Opinión
Cómo escribir una columna con ansiedad
Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Hay muchas maneras de escribir una columna. Puedes escribir con prisa, apática, sentada en el bar de debajo de tu casa. Puedes escribir mientras tus amigas hacen la compra, mientras tu madre va al médico con amama, mientras tu novia duerme. Puedes escribir con ganas. Incluso, puedes escribir con ilusión. Pero me temo que lo más común es escribir con ansiedad. A veces, sí: con ansiedad de decir cosas. Arrebatada por alguna historia o motivadísima con una palabra. En la mayoría de los casos, sin embargo, lo habitual, al menos para mí, es escribir con una ansiedad aburrida y común, esa que se queda pegada al pecho como se pegan los chicles a las suelas de los zapatos. Sepultada entre correos sin contestar, propuestas sin presupuesto, proyectos a largo plazo en los que talvezpuedasrascaralgodedineroparaescribirtranquila, papeleo a medio acabar, con la radio de fondo y la desazón, con el miedo al fracaso y al futuro; y el miedo, sobre todo, a pedir cita en el médico. No te va a poder atender hoy y esa angustia te ha traspasado ya el esternón. Además, si hay una cita libre en el ambulatorio, ¿cuándo acabas de escribir tu columna?
En el último artículo de Rosa Montero para El País, ella recordaba que la mayoría de los y escritoras están maltratadas. Así, a pelo: maltratadas. La historia de su amiga "X", vilipendiada por la industria, abandonada por las editoriales, avergonzada de sí misma, vuelve continuamente a mí. Rebota en mi cabeza, de una esquina a otra, mientras provoca un ruido metálico y muy desagradable, amplificado por un eco tan desordenado como la mesa en la que pretendo escribir una columna con ansiedad. "X" también se empeña en escribir y, de hecho, escribe, pero sus palabras quedan sepultadas por una industria voraz que prefiere publicar libros que sabe exitosos antes, incluso, de que nadie los lea. Libros, por ejemplo, escritos por influencers como Tomás Páramo.
Que el muchacho escriba lo que quiera, claro, ¡solo faltaba eso! Escribir no deja de ser un acto cotidiano, un ejercicio con el que codificamos el lenguaje verbal en símbolos gráficos. Ansiedad, por ejemplo, es una letra minúscula redonda, con un óvalo cerrado y una pequeña cola que se curva a la derecha; una línea vertical arqueada; una pequeña serpiente, un ocho tumbado que no acaba de dormirse; una línea vertical corta con un puntito sobre ella; un círculo abierto a su derecha cortado por una línea horizontal a la mitad; una línea vertical que sube y baja, con un óvalo unido a su derecha; de nuevo, una símbolo redondo, con un óvalo cerrado y una pequeña cola que se curva a su derecha y, para acabar, ese otro símbolo, el que sube y baja. Es solo eso. Quizá tampoco haga falta molestar a la médica.
No sé cuáles eran los sueños de "X", la amiga de Rosa Montero que no consigue dejar de escribir. Los míos, desde luego, se me olvidó recogerlos en algún lado. Creo que se quedaron en una bolsa del super, algún día que se me fue la mano con las cañas. Nunca voy a poder ser la periodista ni la escritora que soñaba ser, pero en aquellas viejas fantasías no tenía casa que recoger, ni lavadora que tender, ni facturas por pagar, ni deudas, ni prisa, ni plazos, ni miedo, ni esa sensación que me acompaña ahora de haberme colado en una fiesta para la que ya no quedaban entradas.
Hoy, yo, aquí, podía haber hablado del día de la visibilidad lésbica, que se celebra, cada año, el 26 de abril; podía haber hecho una crítica a los dos primeros capítulos de Mariliendre, la serie de Javier Ferreiro; tampoco habría estado mal escribir de la culpa que siento cada vez que cancelo un plan que sé que me sentaría bien para sentarme, delante del ordenador, a ponerme al día con cualquier cosa de esas que, si no apunto, se me olvida que tengo que hacer. ¿Por ejemplo? Contestar todos los Whatsapp que tengo pendientes.
La escritora Carmen G. de la Cueva dice, en una entrevista, que mantiene constantemente una lucha en su cabeza, que la ambivalencia no se acaba nunca: "Debería dejar de escribir porque apenas me pagan por hacerlo, pero soy una voz interesante que interpela a muchas personas, pero no gano dinero y estoy agotada". Carmen Martín Gaite, entusiasta escritora, aseguraba que no lo cambiaría nada: “Si volviera a nacer escogería primero que nada escribir”. Alejandra Pizarnik parecería atreverse a hacerlo sin miedo: "Escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al malo". "A la gran literatura sólo se entra con dolor y lágrimas", dijo Ana María Matute.
Pero esto es solo una columna. Alrededor de cinco mil caracteres que escribo por dinero, por compromiso, porque soy consciente del privilegio que supone, hoy, tener el pequeño espacio de visibilidad que tienen mis palabras. Una columna que escribo con la esperanza de volver a encontrarme mejor algún día. Una columna que estaba agazapada esperándome para que después pueda hablar del día de la visibilidad lésbica o para que pueda escribir una crítica de los dos primeros capítulos de Mariliendre, que vi en el cine con mis aitas, que me gustó mucho y me llevó, entre canción y canción, a la sensación de libertad y de pertenencia que tuve el primer día que pisé un bar de ambiente. Sensación que creía haber olvidado, pero que recordé con tanto cariño e intensidad, a pesar de la ansiedad.
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