Opinión
Un poeta grande, un hombre bueno
Por David Torres
Escritor
Este mes de enero se ha llevado por delante a tres grandes de la poesía en castellano: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Félix Grande. El último es quien me tocaba más de cerca, aunque sólo fuese por las estrofas de un poema que leí en la adolescencia y que de inmediato, con ese fogonazo de las grandes revelaciones, supe que sería uno de los emblemas de mi vida:
Has sido aquí infeliz y alguna vez dichoso.
Muchos años son ya recorriendo estas calles.
Como un verdín, tu historia se sumerge en los muros:
junto a ellos has amado y vomitado y muerto.
De inmediato percibí en aquellos versos, aparte de una cadencia inolvidable (por algo el libro se llama Música amenazada), la oscuridad aciaga del primer beso, los paseos arriba y abajo por el barrio de Simancas, el sabor agrio del alcohol en los bares a punto de cerrar, las amistades que se irían resquebrajando poco a poco, la luz de la última farola en aquellas madrugadas ardientes donde intentábamos arreglar el mundo.
Algunos poetas cometen la audacia de contenerse enteros en unos cuantos versos, a veces en uno solo o en un par de ellos que son como una antología quintaesenciada de sí mismos. Los lees por primera vez y accedes de golpe a toda su literatura, sabes de inmediato que, después, todo lo que leas de ellos serán variaciones o extensiones o recapitulaciones, chispas y fuegos de esa gran iluminación primigenia. Me ocurrió con el destello cegador de Claudio Rodríguez:
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
Me ocurrió también con la alegría instantánea de descubrir a Dylan Thomas, esa sensación de entrar a un bosque y pasar de la luz a la savia, del verdor a la sangre:
La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor
impulsa mis verdes años; la que agosta la raíz del árbol
es la que me destruye.
Los grandes poetas tienen ese poder, el de conectar a través de una rítmica con los hilos secretos del mundo. Y, al mismo tiempo, el prodigio de hablarte directamente al oído, como si esas palabras te estuvieran esperando precisamente a ti desde mucho antes de que nacieras. Has sido aquí infeliz y alguna vez dichoso. Ahí estaban, cifrados en un alejandrino perfecto, la bandera roja de mi juventud, las tinieblas del amor, los años de universidad, las interminables tertulias, los amigos perdidos, los primeros escarceos con la novela, los borradores quemados.
Lo leí de arriba abajo, en un libro que reunía sus poesías completas hasta la fecha y que le presté a un amigo que se iba muy lejos y del que ya nunca más supe. Volví a leerlo poco tiempo después, en otros libros y en las carátulas de algunos discos de Paco de Lucía, donde realizaba el milagro de traducir a palabras las escalas y relámpagos de la guitarra, y supe que también era un experto en flamenco, esa otra música honda y sombría que amaba sobre todas las músicas.
Tuve la dicha de conocerlo muchos años después, en persona, en la Semana Negra de Gijón, y luego en un jurado literario en Tomelloso, y apenas pude decirle poco más que una palabra: gracias. No me sorprendió encontrarme con lo que yo sabía que iba a encontrar detrás de la poesía: un poeta que hacía honor a su apellido, grande; un hombre, como decía Machado, en el buen sentido de la palabra, bueno.
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