Opinión
La incertidumbre, el espectáculo y la banalidad del mal

Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
La rapidez con la que se suceden los acontecimientos políticos nos sumerge cada día más en un mar de incertidumbre. Es imposible procesar la cantidad de información a la misma velocidad con la que se recibe, y menos aún, gestionar las emociones que esta nos genera. La lógica y lo previsible se esfuma, y los nuevos actores principales en el tablero global, como el presidente norteamericano Donald Trump, sus lacayos e imitadores, juegan con ello, manejando muy bien el lenguaje, los marcos y los tiempos. Hacer de su comunicación y de su acción política un espectáculo constante es parte de la estrategia de estos populismos autoritarios, de una ultraderecha desatada que libra su batalla cultural también administrando a conciencia una sobredosis de acciones y declaraciones provocadoras que impidan mirar hacia otro lado.
Da la sensación de estar asistiendo a un pastiche cinematográfico sobre el colapso civilizatorio, la idiocracia y el despotismo cruel de una camarilla malvada de gobernantes dispuestos a arrasar con todo, con el planeta, con la democracia y con los derechos, en su carrera para acumular cada vez más riqueza y poder. Las rémoras que acompañan a los villanos, esto es, los propietarios de las principales redes sociales y de algunos medios de comunicación, los desinformadores profesionales y los promotores del odio, alimentándose de la carroña, repicando cada una de sus consignas y de sus marcos esparciendo el veneno adecuado. Todo esto provoca una sensación de desasosiego, de miedo y de desconfianza, una parálisis por estupefacción al ver los consensos mínimos de convivencia y hasta la sacrosanta legislación saltar por los aires. Nadie sabe por dónde va a salir mañana el sol, ni cuál será el siguiente capricho del Nerón de turno, ni quienes serán sus nuevos amigos y enemigos.
Luego están quienes se apuntan al bando canalla, quienes banalizan el mal con arrogancia y hasta con sorna, quienes se ríen y celebran la maldad, en un momento en el que no tienen por qué que esconder el despojo humano que son en realidad. Lo vimos con el genocidio en Gaza y la salida del armario de miles de psicópatas que lo celebraban mientras la mayoría conteníamos la respiración con cada vídeo que nos llegaba tras los bombardeos. Israel jugó la carta del shock, de publicar ellos mismos algunas de sus propias atrocidades y reivindicar el exterminio a pecho descubierto, algo que continúa haciendo hasta en televisión, como el programa del Canal13 israelí que emitió recientemente las torturas a las que sometían a los prisioneros palestinos. No olvidemos que, tras los vídeos de las violaciones contra presos palestinos, sus violadores se han convertido en estrellas mediáticas y héroes nacionales.
Las redadas del ICE en Estados Unidos, el cuerpo paramilitar que caza inmigrantes y al que se ha apuntado toda la chusma racista que apoya a Trump son también puro espectáculo que sirve de disciplinamiento interno. Como los vídeos que publica el presidente Nayib Bukele de sus prisiones en El Salvador. "Democracia, institucionalidad, transparencia, derechos humanos, Estado de derecho, suenan bien, son grandes ideales en realidad, pero son términos que en realidad solo se usan para mantenernos sometidos" , advirtió el año pasado, ya inmerso en su segundo mandato cada vez más autoritario. "Me tiene sin cuidado que me llamen dictador", añadió. Algo parecido a lo que dijo Isabel Díaz Ayuso en una entrevista: Si te llaman fascista, estas en el lado bueno de la historia .
Trump ofrece pistas sobre el viaje en el que pretenden embarcarnos sus acólitos si un día llegan a gobernar. No solo en el terreno político, sino en la normalización de una manera de ser, de relacionarse con los demás. Las amenazas constantes desde la presidencia contra mandatarios demócratas o líderes de otros países que osan criticar sus medidas autoritarias son también una muestra de que la política internacional que está llevando a cabo se proyecta también de puertas hacia adentro. Aquí manda él y nadie le tose. Todo ello está provocando una peligrosa fractura social en un país con más armas que personas, hoy ya en una deriva tan peligrosa como imprevisible. Un déspota narcisista que pretende reinventar el mundo a su manera, y que asfalta el camino a quienes ven en él un modelo a seguir.
Las amenazas de Trump sobre Groenlandia y los continuos desprecios y vaciles a los hasta ahora socios, están dejando en evidencia la podredumbre de un mundo viejo que ya no se sostiene. Europa se niega a aceptar lo que está sucediendo, escorada en la fase de negación, incapaz de abandonar la relación tóxica evidente que ha ligado nuestro destino a los caprichos del hasta ahora supuesto amigo americano. A pesar de la claridad de los mensajes de Trump al respecto, Europa insiste en señalar a Rusia y a China como su principal amenaza, como si al otro lado del Atlántico siguiese su idilio. Mientras Canadá estrecha lazos con el gigante asiático, consciente de la maltrecha relación con su vecino, la UE mantiene en varios países la presencia militar norteamericana en múltiples bases, cuya continuidad se evita elevar a debate nacional. Lo mismo sucede con la OTAN, con la que EEUU pasea atados con correa a sus socios, a los que azota cuando quiere.
Europa ve ahora cómo aquello que la hizo grande en el pasado, el colonialismo y el imperialismo, se vuelve contra ella de una manera inmisericorde. Y cómo los gusanos de la putrefacción, la ultraderecha que hace apología de la maldad y que detesta la democracia que le abrió la puerta, ha infectado con sus larvas a todas las naciones del planeta. Mientras, el capitalismo sigue su curso, pues esta nueva era totalitaria no supone ninguna amenaza, sino más bien una vuelta de tuerca. La desafección que ha promovido un sistema basado en la desigualdad, aunque se haya vestido de democrático, ha sido el gran alimento de la extrema derecha.
Provocar el desconcierto es una estrategia bien pensada. Ya lo propuso hace tiempo Steve Bannon, uno de los mayores estrategas de la extrema derecha global: inundadlo todo de mierda, dijo. Pintar un mundo invivible, una humanidad irreconciliable, una competición constante bajo un clima de odio y miedo es el lubricante que necesita la ultraderecha para imponer su mundo. Y es que, en una ciénaga de excrementos, solo ellos, los que se alimentan de la inmundicia, tienen la capacidad de sobrevivir.
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