Opinión
La guerra de Trump

Uno de los defectos de quienes estamos altamente implicados o interesados en política es nuestra tendencia a valorar con nuestros parámetros ideológicos a los políticos oponentes. Ello nos lleva a pensar que los oponentes carecen de fundamento en sus pensamientos políticos y cuando tienen la personalidad de Trump nos induce a pensar que se comportan como estúpidos. En apariencia Trump, como allá por los tiempos del cine western se decía, "tiene más peligro que un mono con dos pistolas".
Pero no nos engañemos, porque si partimos de pensar que Trump es un payaso estaremos infravalorando el trasfondo geopolítico que hay tras sus acciones, trasfondo que desde mi punto de vista existe por mucho que responda a una lógica impensable para la inmensa mayoría.
Me explico, las previsiones económicas son que en unos 20 años China alcanzará la producción de los Estados Unidos y las previsiones poblacionales son que China se mantendrá en torno a los 1400 millones de habitantes y Estados Unidos en torno a los 400 millones, es decir 3,5 chinos por cada norteamericano. En términos militares ello supone una ventaja estratégica para una guerra de desgaste, como se está viendo en el caso de Ucrania, ventaja que solo es compensable con una ventaja tecnológica cada vez más difícil de mantener. Imaginemos un escenario de confrontación bélica oriente-occidente en 2045, recordemos que esto, que para la mayoría de los mortales es un escenario estúpido, para los militares del Pentágono es un escenario probable, que ya empieza a dejarse entrever en los documentos de Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
Pues bien, en ese escenario, la guerra de Trump, lo más probable es que se considere que la ventaja estratégica última de EEUU es la singularidad del continente americano, su independencia geográfica del resto de continentes, de los que los separan los dos océanos más grandes de la tierra. Una ventaja similar a la que gozó Reino Unido en la segunda guerra mundial y que se materializa en la dificultad de cualquier potencia para llegar con tropas terrestres al continente americano. Obviamente, esa ventaja tiene puntos débiles y es ahí donde entran en juego la importancia de Groenlandia y Canadá, ya que ambos son territorios americanos cercanos a Europa y Asia, respectivamente. La macroisla danesa con poco más de 50.000 habitantes es indefendible por Dinamarca, por eso Trump se ha lanzado a una especie de cortejo-amenaza, donde lo mismo habla de comprar que de invadir, y el Canadá, un territorio del tamaño de los EEUU con poco más de 40 millones de habitantes, también indefendible con esa población, al que Trump quiere convertir en el 51 estado de los EEUU. Conclusión: el norte del continente es la parte más accesible y vulnerable para una invasión y sí la estrategia es cerrar América ante un conflicto global, en la estrategia de la guerra de Trump tiene que ser territorio yankee.
En esa visión apocalíptica el petróleo juega un papel fundamental y en una conflagración mundial el Golfo Pérsico tiene difícil defensa. EEUU apoya al Estado genocida de Israel porque es su fuerza disuasoria nuclear en la zona, un baluarte guerrero dispuesto a inmolarse por ese trozo de tierra, pero que en una guerra total no tendría posibilidades de defensa por su pequeño tamaño. Por eso en un planteamiento posibilista a largo plazo la única forma de garantizar el suministro de petróleo en América sería controlar las propias reservas americanas, ¿que están dónde? En Venezuela. En la estrategia de la guerra de Trump la democracia en Venezuela importa tan poco como el genocidio en Gaza, es más, en esa lógica a EEUU le viene mejor un régimen no democrático, con un interlocutor único, el chavismo, estable y militarizado. El ejército norteamericano sabe perfectamente lo que es luchar en la selva y perder la guerra, así que lo más probable es que ni le haya pasado por la mente a sus generales meter tropas de tierra en Venezuela, mucho menos en Colombia. En eso Trump va de farol. Sra. Corina Machado, disfrute de su premio Nobel y no se meta en política y Sr. Petro pase por el despacho oval para recibir el menosprecio y después vaya a lo suyo.
En la guerra de Trump armar a Europa, el 5% del PIB de gasto militar que Trump exige a los miembros de la OTAN, es indispensable para parar el primer golpe. La explicación estaría en que, dada la situación actual, Europa tendría todas las papeletas para ser el frente de lucha. Los europeos hemos disfrutado del efecto memoria del autoexterminio y del equilibrio disuasorio, y ambos nos han permitido alejar la guerra de Europa, disminuir el gasto militar, la queja de Trump y mantenernos como referente moral y social a nivel mundial. Sin embargo, con la caída de la Unión Soviética, el equilibrio de la guerra fría desapreció. Esa caída la hemos aprovechado para europeizar, no sin dificultades, los países del este, incluyéndolos en la Unión Europea, pero no hemos hecho lo mismo con Rusia, a la que hemos seguido tratando como enemiga. Hemos fomentado su desintegración, en estos momentos casi 70 millones de europeos habitan países desmembrados de Rusia, dejando la Rusia europea reducida a su mínima expresión, y hemos llevado la OTAN a sus puertas, incumpliendo los acuerdos verbales dados sobre crear un colchón desmilitarizado entre Alemania y Rusia. La desconexión de Rusia de Europa por los embargos de la guerra de Ucrania -en Ucrania es donde se ha plantado Rusia- ha dado un empujón fatal para que Rusia caiga económicamente en manos de oriente, y el resultado es que si seguimos con la misma estrategia, en un enfrentamiento global como el de la guerra de Trump el frente estaría en las praderas ucranianas, teniendo Europa como oponente a la primera potencia nuclear del mundo, alimentada por tropas orientales como ya ha ocurrido en Ucrania. Obviamente, que Europa se arme le vale a Trump pero no a los europeos, que necesitamos ya una estrategia de autonomía e integración militar para ese tenebroso horizonte y una estrategia de paz con Rusia para evitarlo, algo que sorprendentemente hoy por hoy no contemplamos.
En esta guerra de Trump la economía no queda al margen y es un instrumento más. Esto no va de llevarse la pasta, que también, ni de fomentar el empleo en los EEUU, esto va de usar la economía como instrumento para la guerra. Los aranceles son una pieza de la guerra de Trump y tienen por objetivo garantizar la capacidad productiva propia. La pandemia dejó claro que la eficiencia económica asociada al intercambio internacional está reñida con la garantía del suministro, algo indispensable en situación de conflicto. El caso de los aranceles del acero y del aluminio son el mejor ejemplo, son económicamente antinatura para EEUU, pero básicos para garantizar que exista una industria para la producción militar futura. En este orden de cosas está también la obsesión por las tierras raras, probablemente el principal problema de EEUU, por lo que atañe a la distribución mundial de las mismas. Obviamente, a río revuelto ganancia de pescadores y si en el camino de la guerra de Trump las petroleras yankees vuelven a Venezuela, crecen los beneficios del conglomerado militar, pueden explotar territorios ricos en minerales, los oligarcas tecnológicos norteamericanos refuerzan sus ganancias monopolistas, consiguen hacernos dependientes de su gas, etc. bienvenida sea la pasta. Pero el objetivo sería militar, no económico.
En fin, Trump, como todos los presidentes norteamericanos, está obsesionado por su legado. Aprendió de su primer mandato que lo que haga internamente es deconstruible y por esa razón, y por el caso Epstein, ha abandonado la política interior, donde se limita a usar la inmigración como distracción para los suyos y para los demócratas. Él ha decidido que su legado va de allanar internacionalmente el camino para preparar a EEUU para la guerra global. Su personalidad brabucona y chulesca, de pijo creído aficionado al juego, es propicia para hacer lo que está haciendo: abandonar organismos internacionales, secuestrar presidentes, apoyar genocidas, amenazar y chantajear a países aliados, dinamitar la globalización comercial, … y como jugador de póker juega con la apuesta y con las cartas que tienen él y los demás. Eso sí, cuando se le descubre el juego decide no ir y pasar a la siguiente partida, pero ojo, no nos olvidemos que ganar en el póker consiste en llevarse todo lo que hay en la mesa.
Nos quedan tres años que aguantar la construcción del legado Trump, a ver si los norteamericanos le dan un nuevo correctivo en los próximos procesos electorales y eso lo apacigua. Mientras tanto, lo dicho, a aguantar y recordar que Trump es fanfarrón y le gusta jugar más con la apuesta que con las cartas, no lo olvidemos.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.