Opinión
¿Qué se habrá creído?

Por Marta Nebot
Periodista
Este hombre debe haberse creído rey. Digo, porque si no no se entiende cómo se le ocurrió ir a pelearse en los tribunales con un expolítico muy querido porque dice de él lo que todos hemos dicho y con una exquerida muy poco política a la que le dio lo que no le dio a nadie: su dinero.
No es buena idea montar un duelo de campechanos con el mayor reventador de audímetros del reino para recuperar imagen pública. No tiene buen pronóstico reputacional ir a sacarle un buen pellizco (50.000 euros) -aunque digas que sería para Cáritas- a un viejito encantador que no está montado en sus millones y que es capaz de llorar en directo por la herencia de sus hijas.
Lo único que Revilla tal vez ha dicho más claro que nadie es que a saber cuánto se ha gastado el Estado en sus queridas. Menuda papeleta para el juez y para la monarquía. ¿De verdad le viene bien que se investigue cuánto ha sido? ¿Cómo demostrar una injuria o una calumnia si es sobre algo que tiene todos los visos de verdad y que nadie ha aclarado ni aclarará, a menos que llegue la Tercera República?
Como dijo esta semana el juez Castro -que tiene el título honorífico de impartidor de real justicia por, contra viento, marea y la Fiscalía, meter al yernísimo en prisión y sentar en el banquillo a su hija-, lo mejor que podría hacer Juan Carlos es archivar esta demanda contra Revilla. Porque si no, se va a arrepentir en cuanto el letrado se ponga a hacer las preguntas obvias: ¿Es usted un defraudador? ¿Fue usted infiel a la reina Sofía? Lo segundo no es delito, pero decirlo tampoco es injuria ni calumnia.
Debe ser la costumbre de mandar, de sentirse y saberse por encima del bien y del mal: intocable, indestapable, impublicable, inviolable, intodo. ¡Cuánto hemos callado! ¡Cuántos secretos a gritos guardados por lealtades absurdas! Le permitimos todo hasta que su examante más querida denunció lo que nadie se había atrevido. Y es que, claro, es rey por la gracia del caudillo, que no era Dios pero se le parecía. Y después lo malcriamos. Lo hicimos desde el principio. Le regalamos lo que no se merecía evitando el referéndum (monarquía o república) que le habría puesto en su sitio. Ése que Adolfo Suárez reconoció que de haberse hecho Juan Carlos lo habría perdido. En lugar de agradecerlo, como todos los malcriados, se creyó por encima del resto, se creyó con derecho a excepción todo el rato.
Y seguimos sin hacer los deberes más básicos para que la monarquía pierda algo de su poder omnímodo. La culpa no es de los niños que se queman, la culpa es de los que les dejamos jugar con fuego, en este caso, con el fuego del poder que sin cortafuegos todo lo quema, incluido el raciocinio. O, como dice el viejo refrán castellano, la culpa no es del chancho sino del que le da de comer: todos nosotros.
La inviolabilidad ahí sigue, en el artículo 56 de la Constitución que nadie ha modificado. El rey Felipe, su heredero, el presunto rey bueno que renunció a su herencia ante notario, como si no fuera heredada la corona que ostenta, no ha cometido delito de momento. Pero podría hacerlo en cuanto se le suba el trono a la cabeza, en cuanto se crea lo que es, "el inviolable jefe del Estado" por derecho de cuna.
Su padre está a tiempo de darse cuenta de que sus tiempos ya fueron, de que está en su mano hacer más o menos daño a la institución que representa, a la que ha dejado en vilo, a la que ha dado una estocada que todavía no se sabe si será mortal porque nadie se atreve a preguntarle a los españoles y porque de eso no depende la solución de los principales problemas sociales.
En el acto de conciliación de esta semana el rey catódico, Revilla, se negó a pedirle perdón al rey escapado, Juan Carlos I. Es más, dijo que el único perdón posible vendría de su repatriación fiscal, que solo se le puede perdonar si es él el que rectifica y paga sus impuestos como el resto.
Ahí está la pelota entre ellos. En el tejado de Juan Carlos, donde parece que se va a quedar porque parece estar claro que no juega a otra cosa más que a su dinero.
Por otro lado, el juez Marchena tiene en su sala la otra pelota peliaguda. Tiene la oportunidad de dignificar al tercer poder reconociendo que hubo trato de favor con este rey solo por serlo. El grupo de juristas impulsor de la querella contra Juan Carlos de Borbón por cinco presuntos delitos contra la Hacienda Pública ha presentado recurso de súplica ante el Tribunal Supremo contra su decisión de archivar el procedimiento. La regularización fiscal de Juan Carlos I fue un fraude televisado. Pagó sabiendo que estaba siendo investigado y eso está terminantemente prohibido.
Por ahora, cuando han entrado en conflicto Justicia y monarquía ha prevalecido la segunda -menos con el juez Castro-. Don Manuel Marchena puede o no confirmarlo. De momento nadie ha enseñada al emérito a agachar la cabeza por miedo a que caiga la corona. No está claro si tiene más posibilidades de caer por agacharla o por llevarla demasiado alta. Si cae, en cualquier caso, el hombre que se creía rey habrá tenido buena parte de la culpa.
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