Opinión
Manual del violador pillado

Por Oti Corona
Maestra y escritora
-Actualizado a
A usted, hombre eminente, reputado científico, político de masas, director taquillero, cantante de baladas, autor de grandes obras, goleador insigne, compositor ilustre, a usted, ni más ni menos, acaban de acusarle de agredir a becarias, a compañeras de partido, a actrices de reparto, a sus criadas, a las alumnas, a jóvenes colegas y a otras que pasaban por allí, las muy incautas. Tranquilo, no se azore, que tengo un manual para el buen violador que le salvará del desastre si lo sigue al pie de la letra.
Para empezar, que su entorno manifieste su excepcional currículum. Saquen a relucir las vidas que ha salvado, lo mucho que estudió, lo bien que habla, sus números uno, sus premios y trofeos. No servirá para que sus víctimas se echen atrás, pero sí para que la concurrencia se ponga de su parte, que es de lo que se trata. Usted es un gran tipo, eso que quede claro desde el minuto cero.
Reconozca, eso sí, que siempre fue un poco canallita. No se esfuerce en negar el baboseo y la soba que efectuó en vivo y coleando, y que perdura en la mente de algunas rencorosas y también en extensas, malditas videotecas. Excúsese en que eran otros tiempos, que antaño era normal arrear morreos a traición, tocar culos, amenazar con fulminar la carrera de las damas, que solo fue la broma de una época convulsa en la que había que ser señor y truhán y vivir era un lío.
Después, agarre el teléfono. Contacte con los suyos: compañeros de correrías, personajes públicos de ideología afín, compadres que necesitan promo para su nuevo libro, su madre si está viva, gente que le debe favores. Comente su problema con esas personas que no pueden fallarle y ordéneles que salgan a los medios y le defiendan como hombres. Que ocupen las pantallas del prime time, muy enojados por tanta mentira: a ellos nunca les violó ni le vieron violar a nadie. Que escupan su campechanía a los cuatro vientos y que hablen de ellas, de las denunciantes, como un aviso de la que les va a caer encima.
Si ha seguido hasta aquí los pasos del proceso, tendrá un campo de estiércol espléndido en el que plantar su primer comunicado. Muéstrese más indignado y dolido que sus propias víctimas. Y atención porque según el quién y el cómo, las suertes son distintas. Si sus acusadoras son pobres y vulnerables y no tienen muchas pruebas a las que agarrarse, niegue las acusaciones y jure que usted jamás, nunca, a ninguna. Revele sus nombres y sus domicilios y métales miedo con las acciones legales oportunas. En cambio, si existe la posibilidad de haber dejado huellas, mensajes en el móvil, heridas en el cuerpo, si la mujer tiene dinero, o si son muchas y se apoyan, ay, amigo, admita los hechos y pida perdón si alguna mujer se ha sentido molesta (el condicional es imprescindible). Suelte un rollo larguísimo en un texto infumable, use un léxico incomprensible y exponga absurdidades que aludan al personaje y la persona o a sus futuros esfuerzos por lograr espacios de trabajo seguros. Procure que no se le escape la risa.
Valore, según las reacciones, si le conviene seguir meneando el hormiguero o si vale más esconderse una temporadita. En cualquier caso, no les dé tregua. Consiga un abogado especializado en la defensa de sinvergüenzas como usted, uno de esos con una envidiable agenda de contactos que le ayuden a dar con el resquicio legal que le librará del banquillo.
Que no decaiga el asedio a las agredidas. Airee sus defectos; hurgue en su pasado y destaque si no andan regular de salud mental, si son madres ejemplares o si corretean por los platós concediendo entrevistas. Si pertenecen a este último grupo, ganará usted por goleada.
Sea como sea, lo más probable es que no llegue a juicio porque no hay pruebas, porque sucedió lejos en el espacio o el tiempo, o porque persisten modalidades de ser un cerdo que aún no son delito. Si está en esa situación, enhorabuena. Si le toca sentarse ante el juez, repita las fórmulas enrevesadas que emitió en su comunicado del estiércol y seguro que se va de rositas o con una multa que apenas notarán sus bolsillos.
A las pocas semanas, volverá a su despacho, a la sala de conciertos, al estadio de fútbol. Comprobará que su público le adora y que está predispuesto al olvido. Aproveche la ola y siga con su vida. Ah, y por sus víctimas, no se preocupe. Por ahí estarán, malviviendo porque de ellas sí se acordará todo el mundo.
O bueno, espere. Este había sido el final del cuento hasta la fecha. Dicen que el feminismo anda revuelto, que han cambiado las leyes y que las mujeres ya no se conforman. Mejor no viole más y empiece a pasar miedo. Por si acaso.

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