Opinión
Requiem por Banks
Por David Torres
Escritor
Cuando se enteró, hace sólo unos meses, de que padecía un cáncer terminal y que le quedaba muy poco tiempo de vida, Iain Banks le pidió a su novia Adele si quería hacerle el honor de convertirse en su viuda. “En estos momentos el humor macabro ayuda” escribió en la carta abierta donde daba a conocer la pésima noticia a sus muchos lectores. Era un gesto hermoso que dice mucho sobre el carácter y la literatura de Banks. Al final apenas ha tenido tiempo de disfrutar de una breve luna de miel, de despedirse de sus familiares y amigos y no sé si de, como decía en su carta, visitar los lugares donde fueron felices juntos. Murió la semana pasada, a los 59 años.
Ni siquiera seis décadas sobre esta tierra, demasiado pronto para cualquiera. La noticia me ha llenado de tristeza, como siempre que muere alguien querido, alguien cercano, alguien a quien no conocí personalmente pero que me ha deparado largas horas de intenso placer, de sabiduría y de riesgo calculado. Descubrí a Banks a comienzos de los noventa, cuando se publicó en España su primera novela, La fábrica de avispas, un debut impresionante, formidable, aunque más valdría advertir que cualquier adjetivo se le queda corto. Allí ya estaba perfectamente dispuesta y armada su panoplia literaria: un lenguaje poderoso, una visión atroz, una audacia deslumbrante, una imaginación malsana. Un padre y un hijo viven en un páramo desolado dedicados a extrañas ceremonias: medir al milímetro todos los muebles de su cochambrosa cabaña y cazar avispas entre otros delirantes juegos y castigos.
Posteriormente Banks se hizo famoso como autor de ciencia-ficción en una larga y compleja serie de “óperas espaciales” denominada La Cultura, una saga poblada de personajes y civilizaciones bizarras, de reflexiones y formas de vida sorprendentes. También escribió un libro de viajes delicioso, Raw Spirit, subtitulado “en busca del trago perfecto”, donde narra un peregrinaje por diversas destilerías de whisky escocés y que creo que todavía está esperando traducción al español. Pero, sin duda alguna, la obra suya que más me ha impresionado hasta la fecha es Cómplice, un asfixiante thriller donde un despiadado asesino en serie empieza a dar caza a una serie de personajes todopoderosos y repugnantes: un político nefasto, un juez corrupto, un industrial sin escrúpulos. Todas las pistas apuntan a un inocente, que es el narrador y principal sospechoso, pero el título y también la construcción gramatical de la novela sugieren la complicidad moral del lector con el vengador justiciero. Cómplice va, entre otras muchas cosas, de la distancia entre el pensamiento y la acción, entre lo que se desea y lo que se teme. Y si en la época de su publicación, en la Inglaterra cínica e infame de la era post-Thatcher, Cómplice era una lectura ciertamente perturbadora, ahora, en plena liquidación del estado del bienestar, es casi un deber. La literatura, como la economía, no es una ciencia exacta, pero algunos visionarios lo vieron venir con guillotina y todo.
Buen viaje, Iain. Ojalá haya whisky allá donde vas. Te vamos a echar de menos.
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