Opinión
Cultura popular
Por David Torres
Escritor
A la derecha española lo de la cultura institucional ni se le ha dado muy bien ni tampoco han sabido qué hacer con ella. Una vez hubo una ministra de Cultura llamada Esperanza Aguirre, y creo que con eso está todo dicho. Lo único que encajaba de la señora Aguirre en el ministerio, aparte de su Secretario de Estado, era su segundo apellido, Gil de Biedma.
Por lo demás, tampoco es que la izquierda española (si es que tal entelequia existe) haya ido mucho más lejos. Tuvimos una ministra de heavy metal y una ministra guionista, aunque cualquiera de ellas era Luis II de Baviera al lado de Wert, que, más que un apellido, es un manotazo en la máquina de escribir. De cualquier modo, para quienes creen que más bajo no se puede caer, convendría recordarles aquella frase de cierto general americano, que decía que por muy desesperada que sea una situación, siempre es susceptible de empeorar.
La cruzada que el PP y el partido ultramontano de Álvarez-Cascos llevan años montando contra la Semana Negra de Gijón es un buen ejemplo de las fobias y sarpullidos que provoca la afición a los libros entre nuestra entrañable derechona. A pesar de ser el festival literario de mayor solera del país y uno de los mayores del continente, a pesar de que sigue dando dinero y diversión a raudales, y de que durante diez días coloca a Gijón en el centro mismo de Europa, a los alcaldes, concejales y ediles diestros les produce alergia eso de que se mezclen libros con churros, escritores con música y poetas con sidra. Goebbels decía que en cuanto oía la palabra "cultura" sacaba la pistola; en Asturias, sus cachorros oyen la palabra "novela negra" y de inmediato sacan denuncias por ruidos, suciedad y el escándalo público que causan las cajas registradoras de las librerías y la alegría de los niños chupando algodón dulce. Para ellos la cultura seria es otra cosa: los toros, las verbenas, las mantillas y la misa de doce.
En una perfecta demostración de necedad, las fuerzas vivas de la derecha asturiana han estrujado y estrujado la Semana Negra de Gijón como si de un forúnculo se tratara hasta lograr que brote otro en Avilés. No quieres caldo, dos tazas. Cristina Macía, quien fuera alma mater de la Semana Negra durante tantas ediciones, ha puesto en marcha el festival Celsius 232, que del 31 de julio al 3 de agosto llevará a la ciudad de Avilés una nutrida representación de lo mejor de la literatura de género, con especial atención al terror, al fantástico y a la ciencia-ficción. Entre otros acudirán Christopher Priest, Ian Watson, Emilio Bueso, Joe Abercrombie, Espido Freire, Cristina Fallarás y David Simon, creador de la teleserie The Wire. Uno de los platos fuertes del festival será Hijos de Mary Shelley, un proyecto personal de Fernando Marías que suma la oralidad, la literatura, el espectáculo y la música, un proyecto que ha involucrado ya a más de ochenta autores y que recrea aquella mítica noche en que Byron, Shelley, Polidori y Mary Shelley se reunieron para contar historias de terror y fue Mary quien dio a luz Frankenstein entre todos los poetas.
Conociendo a Cristina y a Fernando como los conozco, me da a mí en la nariz que esto del Celsius 232 va a ser un festival a pie de calle, un hijo aventajado de la Semana Negra con escritores y lectores juntos y revueltos entre parrilladas de chorizo y sesudas conferencias con jarras de cerveza. Desde siempre, de toda la vida, la cultura ha sido una actividad callejera, libre, ciudadana, por mucho que algunos pretendan recluirla en las bibliotecas privadas, en las corbatas azules y en la misa de doce.
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