Opinión
El mismo mar de todos los veranos

Periodista
-Actualizado a
Tiene casi cien años y este es el primer verano en que no verá el mar. El verano pasado, como todos los veranos, sus hijas la llevaron a la playa. Ella se divirtió como una niña pero la cabeza empezó a jugarle malas pasadas. Se despertaba a deshora. Perdía la noción del espacio y del tiempo. Fijaba la vista en el infinito y recordaba sus días remotos en la escuela. Este verano descansa en la casa de su vida rodeada de las personas que la quieren. En la playa de todos los veranos aún preguntan por ella. La llaman “señora”. También “abuela”. ¿Cómo está la señora? ¿No ha venido la abuela? La playa sin ella es otra playa.
Este verano hay una niña nueva en la arena. Juraría que es su primer verano en el mar. Me dice la madre que su primera palabra fue “âb”. “Agua” en farsi. La aprendió de su abuela, una refugiada iraní que se resiste a dejar morir su lengua. La niña chapotea encajada en un flotador amarillo y las rociones saladas me traen un recuerdo infantil a los labios. Tengo cinco, seis, siete años. Me han puesto unos manguitos ortopédicos en la orilla de otro mar y otro verano. Mi abuela me llama desde las dunas. Yo distingo su voz entre el rumor de las olas, entre una muchedumbre de abuelas que llaman a sus nietos y que tal vez no volverán a ver el mar el próximo verano.
Los veranos, igual que las navidades, tienen sus propias melodías. En la casa de mis abuelos sonaba la vaquilla del Grand Prix o silbaban su canción los muchachos de Verano Azul. A veces las cadenas públicas regresaban a los tiempos del milagro turístico y José Luis López Vázquez salía en busca de solteras escandinavas por el paseo marítimo de Torremolinos. Durante mucho tiempo, el cine español de verano estuvo asociado al erotismo gañán y timorato de Pajares y Esteso, al veraneo de masas, al litoral como babel desarrollista y libertino. Al cabo de unos años llegó Barrio de Fernando León de Aranoa con el reverso triste de un verano sin playa.
Los chicos de Barrio eran carne de desencanto. Así, una moto de agua aparcada en una acera del extrarradio madrileño transmitía la ironía cruel de los sueños caros. Y es que un verano en la costa puede ser una utopía tan modesta como inalcanzable. Pero la película nos inocula sin querer un fugaz sentimiento de culpa. Quienes crecimos cerca del mar siempre vimos la playa como un lujo asequible y cotidiano. Bastaba tomar un tren o llenar el maletero del coche con neveras portátiles, viandas, sombrillas y tumbonas. Nos cubríamos de crema protectora. Nos vestíamos con chancletas y gorras de beisbolista y jugábamos a la pelota mientras nuestros padres leían revistas o resolvían crucigramas.
Supongo que hemos perdido la perspectiva, pero hubo un tiempo en que las vacaciones marinas fueron entendidas como una suerte de conquista proletaria. En el verano de 1936, la burguesía francesa se lamentaba de que sus playas más selectas estaban siendo invadidas por una turba de obreros ociosos y malencarados. Aquel mes de junio, espoleado por las demandas sindicales, el primer ministro Léon Blum promulgó una ley que concedía vacaciones pagadas a los trabajadores. La batalla popular por el derecho al descanso no solo apuntó a la recuperación del tiempo libre sino que también auspició toda una red estival de cámpings y centros de recreo.
Aquel primer verano de vacaciones pagadas, Pierre Jamet y Henri Cartier-Bresson fotografiaron la alegría de las familias modestas. Hay jóvenes que hacen autoestop, rudimentos de acampada y pícnics improvisados. Vemos bikinis y sonrisas incapaces aún de entender que el fascismo estaba a punto de arruinar los avances del Frente Popular. Pero las vacaciones pagadas habían trenzado ya sus lazos de camaradería. Cuenta David Broder en la revista Jacobin que los vínculos creados en los días de asueto se consolidaron durante la oposición al régimen de Vichy. No por casualidad, el Centro Laico de Albergues Juveniles fue un vértice de la resistencia armada.
¿Será que las vacaciones en el mar son una suerte de legado comunista, un derecho elemental universalizado gracias a las reivindicaciones laborales? En 1880, el periodista John Swinton viajó hasta Ramsgate con el propósito de entrevistar a Karl Marx para el diario The Sun. Marx se lo llevó a la playa para presentarle a sus hijas y sus nietos. “¿Cuál es la ley última del ser?”, preguntó Swinton bajo la luz del crepúsculo. Marx contempló el horizonte en silencio mientras las olas se despedazaban contra la arena. ¿Cuál es la ley última del ser? “La lucha”, respondió Marx. La lucha.
La señora, la abuela de casi un siglo no coincidió en el tiempo con Marx pero vivió los felices años veinte, la Gran Depresión, el ascenso de Hitler, la invasión de Polonia, el desembarco de Normandía y la liberación de Auschwitz. Camino por la playa y contemplo en silencio el mar, las aguas de una playa que ella tal vez no vuelva a ver nunca. En estas mismas aguas, los barcos de Octaviano derrotaron a la flota de Marco Antonio y Cleopatra. En el fondo hay restos de naufragios, tesoros y cuerpos sin nombre de migrantes extraviados. Hoy una niña mira la espuma de la pleamar por vez primera. Nosotros vamos y venimos, pero el mar sigue ahí, tenaz e inagotable, luchando sin cesar contra sí mismo.
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