Opinión
La fiesta de amor de Bad Bunny

Escritora y doctora en estudios culturales
Un derroche de alegría y reivindicación política fue el espectáculo que montó el cantante puertorriqueño Bad Bunny en la Super Bowl del pasado 8 de febrero. En apenas 13 minutos, el polifacético artista sacudió los cimientos culturales de una nación en la que se están produciendo redadas indiscriminadas contra inmigrantes, van ya dos estadounidenses muertos a manos del ICE, y el solo hecho de hablar español puede acarrearte numerosos problemas: por eso, que el show de este evento deportivo se desarrollase casi enteramente en este idioma y a ritmo de perreo constituye un repudio simbólico de gran calado a las políticas racistas y antidemocráticas que están arrasando Estados Unidos. En nuestra lengua y con nombre propio: "mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio, y si estoy aquí… es porque nunca dejé de creer en mí; tú también deberías creer en ti, vales más de lo que piensas" –dijo mirando a la cámara–. Allá donde tener dos apellidos representa un estigma, y la población más vulnerable está ocultando su identidad y sus cuerpos injustamente criminalizados, el cantante expuso los suyos desafiante, dejando en segundo plano el pseudónimo que lo ha catapultado al estrellato.
Es éste uno de tantos guiños que se volcaron sobre un estadio repleto de gente y seguido de cerca por más de 135 millones de espectadores; en un concierto que puede leerse en su complejidad semántica desde la escenografía hasta los temas elegidos, ya de por sí palimpsestos de ritmos caribeños como la bomba y la plena, u otros más recientes: el dembow y el reguetón. Así, se escuchó Titi me preguntó, un homenaje a la sexualidad desbordada que desafía el puritanismo gringo, pero asimismo las perversidades que últimamente estamos viendo en los desclasificados papeles de Epstein. También sonó El Apagón, himno de lo latino que referencia las infraestructuras abandonadas por la administración federal en una isla cuyo tratamiento de facto es el de colonia; de ahí la relevancia de la bandera boricua desplegada. Este sencillo, además, entonado sobre postes de la luz, evocaba directamente la memoria del huracán María que asoló Puerto Rico en 2017 y la afrenta posterior: frente a las exiguas cifras oficiales de víctimas que en un principio comunicó el primer gobierno de Trump, una investigación de Harvard reveló que, en realidad, habían sido 4.645 los fallecidos. El mensaje de Bad Bunny, encaramado a esos postes que explotaban, trajo al contexto actual esa historia de sufrimiento, pero, ¡ah!, lo hizo bailando, por ejemplo, por Nueva York.
¿Qué Nueva York? La de Andy Montañez y el Gran Combo de Puerto Rico en 1975, incluida como prólogo en el famosísimo tema de Benito, con el que lanzó su disco Debí tirar más fotos (2025), el cual le granjeó el Grammy al mejor álbum del año, convirtiéndose en el primer trabajo cantado en español en conseguir tal galardón. No ocultaba el artista su éxito, más bien lo alzó como motivo de orgullo, y repitió la frase estrella que pronunció al recoger el premio, esta vez proyectada en una pantalla gigante: "la única cosa más poderosa que el odio es el amor". Y es que este sentimiento se transformó en el emblema de la Super Bowl, a partir de múltiples reiteraciones: Lady Gaga lo acompañó con una salsa en inglés que rezaba: "Si se acabara el mundo, querría estar junto a ti"; en la performance se produjo una boda real y los novios danzaron jubilosos, al mismo tiempo que Bad Bunny no paraba de regalar alusiones a la piel que goza y hierve junto al otro, un éxtasis afectivo que también abarca los lazos familiares y vecinales. "Mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda" –aseguró, radiante.
Qué atrevimiento enunciar esto en el momento exacto en que miles de personas –entre ellas, niños– viven aterrorizadas y escondidas, están siendo deportadas, o comparten celda en centros de detención. Qué coraje tuvo Bad Bunny al transmitir sus consignas conforme citaba toda la tradición musical de su patria insular y otras partes del Caribe, comenzando por Ismael Rivera hasta llegar a Don Omar o Tego Calderón; rodeado de cuerpos racializados, discriminados, pero también de blancos aliados como Gaga. La fiesta que bulle sin rencor y aúna diversidad, soberanía y panamericanismo no podía sino desatar fervores contrarios al neo-imperialismo puesto en marcha por la Casa Blanca. Como antídoto al dolor que atraviesa a buena parte del continente, desde Cuba a Mineápolis, este show abogó por el disfrute colectivo, el cariño y el erotismo, así se caiga el tejado de la casa o salten los plomos. La lección, enmarcada en las raíces pero esgrimida en el corazón de California, no deja lugar dudas: amar hasta reventar, como acto de resistencia, y encima hacerlo con sazón. Seguimos aquí, Benito.
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