Opinión
Los cuerpos castigados no parecen deseables

Periodista y escritora
En las redes se multiplican las imágenes de actrices y modelos norteamericanas esqueléticas. Ariana Grande, Kelly Osbourne, Olivia Wilde, Demi Moore, Charlize Theron, Lily Collins o Jenna Ortega aparecen con la calavera marcada bajo la piel de la cara, los hombros y la clavícula sin carne, y lo mismo las piernas. Es verano. En la playa, las chavalas, sus madres y sus abuelas no se parecen en nada a esas mujeres, hasta el punto de que una duda de su existencia tal y como aparecen en las pantallas de los móviles de esas mismas jóvenes que después del mar se comerán un buen plato de espaguetis o un pollo con patatas.
Las fotografías de esas mujeres en los huesos suelen ir acompañadas de comentarios supuestamente bienintencionados, y alarmados, sobre la repercusión que pueden tener en la salud de las adolescentes que las ven y, en muchos casos, las admiran.
Mirando a las mujeres y las niñas que entran y salen de la playa, que juegan en la orilla y pasean con el cuerpo descubierto, no me parece que los cuerpos de las actrices esqueléticas puedan resultar modelos deseables. Así de simple. Por supuesto que algunas niñas y jóvenes con desórdenes alimenticios tomarán como ejemplo a esas mujeres que pasean por universos lejanos de alfombras quién sabe de qué color. No creo que sea un asunto a generalizar.
De hecho, me parece que intentan aplicar un patrón antiguo a una generación nueva, distinta y mucho más enterada que aquellas bobas de entonces que a principios de los 90 suspirábamos por el heroin chic de las pasarelas y la imagen de Kate Moss sin descansar. Y diré más: aquella imagen de modelos muy delgadas con ojeras y pinta de resaca dura ni siquiera se acerca a las imágenes que ahora nos sirven. Aquellas parecían existir, y las actuales son como el fruto de una mala pasada con la IA. Aquellas parecían extremadamente delgadas y estas tienen pinta de haber sido torturadas. Aquello podía resultar deseable, y lo que nos enseñan hoy, sencillamente, podría ser el resultado de un castigo severo.
Podríamos preguntarnos quién difunde las imágenes de esas mujeres en tal estado y con qué finalidad. Lo que me interesa es la forma en que se ha ido desde la delgadez hasta el castigo del cuerpo y cómo eso lo aleja de las muchachas actuales que pasean las playas y montes con cuerpos de todo tamaño e indumentarias variadas. Es decir, cómo se ha dado el salto de lo deseable a lo indeseable y por qué sucede.
Porque quizás ahí está el error: seguimos pensando que un modelo corporal necesita ser deseable para funcionar como modelo. Y no necesariamente. Durante décadas, el cuerpo que se proponía a las mujeres parecía contener una promesa. Si adelgazas, serás más guapa. Si adelgazas, gustarás más. Si adelgazas, tendrás éxito, sexo, ropa, juventud, dinero, felicidad… El cuerpo delgado era un cuerpo recompensado. Había al final del hambre una recompensa.
En las imágenes que circulan ahora cuesta encontrarla, y cuesta porque no está. Los actuales no parecen cuerpos entregados al placer —como el de nuestra Moss—, sino cuerpos sometidos a una disciplina, cuerpos castigados. No dan noticia del placer, sino de la capacidad para el sufrimiento extremo. El cuerpo extremadamente delgado parece haber dejado de ser un ideal erótico para convertirse en una exhibición de control y tortura.
Por eso ya no deberíamos preguntarnos qué significa que una sociedad produzca, seleccione y haga circular con semejante insistencia imágenes de mujeres cuyo cuerpo parece haber sido reducido hasta casi desaparecer, a fuerza de castigo, además. Desaparecer ha sido siempre una de las instrucciones fundamentales dirigidas a las mujeres, ocupar menos. Ahora las herramientas parecen salidas de una película de terror.
Quizá por eso las imágenes actuales resultan tan extrañas cuando una aparta los ojos del teléfono y mira alrededor. La realidad corporal de las mujeres se ha ensanchado mientras la representación de determinadas mujeres famosas vuelve a estrecharse. Las playas están llenas de carne y las pantallas empiezan a vaciarla. Entre unas y otras existe una distancia nueva. Nos equivocaremos si interpretamos esa distancia con las herramientas de los 90. Aquellas que éramos queríamos parecernos a Kate Moss. No estoy segura de que las muchachas de hoy quieran parecerse a las imágenes que ahora les ofrecen.
Entiendo que eso no significa que esas imágenes sean inocuas. Un cuerpo no necesita despertar deseo para transmitir una orden. Puede transmitir disciplina, jerarquía, y puede transmitir, sobre todo, miedo. Sin embargo, aun admitiendo todo lo que transmiten, no me quito de la cabeza que, con las chavalas actuales pincha en hueso.
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