Opinión
La ley a ratos
Por David Torres
Escritor
A estas alturas, cuando me dispongo a escribir esto, todavía es demasiado pronto para saber lo que ocurrió realmente dentro del recinto del Madrid Arena. Hay que ser cautelosos y esperar los resultados de la investigación, lo cual quiere decir que nos saldrán canas esperando. Veinticuatro horas sería demasiado pronto para cualquier país, pero en España necesitamos años o más bien décadas para aclarar estas tragedias, y aun así nunca estaremos seguros de lo que pasó. Véase, sin ir más lejos, el accidente de Spanair, donde lo único seguro es que vete a saber y que oye, vaya hostia que se pegaron, pobrecitos. O la guerra civil, sin ir más lejos.
Uno de los portavoces de Madrid Espacios y Congresos, empresa propietaria del Madrid Arena, asegura que no hubo ningún problema con los accesos de salida y que todo lo que sucedió fue por causas ajenas “a la infraestructura, condiciones y seguridad del recinto”. Y parece que lo dijo en serio el tío, habría que ver qué daban de beber ahí dentro. Estas declaraciones son una obra maestra de la falsedad: se contradicen punto por punto no sólo no sólo con los primeros testimonios sino con la realidad pura y dura, esas puertas cerradas que forzaron el desalojo de una muchedumbre por un pasillo demasiado estrecho que de repente se transformó en un matadero. Pero a la hora de mentir no hay que cortarse un pelo, igual que Groucho Marx cuando se ponía la bata de médico y una paciente venía a decirle que, según los rayos X, ella no padecía ninguna enfermedad. “¿Ah sí?” replicaba Groucho, mordisqueando el puro. “¿Y a quién va a creer? ¿A mí o a esos embusteros rayos X?”
Una de las claves de la catástrofe es cuánta gente había realmente en un local con una capacidad para diez mil personas. La empresa casi pierde el culo al afirmar que no, que no había exceso de aforo. De hecho, se han dado tanta prisa que casi lo dicen antes de la avalancha, aunque según ellos, tampoco se produjo ninguna avalancha: va a ser un caso para que lo estudien Iker Jiménez o el tío de Johnnie Walker, el que llegue primero. ¿Y cómo sabían los responsables que no había más de diez mil personas dentro, a pesar de que un montón de testigos afirman lo contrario y varios incluso oyeron a un D.J. decir, poco antes de empezar la fiesta, que había más de quince mil? Muy sencillo, por las entradas que vendieron. Por eso y porque ya se preocuparon ellos de contarlos uno a uno según iban pasando, tanto como se preocuparon de registrar los bolsos para que nadie accediera al interior con bengalas y petardos.
En fin, estas cosas ocurren en un país donde la ley se cumple sólo a ratos; por ejemplo, cualquier niñato puede comprar petardos a pesar de que está prohibido, del mismo modo que cualquier idiota puede pasear con un perro suelto a pesar de lo mismo. Las leyes están para que se cumplan, afirma Ana Botella, alcaldesa porque sí, pero sólo en caso de desahucio. De otra manera, Halloween no nos luciría tanto.
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