Opinión
La insoportable levedad de ser una 'pick me girl'

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
El peor recuerdo de posguerra que tenía mi abuelo materno, peor que el hambre y la miseria, era haber visto cómo paseaban por el pueblo a una tía suya a la que habían rapado el pelo para humillarla y castigarla por ser republicana. Y esto no lo hicieron una o dos veces, sino unas cuantas, pues cada vez que los señoritos de la Falange se aburrían mataban el tiempo vejando y torturando a las mujeres de los rojos. Pero supongo que estas cosas eran las cosas normales que solían pasar después de esa guerra civil sobre la que tanto insisten en tratar de convercernos de que en el fondo la perdieron todos los bandos. Una guerra que la propaganda franquista -y en la actualidad sus herederos de sangre e ideológicos- lleva desde 1939 tratando también de vendernos como un hecho inevitable, como una maldición predestinada y provocada por endémico cainismo español porque, al fin y al cabo, todo el mundo sabe que viene a ser lo mismo defender un régimen democrático que instigar una intentona golpista por parte de las élites y las fuerzas reaccionarias. Lo típico que pasa por culpa de la polarización política: que una parte de la sociedad cumple, respeta y defiende el mandato constitucional y democrático y la otra te fusila al amanecer ante el primer paredón que encuentran.
Pero no seamos injustos con los insignes pensadores patrios que con una copa de coñac en la mano y el ceño fruncido nos señalan con displicencia el camino que tenemos que tomar para no volver a caer en los errores del pasado, esto es, para que los fachas y los reaccionarios no vuelvan a verse obligados a hacer uso de la violencia para imponerse, porque pudiera ser que haya algo de verdad en eso de que la Guerra Civil la perdimos todos, o para ser justas, que unas la perdimos más que otros.
Y es que, salvo excepciones muy excepcionales, las mujeres que apoyaron y sustentaron la causa del franquismo, la Reacción y el tradicionalismo católico acabaron también siendo prisioneras de los valores que defendían. Porque la Reacción y sus aliados tienen a las mujeres, sus derechos y sus libertades como uno de sus enemigos principales, y así la dictadura no solo borró de un plumazo todos los pequeños y grandes avances que las mujeres habían logrado conquistar, también las recluyó en las casas, las cocinas y los paritorios convirtiéndolas en rehenes y comparsas de sus padres o de sus esposos. Y muchas de las mujeres pertenecientes a las élites franquistas tampoco pudieron o supieron librarse de este destino.
Es por eso que una de las principales fantasías de la propaganda misógina se formula en torno a la rivalidad entre mujeres, un impulso innato que nos impide establecer verdaderos lazos de amistad y confianza entre nosotras, ya que de forma espontánea tendemos a sentir envidia las unas de las otras, arrastradas por la pulsión irrefrenable de competir para atraer la atención de los hombres. Al fin y al cabo la amistad -ellos nos explican, ellos siempre nos explican cosas- no deja de ser un sentimiento puro de unión entre iguales, una conexión que solo los hombres pueden sentir, pues esta ha tenido su origen en la camaradería que surge en el combate, durante la caza del mamut, en los Tercios de Flandes o en Forocoches. Y es que no hay nada que dé más miedo a la Reacción y al patriarcado que la sororidad y las mujeres pensando, actuando y trabajando juntas.
Sin embargo, sería tan ingenuo como falso pensar que las mujeres permanecemos ajenas y somos inmunes a ejercer esta misoginia. Porque no somos seres de luz -el feminismo nunca ha sido una guerra entre los sexos como la pintan los malos caricaturistas- sino que somos seres complejos que hemos sido criados en un entorno patriarcal y que estamos también determinados por otros condicionantes como son los de la clase social, el origen, la orientación sexual, la religión o el color de piel, y por eso mismo somos perfectamente capaces de aprovecharnos del sistema, convertírnos en su cómplice y ejercer la violencia y la dominación sobre otras mujeres y otros colectivos vulnerables. Sea de forma consciente o no.
Criadas y rodeadas de narrativas tan dañinas como extendidas sobre nuestra apariencia física, nuestra forma de comportarnos y sobre nuestra sexualidad, no es extraño que de forma espontánea tiremos de todos los tropos del machismo que nos han enseñado para atacar a otras mujeres. Porque lo hemos mamado desde la cuna, así que el insulto nos sale prácticamente solo: "fea, puta, tonta...". Esto es, el espontáneo impulso misógino de poner en duda la capacitación de otra mujer riéndose de su aspecto físico mientras se busca la mirada cómplice masculina para que te valide. Una estrategia que proporciona una falsa seguridad y una ilusa sensación de camaradería con los señores que te ríen o que te han alentado a hacer la gracia. Una trampa que se vuelve siempre en contra de todas las mujeres que la ejercen, a las que las redes han bautizado como las pick me girls, esto es, las chicas y mujeres que van gritando escógeme a mí que yo molo más que el resto de las mujeres porque soy casi como un tío.
A las señoras de mi quinta esta nueva fantasía masculina no les pillará por sorpresa, ya que no deja de ser una reformulación de la Manic Pixie Dream Girl de los años dos mil -perdónenme de nuevo el anglicismo pero la hegemonía cultural la siguen teniendo los USA hasta que China diga basta-, esas chicas guapísimas, pero que no lo saben, pues se debieron de criar en un entorno sin espejos ni fotos, que sueltan tacos como un camionero, adoran los deportes y los videojuegos, comen patatas fritas, hamburguesas y pizzas grasosas y aun así son dueñas de un cuerpo como el de una supermodelo, tienen los pechos turgentes y son tan risueñas como pizpiretas, y que aparecieron como setas en todas las comedias románticas con pretensiones artísticas de principios de siglo XXI hasta que se diluyeron como lágrimas en la lluvia con la llegada de los superhéroes.
Con el revival reaccionario, estas locuelas maravillosas derivaron en pick me. Y estas a su vez no dejan de ser la versión más accesible de las trad wifes, pues estas exigen una vida de dedicación exclusiva veinticuatro horas al día de autocuidados, maquillaje perfecto, ropa impecable, pelo lacio, comidas caseras y sumisión al hombre de la casa. En contraste, las pick me se imaginan a sí mismas como seres independientes, descarados, libres y desprejuiciados. Ellas son las chicas listas que no han caido en la trampa del feminismo que solo busca enfrentar a las mujeres contra los hombres. Son las mujeres perfectas, las colegas ideales, las amigas de sus amigos, las que no tienen miedo de cantarles las verdades del barquero a otras mujeres.
Estas chicas tan alegres y tan libres son las que defienden a capa y espada a sus amigos de las denuncias de abusos sexuales -dime tú a ver cómo ligas, anda-, las que se alzan como las voceras de las deportaciones masivas del ICE y las primeras en lanzarse a hacer chistes sobre las tetas y la inteligencia de otras mujeres en horario de máxima audiencia. Porque se creen una más de la pandilla. Una más del grupo de los abusones, sin saber que serán las que siempre acabarán teniendo que pedir perdón cuando metan la pata -incluso cuando han sido ellos los que han metido la pata, pues ya se encargarán de hacer que parezca que la culpa ha sido solo de ellas-, las que se quedarán más solas que la una en cuanto dejen de ser necesarias, y las que siempre van a encontrarse con otra pick me mucho más pick me que ellas que las ponga en su sitio y que les recuerde que han puesto en aprietos a los hombres con los que querían congraciarse.
Y entonces nadie dudará en darles la espalda, en dejarlas frente a los leones o en filtrar vídeos en los que se las ve robando cremas de supermercado. Porque un día las pick me están condecorando al embajador de Israel o al de Estados Unidos y al día siguiente lo mismo están en la calle porque ya les han dado la patada.

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