Opinión
¿Tienen los niños derecho a la desconexión digital?

Por Vicente Bellver Capella
Catedrático de Filosofía del Derecho y Política. Universitat de Valéncia.
La Declaración Universal de Derechos Humanos afirma que la educación, en general, y la de los niños, en particular, tiene como fin primordial el pleno desarrollo de la persona. La Convención de Derechos del Niño, por su parte, exige que los niños crezcan en unas condiciones en las que puedan disfrutar de los derechos humanos. Hasta hace pocos años se ha dado por supuesto que el acceso de los niños al entorno digital, aunque entrañaba algunos riesgos que había que prevenir, contribuía de manera decisiva a su pleno desarrollo personal y al disfrute de los derechos. Desde hace ya tiempo disponemos de muchas señales que ponen en duda esta relación.
Los niños conviven en el universo digital con un sinfín de riesgos que atentan directamente contra sus derechos: ciberbullying, sexting, sharenting, grooming, happy slapping, etc. Y, aunque reconocemos la necesidad urgente de protegerles, las medidas adoptadas hasta el momento no están siendo nada efectivas.
Pero más allá de conductas delictivas o sumamente arriesgadas de las que pueden ser víctimas, los niños están permanentemente expuestos a contenidos contrarios a su desarrollo. No solo porque tienen al alcance de la mano todo tipo de juegos de azar, pornografía, fake news, modelos de belleza contrarios a su salud, discursos de odio, etc. que amenazan su salud mental de muy diversas maneras, sino porque ese acceso se les ofrece con una fuerza de atracción que resulta prácticamente irresistible. Y aquí, de nuevo, las medidas de protección están resultando infructuosas.
En el campo educativo, si bien los medios digitales pueden brindar a los niños oportunidades de aprendizaje, los resultados nos dicen que la incorporación masiva de las pantallas al aula ha tenido unos efectos devastadores en términos generales. Por eso, un buen número de países las están retirando o, al menos, recurriendo a ellas de forma controlada y solo en aquellos casos en los que su eficacia para el aprendizaje ha sido previamente contrastada. Las evidencias de que capacidades de atención, asombro, concentración, abstracción, memoria (que tan imprescindibles son para el desarrollo cognitivo del niño) no llegan a germinar desde el momento en que el niño se sumerge en el entorno digital son abrumadoras. Por lo demás, no podemos desconocer que los padres y profesores, que desempeñan un papel fundamental en la educación del niño, no suelen ser buenos guías en el proceloso océano de lo digital porque, salvo excepciones, los niños se manejan con mucha más soltura en ese entorno. No es que tengan un nivel superior de alfabetización digital: es sencillamente que saben sortear con facilidad los obstáculos que les ponemos y las orientaciones que les damos para que eviten un uso perjudicial de las pantallas. Los esfuerzos públicos por formar a padres y profesores en esa labor directiva apenas han tenido resultados.
Las pantallas están alterando poderosamente las relaciones familiares. Salvo excepciones, los padres desconocen las actividades que hacen los niños en el mundo digital, que es donde pasan buena parte de su tiempo y donde viven las situaciones de mayor riesgo. Y no solo eso: las pantallas son frecuentemente una barrera que dificulta las relaciones paterno-filiales o incluso un elemento de conflicto entre padres e hijos.
Por último, aunque en esto existe menor acuerdo que en los anteriores puntos, resulta difícil negar que para los niños de hoy en día, el mundo que de verdad les importa es el digital, pues es en el que llevan a cabo las actividades que más les interesan: el ocio y las relaciones personales. A pesar de ello, la mayoría reconoce que no se sienten mejor, sino al contrario, después de pasar un rato online. Viven desconectados de la realidad material: de las personas de carne y hueso, y de la naturaleza. Solo reparan en el mundo físico y sus atractivos cuando, como nos sucedió hace pocas semanas en España, se produce un apagón que les impide seguir conectados. Esta migración inconsciente del mundo real al virtual que vive la infancia se está demostrando un obstáculo grave para la toma de conciencia de sí misma, de sus relaciones constitutivas y de la sociedad en la que vive.
A la vista de todo lo anterior, lo lógico habría sido encender todas las alarmas y actuar con máxima diligencia para evitar que haya más generaciones de niños expuestos a tan enormes riesgos para su pleno desarrollo. Pero lo que se ha venido haciendo hasta ahora ha sido insuficiente, porque se ha actuado como si la constatación de los males que sufren los niños al acceder al mundo digital fuera ya suficiente para conjurarlos. Hablamos de ellos, decimos que debemos hacer algo y nos quedamos tan tranquilos cuando vemos que la situación sigue empeorando. En mi opinión, lo que se ha hecho hasta ahora no ha funcionado, no tanto porque haya sido insuficiente, sino porque está mal enfocado. Se ha venido insistiendo machaconamente en el derecho del niño al entorno digital sin considerar siquiera la posibilidad de que sea precisamente ese acceso el que esté dificultando su desarrollo. Llama la atención que, a pesar de las evidencias que se vienen publicando acerca de los efectos perjudiciales para la salud, educación y socialización de los niños tiene su acceso al entorno digital, tanto los Estados como los organismos internacionales hayan mantenido inalterable su convicción de que ese acceso es una condición para su desarrollo, y que los peligros a los que se exponen pueden ser fácilmente combatidos.
¿Y si resulta que la mejor garantía del desarrollo de los niños es preservarles del acceso precoz al entorno digital? ¿Y si contemplamos la posibilidad de que los riesgos que corren los derechos de los niños en el entorno digital sean superiores a los beneficios que les procura? ¿Y si consideramos que la mejor educación que podemos ofrecer a los niños es la que se lleva a cabo al margen de las pantallas? ¿Y si nos atrevemos a pensar que quizá la mejor educación de los niños para afrontar en las mejores condiciones el mundo digital en el que vivirán el resto de sus vidas pasa por demorar el acceso a las pantallas? Cuando no solo las evidencias científicas, sino los propios niños manifiestan signos de saturación digital y deseos de que se les limite el acceso a lo digital, ¿tiene sentido mantener inalterado un relato sobre los derechos del niño en el entorno digital que se ha demostrado disfuncional?
Es el momento de abrir el debate sobre los derechos del niño en el entorno digital y no de limitarse a dar por bueno lo que hemos sancionado hasta ahora. El punto de partida es una sociedad dividida entre quienes están satisfechos con lo que se viene haciendo y quienes creemos que vamos muy perdidos. Es el momento de la deliberación franca, de evaluar de forma imparcial lo sucedido hasta ahora, y de ponderar todas las políticas que puedan contribuir a que la nueva generación de niños no se vea perjudicada por el entorno digital.
Si queremos mejorar, debemos perder el miedo a la posibilidad de reconocer que nos hayamos equivocado, que el experimento social que hemos hecho con la generación Z no haya salido bien, y que probablemente no debemos seguir exponiendo a nuevas generaciones de niños a un entorno digital como el actual y en las mismas condiciones que hasta ahora. No se debe descartar, en definitiva, que la solución pase por consagrar un derecho del niño a la desconexión digital.

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