Opinión
El momento Jabotinsky

Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
El padre intelectual de Likud, el gran partido de la derecha israelí al que pertenece Benjamín Netanyahu, se llamaba Ze’ev Jabotinsky, murió en 1940 —no vivió, pues, para ver el nacimiento del Estado de Israel—, había sido admirador de Benito Mussolini y tenía ideas sobre la relación entre los judíos y los árabes en Palestina que chocaban con las de la izquierda sionista. Esta predicaba la posibilidad de una convivencia interétnica armoniosa; de que los dos pueblos laborasen juntos por "hacer florecer el desierto" y en pos de un bienestar común bajo el liderazgo de los hebreos, más avanzados, más ambiciosos. Jabotinsky era crudo al respecto: eso no era posible. También era honesto: era lógico que los árabes se opusieran a la emigración de judíos a Tierra Santa y a la fundación de un Estado bajo el signo de la estrella de David, por más beneficios y progresos que se les quisiesen prometer. Tan lógico como que esos judíos los expulsasen y masacrasen. Era otro tiempo, aquel, y hay que ponerse en esos zapatos: una época darwinista en la que la vitola anhelada no era, como hoy, la condición de víctima, sino la de guerrero, civilizador, constructor de imperios. Theodor Herzl, el padre del sionismo, llegó a escribir a Cecil Rhodes en 1902 solicitándole apoyo para su causa, que describía como un proyecto colonial a fin de ganarse las simpatías del archimperialista de África del sur. Siglo y cuarto después, nosotros estamos demasiado acostumbrados a la desfachatez con que la hasbará, la propaganda israelí, llega a identificar —como Michael Oren, exembajador de Israel en Estados Unidos, en una entrevista de 2019— a los israelíes con los indios siux, maltratados indígenas de una tierra de la que se les expulsó y que bregan por recuperar. Y por eso nos choca leer la claridad con la que Jabotinsky identificaba, no a los judíos, sino a los palestinos con los siux, y consideraba natural su rebelión contra los sionistas, a los que tampoco tenía problema alguno en calificar de "colonos":
Las poblaciones autóctonas, civilizadas o incivilizadas, siempre se han opuesto obstinadamente a los inmigrantes, independientemente de que fueran civilizados o salvajes. […] Cada población autóctona, civilizada o no, mira a sus tierras como su hogar nacional, del cual es el único dueño, y desean conservar ese dominio para siempre; no solo rechazarán nuevos dueños, sino que tampoco admitirán a nuevos socios o colaboradores. [… A los árabes p]odemos decirles tanto como queramos acerca de nuestras buenas intenciones; pero ellos saben como nosotros lo que no es bueno para ellos. Sienten hacia Palestina el mismo amor instintivo y el fervor que un azteca sentía respecto de su México o un siux hacia su pradera.
Leído con ojos actuales y sin saber nada más, el pasaje parece antisionista, pero era todo lo contrario. Jabotinsky quería que los judíos fueran Hernán Cortés y los Padres Peregrinos. Y que les importara un rábano el bienestar de otros colectivos; que no mostraran preocupación por él ni tan siquiera como un acto de prudente hipocresía (que eso era muchas veces lo de los laboristas). Estar a lo suyo y a nada más que a lo suyo, a costa de lo que fuera, y no molestarse en disimularlo. «Mi relación emocional con los árabes es la misma que con los otros pueblos: una educada indiferencia», escribía. Si los palestinos aceptaban la construcción nacional sionista, convertirse en minoría en su propia tierra y dejarse acaudillar por otros, bien. Pero si no lo aceptaban —y algo le decía a Jabotinsky que no lo aceptarían— había que encogerse de hombros y hacérselo aceptar a tiros.
Las ideas de Jabotinsky fueron minoritarias, en un Israel en el que el laborismo detentó décadas de rocosa hegemonía, hasta que dejaron de serlo, porque así es la historia: un ir y venir de modas políticas, culturales, antropológicas, que se suceden y se derrotan alternativamente unas a otras. A veces cotiza al alza lo cooperativo, lo generoso, y hasta los nacionalismos —egoístas por definición— tienen que, al menos, simular que se preocupan por algo más que el clan; convencer al mundo de que no solo el clan, sino el mundo entero, gana algo con el despliegue de su causa. Pero otras veces se vuelve a hacer popular la desabrida sinceridad de la ley del más fuerte. Hoy, lo mayoritario en Israel, donde la izquierda prácticamente ha desaparecido, es el tribalismo de Jabotinsky. Y ello tiene que ver con claves internas del país, pero también con que el mundo entero se ha ido volviendo un poco jabotinskiano; con el regreso universal de la moda darwinista como un monzón que lo moja todo. Empapa incluso a la izquierda, en cada una de cuyas familias hemos ido viendo crecer como un tumor una versión egoísta, clánica, gremial de sí misma. Preocuparse solo de la clase trabajadora canónica, y eso es el obrerismo burdo de los enemigos de la "trampa de la diversidad"; preocuparse solo de las hembras biológicas, y eso es el feminismo TERF; preocuparse solo de "la naturaleza", y eso es el ecologismo colapsista, etcétera. Una epidemia de corazones endurecidos, un momento Jabotinsky global que las personas de bien tenemos el deber de combatir. En Israel y en nuestro interior.
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