Opinión
La relatividad según Epstein

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Al poco de hacerse público, en diciembre pasado, un pequeño fragmento de los archivos de Jeffrey Epstein, Donald Trump decidió vestirse de comandante en jefe, secuestrar a Nicolás Maduro y dar un golpe de Estado por control remoto para apropiarse del petróleo venezolano. Corrió el rumor de que ese súbito cambio de vestuario venía provocado por la desclasificación de unos doce mil documentos donde aparecía su nombre en calidad de pasajero rumbo a una isla privada donde se perpetraban toda clase de violaciones y abusos a menores. Pese a las tachaduras y borrones con que estaba editado el material, no era difícil imaginarse a Trump metido a pederasta, una nueva modalidad en el abultado currículum de denuncias y delitos sexuales que acompaña al presidente universal.
Ahora, con la publicación de una nueva remesa de informes criminales, es posible que el portaaviones nuclear y la flota de destructores que cruzan las aguas de Oriente Medio vuelvan a cumplir la ley de la relatividad de Jeffrey Epstein. Si por apenas 125.000 páginas, Trump se atrevió a confiscar Venezuela, por tres millones y pico, dos mil vídeos y casi doscientas mil fotos lo mismo bombardea Irán y declara la Tercera Guerra Mundial. Con el tío Donald cualquier cosa es posible, más aún desde que supimos que envidia a Kim Jong-un porque el líder norcoreano alza una ceja y su gente se pone firmes al unísono. Lo que quiere Trump, por lo visto, es que el planeta entero contenga la respiración según se tira un pedo por la mañana y que todo el mundo lo trate con la sumisión rastrera con que Mark Rutte, secretario general de la OTAN, le hace la pelota sin parar.
A Trump no acabamos de tomarlo en serio por ridículo, por grotesco, por hablar como un globo pinchado, olvidando que los grandes dictadores de un siglo atrás (Hitler, Mussolini, Franco) también parecían cómicos de cine mudo antes de dedicarse al genocidio. Sin embargo, cuesta creer que un tipo que presume de agarrar a las mujeres del coño y de poder liarse a tiros en la Quinta Avenida sin perder un voto vaya a asustarse ahora porque se publiquen testimonios de unas fiestas en su residencia de Mar-a-Lago donde se subastaban niñas al peso. La verdad, conociendo a su electorado, no me extrañaría nada que sus admiradores le hicieran un monumento y lo colocaran al lado de la Estatua de la Libertad.
Aparte de Trump, que sale siempre en cinemascope, en los papeles de Epstein también aparecen esta vez José María Aznar y familia, una sorpresa que ha pillado desprevenida al PP, a la oposición en bloque, a la prensa patriótica y al propio Aznar. Desde que se dejó el bigote cuántico -que existe y no existe a la vez-, Aznar está en ciertos sitios y al mismo tiempo no está. A lo mejor lo que le enviaba Epstein eran los planos con la ubicación exacta de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, pero no parece. Cuando tantos esperaban que brotaran los nombres de Ábalos y Koldo entre la avalancha de mierda del mayor escándalo sexual de la época, va y brota el bigote de Aznar. Qué cosas pasan.
Por lo que se ve, los archivos de Epstein son el Who’s Who de la depravación, un Alelph de Borges en el que caben todos los pervertidos de postín imaginables. Si no te han invitado alguna vez a la isla de los estupros es que no eras nadie. En las doscientas mil fotos y los tres millones de páginas vuelve a surgir bien arriba la jeta del príncipe Andrés de Inglaterra: en una de las fotos, a cuatro patas, por facilitar la adjetivación. Para que la realeza británica no sea la única excepción a la regla, la princesa Mette-Marit de Noruega intercambió cientos de mensajes con el pederasta, lo que demuestra lo buenos amigos que eran. También están en los papeles Elon Musk -ansioso por participar en una fiesta salvaje-, el millonario Richard Branson, Bill Gates, Mick Jagger, Michael Jackson, Bill Clinton y el pobre Stephen Hawking, que no se sabe muy bien qué pintaría allí en silla de ruedas, quizá explicarle a Epstein la ley de la relatividad. Donald Trump va a dar una conferencia sobre el tema cualquier día de estos.
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