Opinión
Menos mal que nos queda 'Una quinta portuguesa'

Por Silvia Nanclares
Escritora
-Actualizado a
Frente a todo el estruendo exterior hay en cartelera una peli contenida que nos invita a hacer cuerpo con la butaca y dejarnos estar ahí, disfrutando y poniendo de nuestra parte, durante 115 minutos. Eso es solo lo que nos pide para desenvolverse del todo. Y cómo cuesta darlo en este mundo acelerado. 115 minutos viajando entre España y Portugal con el protagonista, un magistral Manolo Solo, que da cuerpo a su vez a un personaje aparentemente plano que se verá obligado a iniciar una búsqueda personal a partir de un hecho inesperado que hace tambalear su vida. La película se titula Una quinta portuguesa, es el segundo largo de la directora Avelina Prat (1972) y es un bálsamo que está esperando en salas para que vayamos a tomarlo. Les sentará mejor que un Lexatín. De hecho, la calma e intensidad tranquila que provoca su visionado está aún por sintetizar en cualquier fármaco. Y a la IA, para estos efectos, ni está ni se la espera. Quizá de eso se trate la belleza.
Dibujar el mundo. Ese mundo que no entendemos. Ese es el modo que ha encontrado Fernando, el protagonista, para mantener el control. Agarrarse a una rutina gris. Pero la vida tiene otros planes y le va a romper en dos la hoja de ruta. Podría estar creando símiles toda la columna, porque la película está llena de signos y rimas que convocan sentidos ocultos —que no crípticos— pero que habremos de urdir como en ese pasatiempo de “Une los puntos y crea una figura”. De ahí la importancia de prestarle (aunque sea por hora y media) toda nuestra atención, esa atención tan cara que hoy día funda toda una economía. De hecho, en la peli apenas salen pantallas, y un solo móvil, un pequeño Nokia 3310 que alguien ha dejado abandonado. Y hasta aquí puedo leer. ‘Una quinta portuguesa’ es una peli que te pide los cinco sentidos para que vuelvas a entregarte al ritual del cine sin interrupciones. Porque la peli a cambio te dará tanto que, efectivamente, necesitarás los cinco para reconstruir todo el mapa de una trama esquiva y llena de dobles y dobleces. Es un drama sin peso pero reflexivo, una comedia sin bromas, con algo de romance pero sin miraditas evidentes. Una historia de aprendizaje sin grandilocuencia. Algo con un tempo y una temperatura emocional mucho más parecidas a nuestras vidas que la cantidad de ficciones espídicas y piezas fragmentadas que, con sus demandas de atención, nos atenazan y sobrepasan diariamente.
Al salir, tienes ganas de seguir a alguien. Ganas de ponerte en los zapatos de un otro. De hacer apuestas. De volver a ver cine. Películas grandes como estas nos recuerdan cómo en una sala de cine pasan cosas que solo pueden pasar en una sala de cine, igual que en el teatro pasan cosas que solo pueden pasar en una sala teatro o en una novela pasan cosas que solo pueden pasar en la literatura. Porque si todos queremos volver a casa —y qué mejor casa que esa maravillosa, común y cultural que es una sala de cine— es para que nos cuenten una historia. Como hacen tantas noches el protagonista y Amalia (María de Medeiros) en la veranda de la quinta portuguesa. Para compartir un horizonte en dieciséis novenos, sintiendo que vives también en Ponte do Lima, el pueblo donde se encuentra realmente la frondosa quinta. Cuando acaba quieres abrazar la pantalla, como cuando abrazas un buen libro (se me dispara el factor cursi de la propia emoción). Quieres encontrar tu propia casa. Quieres llorar a mares y no sabes por qué. Pero te contienes. No tendría sentido en una película tan sutil. También quieres volver a pagar una entrada y hacer del acto de ir al cine un acto de resistencia. Quieres volver a un cine de barrio como quien va a un combate contra la segmentación de contenidos y la turistificación. En el coloquio posterior que ha montado la sala, una señora le dice a Manolo Solo, presente, que debería colocar un (no) entre su nombre y su apellido. “Porque nunca vas solo, vas siempre con un perrito”. Al parecer, la señora es su vecina. Y de estas cosas una no se entera viendo la peli en plataformas.
Esta es una historia de personas buenas, dijo otra persona, quizá también vecina del barrio. Como en Vasil (2022), el primer largo de Prat, presuntos hombres grises hacen cambios significativos en sus vidas. Como los personajes de Prat, nosotros también podemos abrir los ojos después del shock. Podemos demorarnos en el tiempo. Podemos ser buenos sin ser moñas. Hacer y disfrutar de la belleza sin ponernos estupendos. Podemos escuchar más que hablar, mirar al tendido más que dejar que nos empachen la mirada con contenidos. Podemos hasta estar en silencio, esos silencios que no siempre tienen que ser cómplices de algún mal, ni estruendosos. Podemos asociarnos para plantar almendros en un futuro no muy lejano, optar por quedarnos en algún pedazo de tierra que nos dejen, aunque sea transplantándonos, aprender a medir las distancias con los demás, y a vencerlas a veces para volver a respetarlas. Y para todo ello, como a Fernando/Manolo Solo, menos mal que nos queda volver la atención a ese perfil tan familiar de esa cosa tan caspa que es “la piel de toro”. Después de la vergüenza de Eurovisión, y pese a los trágicos resultados de Chega, está sí es la Europa que profeso, a la que quiero mirar, la de las personas buenas. Menos mal que nos queda Una quinta en Portugal. Porque esta, y no otra, es la bella Europa que necesitamos.
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