Opinión
Granados: digáselo con flores
Por David Torres
Escritor
La inefable María Dolores de Cospedal dijo el otro día que el PP era un partido político incompatible con la corrupción. Sin reírse casi, lo que tiene mucho mérito. En cierto modo no le faltaba razón, ya que el término corrupción indica, al menos metafóricamente, que hay un tanto por cierto del cuerpo que permanece sano y en este caso apenas queda un cacho que no esté podrido. No puede haber corrupción donde todo está ya corrupto y corrompido.
La macrorredada con que amanecimos ayer en España demuestra que la nueva telaraña de podredumbre iba de Madrid a Murcia y de León a Valencia. La ventolera de excrementos procedente de Génova está tan extendida que en los telediarios ya la anuncia el hombre del tiempo: "Se prevén fuertes imputaciones para el fin de semana; abríguense y tápense mucho la nariz". Si a eso le sumamos las fotos de Feijóo untando crema en los lomos a un narco, el escándalo cospedaliano de las basuras en Toledo, el deportivo que le creció en el garaje a Ana Mato, la farmacia cuántica de Bauzá en Baleares, las facturas de peluquería de Rato a las dos de la mañana, las tarjetas opacas de Blesa y allegados, la condena de Matas, la prórroga carcelaria de Fabra y una cadena de imputaciones más larga que la lista de los reyes godos, queda claro que, más que una regeneración, lo que necesita el PP urgentemente es una resurrección. Un entierro y un milagro.
He aquí una gente que presume de limpieza con una tesorería cuyas cloacas desembocan directamente en Suiza (cuando no en Soto del Real). He aquí una élite de sueldos estratosféricos que cobraban en sobres con unas cuentas más negras que el sobaco de un miura. He aquí que la célebre boda de la hija de Aznar en El Escorial podía haber dado protagonistas y extras de sobra para otras tres entregas de El padrino. He aquí la sede de un partido con un chorro perpetuo de dinero sucio más gordo que el de una bolsa petrolífera en medio del Atlántico Norte. Un día de éstos la policía va a entrar en Génova y va a encontrar políticos.
Lo que empezó con unos cuantos trajes de corte y confección está acabando en un almacén de chubasqueros. No es que llueva sobre mojado, es que ya diluvia sobre el mar, un auténtico océano de porquería en el que, en cualquier país serio y democrático, un gobierno decente hace años que hubiese naufragado. Todo gracias a una jeta a prueba de bombardeos, a una ciudadanía en estado de hibernación, a una justicia en peligro de extinción y a una oposición formal que hasta ayer mismo ofrecía su mano abierta para formar un frente unido contra la corrupción, un poco al estilo de esas cápsulas con heces congeladas para combatir la diarrea. Unos alcaldes por otros, lo que se dice una auténtica transfusión de mierda.
Con un toque de ingenio filológico no exento de eufemismo, esta operación policial ha sido denominada “púnica”, pensábamos que por una referencia a Aníbal, quizá para recordarnos que Roma podrá tambalearse, sí, pero aguanta lo que le echen. Sin embargo, lo mismo que en Gürtel usaron el alemán para apuntar a Correa, ahora han recurrido al latín y a la botánica, Púnica granatum, el nombre científico del granado, una manera de darle una salida elegante a Mariano cuando tenga que referirse a otro de los innombrables: digáselo con flores. Granados es que no paraba quieto: lo mismo investigaba un tamayazo, que vendía la Sanidad, que se iba a Suiza a vendimiar, que se ponía a adjudicar obras a dedo, que daba clases magistrales de ética en Intereconomía. Podrán decir misa pero currante era un Rato. Al menos Esperanza Aguirre ha tenido el detalle de reconocer a su cuñado político y hasta de asombrarse un poco. En la rueda de prensa se la vio incluso abochornada de tanta confianza que le tenía; llega a salir Cospedal y dice que fue ella misma quien pegó el telefonazo a la Guardia Civil en diferido. Detrás de Esperanza estaban las mayúsculas inconmovibles del PP y, sobre ellas, más que una gaviota, planeaba un paraguas.
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