmente hay en los nichos. Nunca lo sabremos con exactitud. Los técnicos lo repiten desde hace décadas: es la fosa común más grande del país, diseñada de tal manera que hoy resulta casi imposible devolver a cada familia a sus muertos.
La arquitectura del valle exalta el relato que el franquismo quiso dejar tallado en piedra para siempre. Este cuento, pase lo que pase a partir de ahora, no va a tener nunca un final feliz. Eso sí, podría ser algo menos decepcionante. Para eso haría falta asumir que resignificar no es tapar, ni suavizar, ni decorar: es decir la verdad completa y decidir, por fin, de qué lado de la historia quiere situarse la democracia española. Si Cuelgamuros sigue contando el cuento de siempre, el problema no será la piedra: seremos nosotras.
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