Opinión
¿Por qué no hablamos de 'K-pop Demon Hunters'?

Por Guillermo Zapata
Escritor y guionista
No hay nada más aburrido e insoportable que esa ficción interesada por la cual existiría algo así como una "conversación sobre lo woke". Esa conversación no existe. Si existió (quizás lo hizo un rato hace dos o tres años, cuando aún había quien jugaba a que los nazis eran irónicos y punk), ya ni siquiera es una conversación.
Lo woke es un atributo despectivo que ya solo utiliza y le preocupa a la derecha en sus diferentes expresiones y que describe simplemente "las cosas que me molestan" en el ámbito cultural. No tiene más. Toda la retórica de una supuesta complejidad sobre este asunto ha quedado ya reducida, pulverizada, convertida en pulpa semiótica.
Esta misma semana saltaba la noticia de que la película K-Pop Demon Hunters se convertía en el contenido de ficción más visto de la historia en Netflix, que es quien la distribuye. K-Pop Demon Hunters se ha abierto camino hasta lo más alto del mainstream a través de una transformación cultural de bastante más calado que lo de lo woke a la que no estábamos atendiendo. El K-Pop es la música comercial coreana, caracterizada por melodías de pop pegadizo, coreografías bailables y bandas de chicos y chicas de un éxito descomunal que va y viene desde Asia hacia el resto del planeta y vuelta. K-pop es lo que escuchan las hermanas pequeñas de la generación Z cuando sus hermanos mayores no están bailando Bad Bunny. Es un ejemplo más del fin de la hegemonía anglosajona en la cultura popular (quizás eso explique por qué te sientes incómodo y pequeñito, querido amigo antiwoke).
K-Pop Demon Hunters es la expresión de la popularización del fenómeno y también una buena forma de entrada al mismo. La película nace del deseo de una de sus directoras, Maggie Kang, de explorar las raíces mitológicas de su cultura coreana. La película sigue al grupo "Huntrix", formado por tres chicas: Rumi, Mira y Zoey, que son, además de estrellas internacionales de K-Pop sometidas a la presión de la fama y a las contradicciones entre lo público y lo privado propias de toda reflexión sobre lo pop, cazadoras de demonios. Y esos mismos demonios se van a enfrentar a ellas formando una banda de chicos llamados los "Saja Boys".
La película habla de amistad femenina, ligoteos inocentes (con su poco de amor romántico pelín tóxico, pero bastante bien llevado), hacer las paces con una misma y gestionar las contradicciones de la forma más honesta posible. Los personajes están muy bien diseñados, son divertidos y priorizan la amistad entre mujeres sobre las relaciones románticas. La película también refleja en los fans a públicos de una enorme diversidad étnica, de género y de orientación sexual y parte de una conciencia clara de la dimensión de responsabilidad que este tipo de figuras tiene para los públicos más jóvenes. Son un trío de mujeres conscientes de ser referentes. Por supuesto, la película también habla de economía de la atención, fama, ser uno mismo y todas esas otras cosas relativamente funcionales al capitalismo algorítmico.
La cuestión es que esta película, que es un fenómeno cultural, que forma parte de un fenómeno mucho más amplio, que tiene un éxito enorme a nivel mundial y que REPRESENTA, por tanto, valores, deseos, anhelos y desafíos de las generaciones más jóvenes… No tiene la atención crítica que debería.
Los contenidos que no nos devuelven un espejo de los jóvenes cómo pequeñas bombas de odio problemático a punto de estallar, que no nos cuentan la enésima historia sobre la perdida de los valores de la juventud, que no reproducen discursos machistas, homófobos, etc., sino que más bien proponer modos de socialización bastante razonables son contenidos que no son valorados jamás. Mucho menos cuando tienen mucho éxito.
El motivo supongo que será diverso, pero uno no puede dejar de pensar que detrás de esta ausencia de interés está el clásico "es un producto para chicas o jóvenes LGTBIQ" y por eso no entra en los canales de la crítica y la valoración.
Eso hace, entre otras muchísimas cosas, que un contenido que sería estupendo para chicos jóvenes heterosexuales se lea siempre como un contenido para "los otros" (las chicas, los chicos gays, etc.). Un contenido, por tanto, que no tiene interés para los chicos jóvenes heterosexuales. La falta de conversación le veta de ese espacio cultural; no les anima a entrar.
De esta forma, los contenidos que sí parecen destinados a ellos y que siempre reciben atención crítica son los que parecen proponer esa mirada antiwoke de la radicalización machista. Muchas veces la crítica de esos contenidos es en forma de alarma. Las advertencias constantes sobre los contenidos que consumen los chicos jóvenes y la falta de interés por abrir otros contenidos a esos mismos chicos jóvenes, que pueden estar perfectamente interesados en ellos, forman parte del problema tanto como cualquier otra cosa.
Hablemos más de las cosas que les gustan a los jóvenes, en su enorme diversidad y con su enorme potencia. Si no, solo les devolvemos que lo que les gusta es o una amenaza o una chorrada. Y no se lo merecen.

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