Opinión
Necesitamos novelistas

Por Pablo Batalla
Periodista
Lo hemos dicho y escrito otras veces: la batalla cultural se libra por doquier, y eso incluye las papelerías de barrio y las secciones de libros de gasolineras, alcampos y carrefours. Y allá no se venden los ensayos —maravillosos, importantísimos— de Capitán Swing, Akal o Traficantes de Sueños. Pero sí docenas de novelas históricas sobre la Reconquista, la conquista de América, las guerras de Flandes y hasta la División Azul. El género vive un boom cuya detonación hace muy mayoritariamente el ruido de las derechas; una narrativa cipotuda y nacionalista cuyos autores, los Antonio García Henares o Isabel San Sebastián, organizan encuentros para inspirarse y coordinarse, conscientes de la potencia que lo que hacen tiene de cara a propagar la ideología de la que son militantes disciplinados. Hay otros frentes de guerra en los que la izquierda pelea con más brío, y hasta gana batallas, pero en este, perdemos por nuestra casi incomparecencia.
No hay nada en el género que impida su práctica desde la izquierda. Pueden escribirse novelas preñadas de valores progresistas sobre acontecimientos evidentes: la huelga de la Canadiense, los comuneros, la Nueve. Pero también pueden publicarse novelas favorables a causas justas ambientadas en las etapas históricas predilectas de nuestros alatristes de la pluma, que se las roben y las vuelvan contra ellos, como en esas artes marciales para tirillas habilidosos que, en lugar de pegar fuerte, canalizan la fuerza del rival contra él mismo. Eso es exactamente lo que hace Pilar Sánchez Vicente en su última novela: El cantar del norte.
La novela se ambienta en la Reconquista y su portada tiene una composición y un pantone similares a lo de los libros habituales: unos guerreros marchando enfervorizados a la batalla. La diferencia es que, entre ellos, quien descuella y blande gritando su espada no es el preceptivo Schwarzenegger matamoros, sino una mujer. La novela se subtitula La guerrera astur, ubica su acción en los albores del reino nacido en Covadonga y cuenta la proeza de unas mujeres ástures —Sancha, Emersinda y Aurelia— que combaten por sí mismas al enemigo y reconquistan Cangas. El marco histórico es el romance tradicional, hoy cuestionado por los historiadores serios: Pelayo es un espatario de Rodrigo que ha huido a Asturias, donde levanta a los ástures contra el poder musulmán, encarnado en Asturias por un Munuza residente en Gijón, se produce entonces la batalla de Covadonga, etcétera. Y la novela también se impregna del tono crepuscular caro a estos lectores: "Esta es la historia de un norte convulso, unas tierras en las que, entre el miedo y la hambruna, se alza de repente la sombra de Pelayo, marcado por la cruz en su destino de ser rey". José Javier Esparza no cambiaría una coma. Para entrar en la Ciudad Prohibida, hay que disfrazarse de chino. Pero lo que la autora despliega dentro de esa mantenida carcasa nacionalcatólica, los tripulantes de este caballo de Troya, no son los ideales de Henares o San Sebastián, sino anticlericalismo, diversidad sexual, odio a los ricos y explotadores, etcétera. Así me lo cuenta David Guardado, entusiasmado con el libro; yo aún no lo he leído, pero me fío de David y conozco a Pilar, la seriedad de su gracia (es una de las mujeres más divertidas que conozco), la pulcritud y profundidad de lo que parece hacer con ligereza. Y lo bien que escribe. Necesitamos más pilares, porque Pilar, por sí sola, no ganará esta guerra, y dejarla sola puede significar un paradójico beneficio para el enemigo: cuando algo es una excepción, lo que hace es confirmar la norma.
Los ensayos encastillan, fortifican, defienden: esa es su importancia, que no es pequeña. Convencernos y mantenernos en el convencimiento de que nuestra causa es justa, blindar nuestra moral de combate. Pero hay que combatir, y se combate con eso: novelas, películas, ficciones que despierten emociones, bajen guardias y abran el portón de la Troya facha.
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