Opinión
El lenguaje de la guerra destruye el feminismo (entre otras cosas)

Escritora y doctora en estudios culturales
Cuenta el arqueólogo Alfredo González Ruibal que, en los lenguajes y las artes de la antigüedad, “las mujeres desaparecen al mismo tiempo que aparece la guerra”. Según una investigación que le valió el Premio Nacional de Ensayo (Tierra Arrasada, Crítica, 2023), a medida que los pueblos fueron abrazando la violencia, la feminidad fue perdiendo su lugar simbólico, una constante que ya estaba presente en las pinturas rupestres y perduró a lo largo del tiempo. Si se analizan las representaciones artísticas ligadas a empresas imperialistas, la literatura épica o, más recientemente, las memorias de supervivientes del Holocausto, una puede sobrecogerse ante la abundancia de los distintos tipos de agresividad que permearon los valores de sus respectivas civilizaciones, con más o menos heroicidad o sublimación de la sangre derramada. La guerra no tiene rostro de mujer, el famoso libro de la Premio Nobel Svetlana Alexiévich, lo expone de forma clara: incluso aquellas señoras soviéticas que participaron en la II Guerra Mundial, impregnadas de un patriotismo equivalente al de ellos, sufrieron después una horrible marginación, mientras a los soldados se los llenaba de condecoraciones. Simplemente, en un mundo movido por el ansia furibunda de provocar la muerte, nosotras no cabemos.
Vale la pena desempolvar algunas de estas lecciones a la luz del clima belicista que se respira en Europa, azuzado por dos potencias nucleares, al este y al oeste de nuestras lindes. Se podría concluir que Putin amenaza con continuar conquistando territorios hasta vulnerar la soberanía de los miembros de la OTAN –un argumentario altamente ignorado hasta hace poco: recordemos Crimea–, magnificar las sanciones, y esgrimir así la bandera de “nuestros valores”, mientras se subestiman las ansias de poseer Groenlandia a la manera de una colonia tradicional, a pesar de formar parte de Dinamarca. Pero no se puede obviar la sumisión que supone una estrategia de rearme que beneficia económicamente a la industria armamentística global, ubicada en su mayoría fuera de nuestras fronteras y, con ello, el abandono paulatino de un Estado del bienestar donde priman principios mucho más necesarios que la brutalidad y la saña habituales en la lid. En otras palabras: no va a haber una Europa de cuidados, solidaridad, amparo al más débil, o igualdad de género si el objetivo es prepararnos para empuñar un fusil.
En un extremo de la ecuación, sabemos que los veteranos son incapaces de reintegrarse en la vida civil y tienden a perpetuar la violencia que un día los acompañó y ha configurado para siempre su personalidad, como narró el médico Jonathan Shay en Odysseus in America (2002). Dentro del tejido social, lo aprendido en la guerra se convierte en crimen, expone Shay, como suerte de advertencia: si creas un monstruo, luego es imposible librarse de él. Sin embargo, no hace falta pisar el campo de combate para que la lid construya subjetividades, nutra estados de ánimo belicistas, se traduzca en la fabricación de una mentalidad de enemigo, aumente la conflictividad en las calles y en las casas; en definitiva, destruya vínculos comunitarios y, en consecuencia, maltrate un feminismo que propugna precisamente lo contrario: más justicia social, paridad, salvaguarda del medioambiente y la biodiversidad, blindaje de los afectos y los cuidados. De hecho, una Europa en pie de guerra mostraría su incoherencia simbólica, por ejemplo, respecto a las políticas de verdad y reparación en cuestiones de memoria democrática –las víctimas, cualquier víctima, son desdeñadas en una sociedad que las produce–; o en relación a la protección del inmigrante, pues la lógica del enemigo alimenta la xenofobia y levanta fortalezas en torno a un ideal reducido, esencialista, de patria.
El giro lingüístico dado desde la inicial nomenclatura “rearmar Europa” hacia el eufemístico “salvar Europa” da cuenta de este fenómeno, y persigue suavizar a base de connotaciones teológicas e incluso humanitarias –léase el Arca de Noé o las patrullas de salvamento marítimo– lo que no es más que una carrera armamentística hacia el delirio colectivo, en una época que debería priorizar los acuerdos climáticos, los servicios públicos y la corrección de una desigualdad económica actualmente por las nubes. Por si fuera poco, el rearme también conlleva el agigantamiento de una inequidad generacional ya insostenible: como ocurre con la crisis ecosocial, en caso de conflagración, serán los más jóvenes los llamados a solucionar un problema que no han desatado, sea en forma de servicio militar obligatorio, reclutamientos forzosos, o vidas destinadas a habitar un mapa devastado. Una vez más, Saturno devorando a sus hijos abre las fauces que no cobijan sino degluten la carne más tierna. Si le debemos el mínimo respeto a las generaciones venideras, a quienes comienzan su andadura en mitad de este caos; si queremos afianzar los derechos de quienes histórica y estructuralmente hemos sido y seguimos siendo discriminadas; si anhelamos avistar cualquier resquicio de futuro, más nos valdría fomentar no sólo un lenguaje, sino, sobre todo, un comportamiento de paz. Y esa paz, como explicaba la historiadora Anne Morelli, no debería instrumentalizarse para justificar la propaganda de guerra: “ellos no querían”. Esa paz ha de consolidarse con hechos.
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