Opinión
Europa, ¿qué Europa?

Escritora y doctora en estudios culturales
Cuando en 2012 le concedieron a la Unión Europea el Premio Nóbel de la Paz, yo tenía 26 años. Recuerdo aquel momento por el impacto emocional que me causó, en mitad de una época tan convulsa de protestas constantes, familias destrozadas, huelgas y desplazamientos forzosos. Desde un rincón de EEUU, me reía con esas muecas temblorosas destinadas a contener la rabia, consciente de que se premiaba a una institución que había obligado a su periferia a adoptar unas políticas de austeridad por las cuales se recortaban derechos sin el más mínimo pudor, se imponían rescates bancarios y se condenaba a las generaciones más jóvenes a emigrar, aceptar contratos precarios o simplemente refugiarse en las faldas de sus madres hasta que aflojase el temporal. Fueron los años del 15M —quizá el movimiento social más poderoso desde la Transición—, las Mareas, y el cuestionamiento masivo de un modelo neoliberal que hacía trizas el mismo concepto de “clase media”, su estabilidad financiera y, por supuesto, la meritocracia. Los años en que, como argumentaba Mark Fisher, ese sistema económico derrumbado por momentos perdió toda la legitimidad en el imaginario colectivo. Fueron los años en que crecimos y nos volvimos adultos bajo la etiqueta “PIGS” (cerdos, en inglés): nos habían categorizado, a los países del sur, como la pocilga de Europa, y así se configuraban nuestras subjetividades marginales, untadas en lodo.
Ahora que se nos instiga a “defender Europa” apelando a unos valores supuestamente transversales a cada nación, sin importar su lengua o idiosincrasia, y argumentando la necesidad imperiosa de armarnos hasta los dientes; mi buena memoria levanta la mano y exige poner una hoja de reclamaciones. ¿Qué identidad es la europea? ¿La que coreaba aquello de “sin casa, sin curro, sin pensión” en las pancartas de Juventud sin Futuro? ¿La de la Troika, la sanidad y la educación mermadas, el derecho al voto que, de facto, perdimos quienes nos marchamos porque era “rogado”? Las autoridades de este conglomerado macropolítico denominado UE deberían realizar un trabajo más efectivo si pretenden borrar aquella etapa de humillación que, sobre todo, afectó a las vidas menos acomodadas, y a las de menos edad: más de un 50% de paro juvenil no se olvida, tras tres lustros, por mucho que las medidas para paliar los efectos de la pandemia hayan resultado más benévolas que las de entonces.
Una nación, analizaba el pensador Benedict Anderson, es una comunidad imaginada. Se reconoce en la historia construida con palabras, las historias de sus gentes compartidas por los medios, el idioma, y una serie de tradiciones y hábitos que, asimismo, se fomentan o suprimen, se regulan y moldean. Si la entidad que debemos imaginar supera las fronteras nacionales, la tarea se torna hercúlea, mucho más desde una excepcionalidad ibérica que no ha acompañado a otros territorios del continente. Tuvimos fascismo, pero sin que el fin de la II Guerra Mundial nos lo quitase de encima, como soñaron los exiliados; el Estado del bienestar se implantó casi cuarenta años más tarde, al mismo tiempo que el neoliberalismo; nuestra condición de país subordinado nos relegó poco más que a lugar de vacaciones, a granja y a huerta; ahora, hay quien afirma que podríamos convertirnos en colonia energética, o en la mina cuyos materiales valiosos sirven a otros mientras aquí se quedan los residuos. Pensarnos “Europa” desafía los mecanismos del pensamiento crítico y las meras lógicas del pasado; pero, es cierto, como el futuro no está escrito aún, uno podría tejer imaginarios alternativos y fomentar una unión (monetaria, política) a favor del bien común, cuidando siempre el carácter excluyente de cada linde.
El problema es que no se está azuzando un reforzamiento del Estado del bienestar, ni un decrecimiento pautado que nos vuelva menos dependientes energéticamente de Estados Unidos o de Rusia; no se está apostado por ser el continente que defienda a capa y espada los derechos humanos y no apenas el que se vanaglorie de ser la cuna donde éstos se promulgaron; sino que la identidad europea viene de la mano de una carrera armamentística para la cual se van a engordar industrias letales, mayormente foráneas, así como las arcas de la OTAN. Ser “europeos” podría costarnos a corto o medio plazo el regreso del servicio militar obligatorio —ya está ocurriendo en otros países— o, directamente, la llamada a filas y, como en esa crisis durante la cual se otorgó el Nobel de la Paz, serían los jóvenes los más perjudicados, carne de cañón para una hipotética guerra después de la cual sólo quedarían ruinas y una emergencia climática exacerbada. Hay que mostrarse alerta ante el sentido de pertenencia, las filiaciones y demás pegamentos identitarios cuando se utilizan para fines funestos; y hay que galvanizar la memoria y desempolvar algunos libros para que la rabiosa actualidad de la marca Europa no disimule su anterior trayectoria.
También, por cierto, nos merecemos un poco de justicia intergeneracional, la deferencia de permitir gozar a los nacidos hace pocas décadas, años o semanas de un mundo digno, la autonomía estratégica de sus cuerpos vivos y cuidados.
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