Opinión
Genuflexión europea en el campo de golf de Trump

Por Miguel Urbán
Una semana después del polémico acuerdo arancelario firmado entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, todavía no conocemos todos los detalles del acuerdo; incluso, tenemos versiones contradictorias de lo firmado. Lo único que parece totalmente claro es, una vez más, que los Estados Unidos han logrado imponer su posición a la Unión Europea, acabando con los delirios retóricos de la "autonomía estratégica" europea que tanto se esgrimió para justificar el plan de Rearm-Europe, que finalmente ha terminado siendo una coartada para comprar más armas a los EEUU.
En teoría, la Unión Europea se ha resignado a aceptar un arancel general del 15% a sus exportaciones hacia Estados Unidos, sin que eso se traduzca en una imposición similar para los productos estadounidenses. Además, la UE se ha comprometido a comprar combustibles de procedencia estadounidense por valor de 750.000 millones de dólares (unos 640.000 millones de euros), asegurando la dependencia energética del gigante norteamericano. A partir de aquí, aparecen las diferencias en el relato: si la compra de combustible será en uno o tres años; qué cantidad y de qué tipo serán los compromisos de inversión y de compras de armamento estadounidense; cuándo se aplicará el 15 % de arancel sobre los productos farmacéuticos; o qué nuevas concesiones a modo de exenciones regulatorias se contemplan para las corporaciones estadounidenses.
Incluso hasta la puesta en escena para la firma del acuerdo ha sido una muestra más de la sumisión de la UE a los designios de Trump. En un campo de golf propiedad del propio Trump en Escocia, entre partida y partida, al más puro estilo Hollywood de película de negocios norteamericana. Incluso hasta la foto de familia —distribuida por la propia Comisión— de Trump y Von der Leyen y sus equipos, posando sonrientes con el pulgar en alto, asumiendo el gesto típico del magnate norteamericano. Una puesta en escena que encarna el modelo de gobierno de Trump, que Dylan Riley definió como "patrimonialismo político", un modelo con poca o ninguna distinción entre los intereses públicos y privados, en el que Trump ejerce la presidencia como si fuera una de sus empresas personales.
Cuando Donald Trump tomó posesión por segunda vez, como el 47.º presidente de los EEUU, mucho se especuló sobre cómo sería su segundo mandato al frente de la Casa Blanca. En 2016 no tenía del todo claro qué hacer como presidente; hoy tiene ideas muy definidas sobre cómo actuar. Ya no es el outsider que asumió el cargo sin tan siquiera controlar el Partido Republicano; ahora no solo conoce las instituciones, sino que cuenta con un aparato consolidado detrás que lo respalda. Y está empeñado en demostrarlo cada día.
Especialista en las puestas en escena. El mismo día que asumía el cargo, tal y como marca la Constitución, Trump se dirigió a un estadio cubierto cercano. Allí hizo colocar un escritorio para firmar sus primeras órdenes mientras la multitud le aclamaba. Desde entonces, Trump ha firmado más normas que ningún otro presidente en los 100 primeros días en el cargo, especialmente del tipo conocido como órdenes ejecutivas, el decreto presidencial por excelencia. Una muestra más de su impronta autoritaria.
Desde ese momento, en menos de seis meses, ha declarado toda una guerra comercial; ha desatado una fiebre persecutoria contra los migrantes en los EEUU; ha atacado las instalaciones nucleares iraníes; ha conseguido doblegar a los republicanos aprobando la ley fiscal que él mismo bautizó como One Big Beautiful Bill; y ha obligado a los miembros de la OTAN a asumir el 5 % del gasto (en armas estadounidenses) en defensa, mientras el presidente de la alianza atlántica justificaba: "Sometimes, daddy has to use strong language" (A veces, papi tiene que usar lenguaje fuerte). Aunque, quizás, su mayor victoria hasta ahora sea el acuerdo arancelario con la UE.
De hecho, el propio Trump lo ha catalogado como "el mayor de los acuerdos", y no es para menos. Desde que el magnate norteamericano lanzara su guerra comercial con una andanada de aranceles masivos, los mercados —que se cebaron con la deuda estadounidense— y la propia clase empresarial norteamericana le obligaron a recular y declarar una tregua, mientras negociaba acuerdos con diferentes países como el Reino Unido, Vietnam, Indonesia, Filipinas o Japón.
La capitulación de Europa, aceptando el chantaje trumpista, no solo supone un acuerdo entre los dos bloques que más bienes y servicios intercambian en el mundo —con la importancia económica que esto supone—, sino que políticamente es un balón de oxígeno fundamental para la estrategia trumpista de guerra arancelaria. En donde someter a la UE cumple un papel fundamental en su proyecto geopolítico, permitiéndonos entrever el nuevo escenario que se preconfigura, en el que la ambición imperial trumpista es, como explicaba Enzo Traverso, el producto de un debilitamiento: "Estados Unidos ha renunciado a la pretensión de dominar el mundo, como lo imaginó tras el final de la Guerra Fría", para conformarse con dominar su espacio geopolítico de influencia y estar en una mejor relación de fuerzas para disputar el resto del mundo con China.
El mundo en el que EEUU aparece como el actor predominante de una cultura y política global lentamente se desvanece para dar lugar a otro diferente. La desestabilización es tan profunda que es muy probable que estemos en un momento bisagra de la historia mundial. La política neoliberal instaurada desde los años ochenta del siglo pasado no solo hace aguas, sino que se ha roto el equilibrio de relaciones entre potencias y el sistema de hegemonía que se puso en marcha y evolucionó tras la Segunda Guerra Mundial.
En este contexto, el lema de Trump «Make America Great Again» es revelador del momento histórico: el declive del imperio. Aquí es donde el proteccionismo trumpista del MAGA, con sus anuncios de guerras arancelarias, cobra más sentido. El hasta ahora indiscutido imperio estadounidense, ante su paulatina pérdida de hegemonía comercial (que no militar), intenta impulsar una recomposición en clave nacional en su batalla interimperialista con China. Para ello ha favorecido una guerra de posiciones que se ha cobrado como primeras víctimas a los mecanismos multilaterales de gobernanza económica de la globalización. Una suerte de desglobalización, en donde quizás lo más paradigmático sea que el mismo imperio norteamericano que construyó la actual arquitectura multilateral de gobernanza sea el que la esté desmontando.
En el inicio de la guerra arancelaria, cuando algunos analistas preguntaron al presidente norteamericano qué ocurriría cuando la UE impusiera a Estados Unidos aranceles como medida de represalia, Trump fue tajante: "No podrán. Pueden intentarlo, pero no pueden". Evidentemente, la UE tenía otros muchos caminos antes que aceptar el chantaje trumpista. La firma del acuerdo arancelario es una prueba más de la mentalidad sumisa de los vasallos que coloniza el proyecto europeo. Por ello, ante todo, este acuerdo sentencia mucho más que una relación comercial asimétrica: es una auténtica genuflexión al proyecto imperial trumpista.

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