Opinión
Llega Nosferatu: la era Trump comienza

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
Robert Eggers ha dirigido la última versión de Nosferatu. El norteamericano -responsable de una obra maestra como The Witch (La bruja), y de un truño del calibre de The Lighthouse (El faro)-, ha sufrido lo indecible para ejecutar un proyecto cinematográfico que anidaba en un recuerdo todavía vivo de su infancia: la vez que vio el Nosferatu de Murnau, la peli de 1922, con ocho años de edad. El Nosferatu de Murnau puede aterrar en la infancia e intrigar en la edad adulta. Muchas de las dudas que suscita el icónico film están resueltas en el libro de Jesús Palacios, Nosferatu. El Libro del centenario (Notorious Ediciones, 2022); muchas otras seguramente no se despejarán nunca. Es en la duda y en las preguntas sin resolver en las que se instaló E. Elias Merhige para rodar en el año 2000 la memorable La sombra del vampiro.
En este film, William Defoe es Max Schreck, el actor protagonista del Nosferatu de Murnau y, claro está, también es un vampiro. Como lo fue Klaus Kinski en el Nosferatu de Werner Herzog, estrenado en 1979. Su Drácula habla y seduce a Isabelle Adjani, quien, en la guisa de Mina, sufre tormentos que debieron estar a la altura de los experimentados -y públicamente confesados-, por Winona Ridder a manos de Coppola durante el rodaje de Drácula, de Bram Stoker (1992).
El Orlok de Eggers carece de la locuacidad y el encanto victoriano del Drácula que interpretó Gary Oldman. La protagonista femenina de Eggers es mucho más asertiva que las de versiones anteriores. Ellen Hutter, encarnada con extravagante rigorismo interpretativo por Lily- Rose Depp, se come la película y devora por completo a las audiencias. Personalmente, su interpretación me dejó exangüe.
Orlok habla poco, pero lo que dice está envuelto en el vapor de su aliento putrefacto. Una deformidad repulsiva y una estatura imponente dotan de identidad material a este ente inacabado, a este sujeto que se encuentra en una especie de transición eterna entre la vida y la muerte.
Por su parte, Ellen Hutter es, por encima de todo, un ser deseante. Es una mujer que alberga visiones de futuro -certezas que no puede compartir- y anhelos; una incomprendida que experimenta desde una edad temprana la refutación de su entorno familiar y el castigo de quienes en lugar de apoyarla, deciden hacerle luz de gas o, como sucede con su querido padre, castigarla con su frialdad e indiferencia. Ellen tiene una sola amiga, con quien tiene una intimidad típica de mujeres victorianas aristócratas y burguesas y ha logrado casarse con Thomas, en quien proyecta ternura y una indisimulada avidez sexual.
Pero antes de llegar a esta vida adulta, Ellen se había quedado sola, y fueron su soledad y el miedo a vivir siempre en esa situación de abandono, la que le hicieron invocar la compañía de un ser cuya existencia desconocía pero intuía. Será el Conde Orlok quien responda a su llamada; será este muerto viviente quien se consagre a la satisfacción de su íntimo deseo sembrando consigo la destrucción y el caos. Solo Orlok entiende que Ellen es vulnerable porque sin los demás (que la han dado de lado) su espíritu y su vida misma está incompleta. Los dones de Ellen existen para que los utilice en sociedad -en época pagana hubiera sido una sacerdotisa-, pero cuando la sociedad -su propia familia- le da la espalda, dejan de tener un propósito y se vuelven una carga para ella.
La joven protagonista de Nosferatu se erige en una mujer cuya voluntad contraviene el mandato de la sociedad. No controla sus instintos, no refrena sus deseos; ni siquiera sabe cómo hacerlo, así que se deja llevar. Es contenida y violentada, encorsetada y drogada, pero la fuerza mental de Ellen supera todas estas pruebas.
Orlok es la expresión que adopta la desobediencia de Ellen y su llegada desde los Cárpatos al pueblo en el que ella y su esposo -al que previamente ha convocado y torturado en su castillo- viven es la manifestación de lo que sucede cuando alguien (¿las mujeres?) se saltan las normas que ordenan la convivencia.
Con Orlok llega también a la ciudad en la que viven los Hutter una plaga de ratas que traen consigo la peste. Para evitar que las calamidades continúen diseminándose Ellen, lejos de rectificar y eludir su deseo, lo abraza. No es un sacrificio lo que la protagonista ejecuta, sino una claudicación completa ante su propia naturaleza lo que, eventualmente y de un modo incidental, comportará su muerte y que se deshaga el vínculo entre su “intrínseca maldad” y la bestia.
La pregunta que cabe hacerse es ¿acaso es siempre el deseo femenino fuente de descomposición social y motivo de desórdenes? La respuesta que se me ocurre a fecha de hoy, primer día de la nueva era Trump, es la siguiente: una sociedad que no es capaz de afrontar ni el deseo, ni lo extraño ni la vulnerabilidad consustancial a nuestra misma naturaleza, es una sociedad que se expone a que toda clase de sufrimientos se ciernan sobre ella. Henos aquí, rodeadas de ratas.
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