Opinión
El momento de los hijos e hijas de migrantes es ahora

Hace pocos días, Zohran Mamdani pronunciaba unas palabras que aún resuenan en muchos de nosotros:
“Quiero hablar en memoria de mi tía, que dejó de usar el metro después del 11-S porque no se sentía segura con su hiyab. Siempre recordaré el desprecio, cómo mi nombre podía convertirse inmediatamente en Mohamed, y cómo al regresar a mi ciudad me preguntaban en una habitación con espejo doble en el aeropuerto si tenía algún plan para atacarla. Nunca me han pintado la palabra terrorista en el garaje, como le pasó a uno de mis compañeros […]. Ser musulmán en Nueva York implica esperar la indignidad. Pero la indignidad no nos distingue. Muchos neoyorquinos la sufren. Es la tolerancia a esa indignidad lo que nos distingue”.
Sus palabras, y sobre todo su descripción de la islamofobia, interpelaron a miles de personas migrantes que somos hijas e hijos de migrantes árabes. Personas criadas con valores musulmanes, pero que hemos crecido lejos de nuestros países y comunidades, muchos incluso nacidos aquí, en esta tierra que a veces nos deja estar, pero no siempre nos deja ser.
Recuerdo perfectamente el 11 de septiembre. No porque entendiera lo que pasaba, sino porque en los campos de refugiados donde vivíamos aún teníamos una televisión en blanco y negro, y hacíamos lo imposible por orientar la parabólica después de cada tormenta de arena para captar los tres canales disponibles. Ese día, mi madre dijo una frase que nunca olvidaré:
“Menos mal, hijos, que no podéis ver el color de la sangre, ni el dolor tiene color.”
Se la veía profundamente afectada. Lo que entonces ni ella ni nosotros podíamos imaginar era que aquel día marcaría el inicio de una cruzada internacional contra millones de personas de origen árabe. No sabíamos que “terrorista” acabaría siendo casi un apellido. Que nuestros nombres serían objeto de burla. Que en cada capital europea tendríamos que pedir perdón por existir.
Por eso, cuando Mamdani nos dice que dejemos de pedir perdón por existir, le habla directamente a mi generación. Esa afirmación es una llave: la de la emancipación y el orgullo, sobre todo cuando estás lejos de casa. Pero Mamdani también nos recuerda algo esencial: afrontar el poder como mayoría social.
Y aquí me reconozco. Probablemente nunca haya sufrido tanto racismo como ahora, en la política institucional. Pero la diferencia está en cómo lo enfrento: con humor y con orgullo, igual que muchos migrantes lo hacemos en los espacios digitales.
Mamdani ha desmitificado prejuicios que llevamos décadas soportando: “todos los musulmanes maltratan a sus mujeres”, “persiguen al colectivo LGTBIQ+”, “no salen de fiesta”, “viven en guetos planeando el próximo 11-S”… Frente a eso, él ha hecho visible a todos los colectivos, reconociendo las dificultades comunes de la clase trabajadora, de quienes construyen cada día Nueva York frente a una élite que busca dividirnos. Mamdani no disputa el poder solo por su comunidad musulmana: lo hace desde el orgullo de su identidad, pero sabiendo que la indignidad que él sufre también la sufre el resto de neoyorquinos. Eso es ejercer el poder desde la mayoría sin renunciar a quién eres.
Y eso es precisamente lo que necesitamos cambiar en las izquierdas europeas: dejar de limitar las agendas de quienes representan colectivos concretos, como si hablar de migración fuera algo ajeno a la realidad social. Lo llamo “hablar solo de cosas de migrantes”, como si nuestras vidas no fueran parte del todo. Mamdani combina en su discurso la lucha por el pan con el orgullo de la identidad.
Está claro: es el momento de los liderazgos de los hijos e hijas de migrantes. De quienes quieren hacer justicia al esfuerzo de sus padres y también echar raíces en las ciudades que los vieron crecer. Es el momento de los “ni de aquí, ni de allá”.
Quizá el éxito de Mamdani reside en algo sencillo pero poderoso: tres propuestas sociales ambiciosas que mejoran la vida de todos. Propuestas que no son nuevas, pero que él sabe que puede cumplir en la alcaldía de Nueva York: limitar el precio del alquiler, supermercado público y garantizar un transporte público gratuito y de calidad. Medidas universales, intergeneracionales, que hablan a la mayoría social.
En lugares como Madrid, el reto está en superar las resistencias de los gobiernos regionales que bloquean lo justo. Pero como siempre decimos en Más Madrid, el secreto está en mirar más allá de la M-30, en poner el foco en cada municipio, en construir un Madrid para todos.
Y la última clave es la comunicación. No hablo de hiperliderazgos ni de ocupar todas las pantallas, sino de cercanía. Hay diputados, senadores y presidentes de comunidad que ni sus propios vecinos conocen. En España falta comunicación política real, auténtica. A muchos les da miedo mostrarse tal como son en redes. No sé si es por miedo, por falta de herramientas o por simple desinterés, pero esa desconexión no puede continuar.
La gente ya no tiene tiempo para ver el telediario ni asistir a asambleas. Nos toca a los políticos pensar cómo llegar a ellos, con empatía, con humor, con humanidad.
La victoria de Mamdani no debe copiarse, sino inspirarnos. Es una esperanza para la izquierda internacional y un orgullo para los hijos e hijas de migrantes.
Porque sí, nuestro momento es ahora.
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