Opinión
'Materialistas' no es una comedia romántica y ese es su gran problema

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
Esta reseña contiene spoilers.
Desde que vi el póster de la película supe que quería ir a verla. Es más, desde que miré el cartel por primera vez di rienda suelta a mis deseos. Lo tuve claro: Materialistas no solo me iba a gustar, además iba a ser una comedia romántica. Lo sé, leer que estaba escrita por Celine Song debería haberme hecho dudar de mis instintos. Me gustó su anterior película, Past Lives, pero no era ni de lejos una comedia. Sin embargo, no fui capaz de frenar mi imaginación. Ese póster, donde los tres protagonistas miran a cámara en mitad de una sala de bodas, se me presentaba como un presagio de mi mayor anhelo cinematográfico: que vuelva la buena romcom. Sí, total, estamos viviendo un boom inmobiliario y se lleva el tiro bajo de nuevo… volver a hacer romcoms magistrales es lo único que nos separa de los 90.
Llegó el gran día, fui a ver la película. Tardé quince minutos en darme cuenta de que Celine Song no recogería mis ilusiones. Eso no iba a ser una romcom: no tenía el ritmo, tampoco el tono. Tampoco pasaba la prueba del algodón de este género; no había ni un solo personaje secundario con carisma. Me llevó más de un cuarto de hora darme cuenta de que, en general, no había ni un solo personaje con carisma en toda la película.
El film nos sitúa en la vida de Lucy (Dakota Johnson), una mujer guapa, inteligente y exitosa, que tiene un trabajo divertidísimo como matchmaker: se encarga de organizar citas entre personas ricas de Nueva York que pueden permitirse este Tinder humano. Como no podía ser de otra forma, Lucy cumple con el estereotipo de una celestina de película estadounidense; ella no tiene una vida sentimental propia. Pero no porque sea patosa en sus propios amores o por falta de tiempo, como le sucedía a Jennifer Lopez en The Wedding Planner (2001), sino porque Lucy considera el matrimonio una transacción económica y quiere casarse con el negocio más rentable.
Es ahí donde entra en juego Harry (Pedro Pascal), un experto en finanzas rico y soltero que no se contenta con contratar los servicios de Lucy para encontrar pareja. Él quiere que sea ella su cita. La última pata del banco la hace John (Chris Evans), el exnovio de Lucy y actor fracasado. Es precisamente en una boda donde Lucy conoce a Harry y se reencuentra también con John, quien tarda un suspiro en dejar claro que, aunque su ruptura fue hace diez años, no ha podido superarla. Tampoco ha podido conseguir el nivel económico que Lucy querría.
El triángulo amoroso está servido. Harry es majo y John también. No hay antagonismos, ni tampoco el rico cae en ser mala persona y el pobre un excelente mártir. La cosa es que, precisamente, no se diferencian en apenas nada. Si no fuera porque Song impone que uno tenga la etiqueta de magnate y el otro de arruinado, no se distinguiría entre ambos personajes.
Hablan igual. No tienen un argot propio. De hecho, ambos, a pesar de venir de mundos tan diferentes, crean metáforas financieras para hablar de amor (por si aún no había quedado claro que ese era el tema de la película y hacía falta ser aún más explícitos). Harry le dice a Lucy que le interesa no por lo que ella tiene, sus bienes materiales, sino por lo que ella es, sus bienes intangibles. John, por su parte, le ofrece a Lucy estar con él porque hacerlo sería apostar por un valor seguro que se mantiene en el tiempo, es decir, porque él siempre la querrá. A lo largo del film, cada personaje tiene un momento de diálogo confesional y ahí, de nuevo, ambos personajes muestran tener la misma capacidad de análisis y sinceridad sobre sus emociones. Francamente, si tuviera delante un guion de la película con los nombres de los personajes tachados, no sabría reconocer de quién es cada línea.
Algo en lo que también se parecen es en la conexión que tienen con Lucy: para ambos es nula. Lucy, a la que no se la ve enamorada en ningún momento, da más bandazos que el ratón vacilón de la feria de Álora. Cuando tiene lo que lleva queriendo toda la película, un futuro marido con una situación financiera envidiable, decide dejarle porque, no sabemos a santo de qué, ahora le parece que el amor debe ser algo a tener en cuenta en el matrimonio. Y guiada por ese amor ciego, decide dejar de lado sus estándares y peleas del pasado para volver con su exnovio. Al que nos presentan como su amor verdadero e irremediable, pero con el que no vemos en pantalla ningún momento de complicidad ni química. Todo transcurre rápido y a volantazos; es imposible intuir por qué se dejan o por qué se escogen, más allá de porque lo dice el guion.
En cualquier caso, reconozco que podría haber pasado todo esto por alto si Materialistas se hubiera decantado por ser una comedia romántica sin muchas pretensiones. Sin embargo, lo que no puedo perdonarle a esta película es lo sumamente en serio que se toma a sí misma. Algo que, desde luego, no hace una buena romcom. Ahí, al menos, nos dejan revolotear durante una hora y media en mundos con outfits de escándalo, trabajos de pacotilla en los que ser periodista es escribir una columna de opinión al mes y finales felices con besos bajo la lluvia. Son lo suficientemente predecibles como para hacerte sentir cómoda, sin llegar a ser tan evidentes como para aburrirte. Lograr esto es todo un arte.
Hay ideas interesantes en el film, claro que sí. Me gusta cuando la película se pone ácida, como el momento en el que una clienta de Lucy reconoce que en realidad quiere casarse por darle envidia a su hermana. O cuando el personaje de Harry habla de su sometimiento a una operación estética como una inversión para lograr ser respetado. Podría haber ido por ahí. Manteniendo un tono y trama a la altura. Me hubiera quedado si la película hubiera indagado sobre las razones espinosas por las que permanecemos en relaciones o cambiamos nuestro cuerpo. Pero no, tuvimos que comernos un híbrido de película romántica con un intento de crítica social sobre la concepción del amor en el capitalismo. Me tuvieron que poner la cabeza como un bombo. Lo peor de la romcom sin lo mejor de la romcom.
El problema de haber ido por esos derroteros, además de que la película se hace pretenciosa, es que la moraleja de este videoensayo de Celine Song me parece igual o más rancia que la de Pretty Woman (1990). Song ha expresado en múltiples entrevistas lo que quería transmitir con la decisión final: Lucy escoge a John por encima de Harry, pese a las diferencias económicas, porque "el amor verdadero es un milagro" y "la conexión espiritual que la gente siente sigue siendo más real que cualquier cosa material". Esta idea del amor como algo mesiánico y como una fuerza que puede abstraerse del capitalismo (como si verdaderamente hubiera un afuera de este sistema) me parece, en pleno 2025, cualquier cosa menos una idea revolucionaria.
Por no hablar de que John, al que nos plantan como un "mal partido" y como la apuesta "irracional" de Lucy, solo ha cometido el pecado de compartir piso con más de 30 años. Es guapo hasta decir basta y, si no ha prosperado económicamente, ha sido por perseguir sus ideas bohemias. Siempre es más fácil decantarte por "un pobre" si está cachas, tiene la dentadura perfecta y votó a Bernie Sanders en las pasadas elecciones. Pobre, pero no mucho. Pobre, pero en ningún caso desagradable. Menos aún marginal.
Me parece conservador que, en primer lugar, la opción de que Lucy termine la película soltera ni aparezca en la ecuación. Me molesta, también, que se nos la presente como una mujer fría y calculadora si no se decanta por volver con John, un hombre que sigue en la misma situación vital que hace diez años y con el que no tiene un proyecto de vida en común. Un tío que, por cierto, tampoco la valora especialmente ni a ella ni a su trabajo. Como vemos cuando ella se queja de su situación como matchmaker, y él poco más y le dice que se relaje, que tampoco es que esté operando a corazón abierto.
Pero el colmo es que se nos haga escoger entre propaganda capitalista y propaganda romántica, como si la última fuera mejor o separable de la primera. En una escena, Harry le dice a Lucy que la ve valiosa y una buena inversión. En otra, John le dice que cuando la mira, lo que ve en ella son canas e hijos que tienen su mismo rostro. Vaya, que o te quedas con el colgado del dinero o con el que ve tu potencial en la maternidad. La última broma de mal gusto llega al final, cuando Lucy ya tiene su "amor verdadero" y decide dejar su trabajo. Pues vale.
La concepción del amor en Materialistas me disgusta políticamente. Pero, además, no me parece lúcida. Materialistas confunde que te amen con que te perdonen. Desde luego, el amor va de tolerar los defectos del otro; pero aún más de celebrar y saborear sus virtudes. No creo que Lucy escoja a John porque le ama, sino porque él parece pasar por alto todos sus fallos. De hecho, los pocos momentos de acercamiento que vemos entre ambos personajes se producen cuando ella está triste o desesperada y se apoya en él. Más por vergüenza a hacerlo en Harry y parecer fracasada a los ojos de su novio millonario, que por deseo de escuchar los consejos de John.
Todo me parece arcaico en esta película. Pero lo que más me enfada es que, en el fondo, va de una mujer que se odia a sí misma, que está convencida de que es mala persona, y que decide irse con el exnovio que la conoce con todos sus defectos y aun así "no puede evitar quererla". Para ver esto, me quedo con el diálogo final de Cuando Harry encontró a Sally (1989) en Nochevieja. Al menos esa película tiene escenas inolvidables, como cuando Sally finge un orgasmo en mitad de una cafetería. Solo hay un lugar en el que el amor todo lo puede, y es en el reino de las maravillosas románticas.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.