Opinión
Donald Trump en su Western

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Disculpen si me repito, pero, cada día que pasa, aumenta mi sensación de que llevamos mucho tiempo viviendo en una película de serie B. Según algunos físicos, la realidad que percibimos podría no ser otra cosa que una simulación generada por ordenador, una hipótesis que ya habían anunciado cada uno a su modo Pohl, Dick o Lem, y mucho antes, sin necesidad de ordenadores, Calderón, Shakespeare o Platón. La idea de que no somos más que esclavos encadenados en el fondo de una caverna donde sólo vemos sombras proyectadas en una pared fue el modo en que el gran filósofo ateniense anticipó el invento del cine con dos milenios y pico de adelanto. Lo que pasa es que Platón tenía muy poco presupuesto.
A pesar del despliegue científico y tecnológico del que disponemos hoy día, nuestro mundo tampoco va mucho más lejos. No hay más que echar un vistazo a las muchedumbres muertas de hambre, a las epidemias que asolan regiones y países, a los niños asesinados a tiros, para ver que, en lo que respecta a cuestiones morales básicas, no hemos progresado apenas desde Atenas y Esparta. Ahora tenemos Hollywood, que es el mito de la caverna a la enésima potencia, y el desfile de tinieblas estampado en las pantallas de cine no tiene nada qué hacer al lado de la verdadera tiniebla que campa en la Casa Blanca, en la Casa Rosada, en la Knéset y en otras pocilgas por el estilo.
Por ejemplo, hace poco vi El aprendiz, la película de Ali Abassi que narra los pinitos de Donald Trump instruyéndose en la práctica de malas artes a la sombra de Roy Cohn, y descubrí que el repelente mamarracho que la protagoniza no es más que un pálido remedo del original. Otro tanto sucede con El reino, la película de Rodrigo Sorogoyen que intenta retratar una de las pútridas tramas de corrupción autonómica del PP y, pese a su sólido guion y su magnífico reparto, se queda en una chirigota. Al lado de los desmanes certificados de Barberá, de Camps y de Zaplana, daría lo mismo que en lugar de Antonio de la Torre y Josep María Pou estuvieran Pajares y Esteso.
Consciente de que su propia biografía es mucho más increíble que cualquier superproducción, Donald Trump ha decidido embarcarse en un western, uno de esos viejos westerns en los que la caballería estadounidense se lanza al toque de trompeta a arrasar un poblado indio. A fin de cuentas, la historia de los Estados Unidos (la de cualquier otro país también) se ha construido así, a base de masacres, esclavitud y genocidios, despoblando territorios enteros a sangre y fuego en nombre de la civilización. En cierto modo, el western tradicional es una especie de Ilíada a la americana, una guerra de Troya donde Aquiles y Héctor luchan en un duelo a revólver entre montañas de cadáveres.
En el delirante reclamo de Trump a la hora de invadir Venezuela ni siquiera hay sitio ya para la coartada del narcotráfico. A comienzos del nuevo milenio, asistimos perplejos al montaje de las armas de destrucción masiva en Irak, cuando todo el mundo sabía que Saddam Hussein era un títere de Washington y que las armas de destrucción masiva debían de estar escondidas en su barba. Ahora el presidente de los Estados Unidos se ha quitado definitivamente la careta diplomática y dice a las claras lo que hay detrás del bloqueo a los petroleros que entren y salgan de las aguas venezolanas: "Recuerden que nos quitaron todos nuestros derechos energéticos. Nos quitaron todo nuestro petróleo no hace tanto. Lo queremos de vuelta. Nos lo quitaron ilegalmente". Es otra película de indios y vaqueros, esta vez de verdad, y con el beneplácito de una flamante Nobel de la Paz empeñada en una campaña bélica. En Europa deberíamos ponernos las pilas cuando Fabien Mandon, jefe del Estado Mayor francés, acaba de ratificar la llamada a la guerra de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, advirtiendo que quizá debamos sacrificar a nuestros hijos como en las anteriores contiendas mundiales. Los hijos de los pobres, se entiende. La vida es sueño, sí, pero vamos a despertar a bombazos. Bienvenidos al western.
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