Opinión
Cuando las rosas florecen en el pantano más gris

Por Toni Mejías
Periodista
Nos hemos acostumbrado a las distopías. Las hemos normalizado hasta el punto de esperar que el futuro nos traiga nuevas catástrofes y situaciones hasta hace poco inimaginables. Desde la irrupción de la serie Black Mirror hasta las más recientes El Eternauta o The Last of Us, han sido numerosas las ficciones que nos han dibujado un porvenir poco esperanzador donde lo imprevisible se mezcla con la miseria humana y la desesperación. Aunque ya nos lo advirtió Saramago en Ensayo sobre la ceguera, han sido las más recientes superproducciones las que nos han mostrado nuestra más despreciable cara ante la incertidumbre. La solidaridad y la empatía parecen ser pequeños rayos de luz (y giros de guion) entre tanta oscuridad e inmundicia.
Además de en la ficción, hemos tenido nuestras dosis reales de distopía. Empezando por una pandemia de la que íbamos a salir mejores, pero donde se vio pronto que no. Más tarde hubo un volcán y una DANA que arrasó puntos localizados del Estado y que volvió a dejar imágenes para la memoria de situaciones que parecían propias de cuentos o de lugares lejanos. Y, por último, un apagón generalizado que también nos transportó a narraciones recientes ficticias y que cuestionó cosas que dábamos por hechas como tener luz fácilmente. De estar interconectados y sobreinformados, a no saber absolutamente nada durante horas si no disponíamos de aparatos analógicos. Y ahora nos preguntamos qué será lo próximo. ¿Una invasión extraterrestre? ¿O una guerra como algunos parecen incluso desear? Tal vez la nada más irrelevante y apetecible, aunque quienes no sufren las consecuencias más directas, parecen estar ávidos de imprevistos para animar sus vidas.
Otra de las cosas a las que nos hemos tenido que acostumbrar ha sido a las nuevas normalidades. Fue algo que escuchamos por primera vez en la pandemia, cuando comenzaron las distintas fases de la desescalada, pero que ha empezado a utilizarse también en catástrofes más recientes como con la barrancada ocurrida en la provincia de València. Nuevas normalidades hasta llegar a una normalidad total como sucedió con la COVID. Aunque habría que valorar qué es normal cuando por el camino se pierden vidas, algunos cruzan al lado de la conspiración sin visos de retorno y la posverdad alcanza cotas inimaginables. Pero la pandemia quedó atrás y las mascarillas y la distancia de seguridad parecen olvidadas por una mayoría que prefiere no pensar en las consecuencias. Lo mismo ocurre en València, donde se habla de normalidad, pero donde se avanza a distintas velocidades y todavía queda muchísimo por hacer. Aunque el presidente a la fuga parezca dar prácticamente por superada la crisis, debe ser que no puede (ni quiere) pasarse por los pueblos afectados, donde todavía son más que visibles en viviendas, garajes y bajos comerciales las consecuencias de la fatídica DANA.
Pero hoy quiero destacar que, en medio de estas pseudonormalidades, en esta época de llenar carros de la compra de papel higiénico y carne ante cualquier suceso extraño; en momentos donde la mentira se expande más rápido que un virus y donde la peor calaña intenta sacar provecho de las situaciones más dramáticas; en un momento donde la ficción nos ha acostumbrado al “sálvese quien pueda” y el individualismo más atroz, también hay solidaridad y buenas acciones que hace que la vida en los pueblos afectados recobre los espacios que hacen comunidad y tribu frente al egoísmo más extremo. En la desescalada valenciana lo primero que abrieron fueron los Mercadona, enseguida los bares nos demostraron, al igual que en pandemia, que para algunos son servicios de primera necesidad, pero hoy reabre Somnis de Paper, la librería de Benetússer (València), que fue arrasada por la DANA y que, además de vender sus productos, ha contribuido a dinamizar y potenciar la cultura en el pueblo. Es una buena noticia porque todo hacía creer que se quedarían por el camino.
Somnis reabre por la solidaridad de quienes estuvieron limpiando desde el día uno. Por quienes hicieron pedidos en su web para ayudar del modo que podían. Quienes dieron dinero sin más porque entendían de la importancia que tiene un espacio así para un municipio. También han recibido dinero público y de otras iniciativas privadas, obvio, pero sin el empujón inicial del ciudadano de a pie y el ánimo del pueblo para que vuelvan, nada hubiera sido posible. Lo mismo ha sucedido con muchos hogares y otro tipo de negocios. En las distopías (reales y ficticias) tendemos a mirar lo negativo, a ser polis de balcón, a difundir odio y lo más histriónico y llamativo en las redes, pero negamos que muchas veces hay luz entre la niebla, que hay flores que salen del cemento. Rebecca Solnit, escritora estadounidense conocida por su libro Los hombres me explican cosas, publicó también con la editorial Capitán Swing el libro Un paraíso en el infierno, donde nos cuenta historias extraordinarias de solidaridad y comunidad que surgieron de distintas catástrofes. Donde las personas, no solo estuvieron a la altura de las circunstancias, sino que supieron hacerlo con alegría.
Por ello, en un mundo donde parece que todo está avocado al catastrofismo, al "no podemos hacer nada" y a que cada cual salve su culo, es necesario resaltar que, ante las más terribles distopías, siempre existen ejemplos de solidaridad. Hoy nos juntaremos en Somnis no solo para celebrar que reabre la librería del pueblo, sino para celebrar que la generosidad aparece incluso en los peores momentos. Que como dijo Pepe Mujica: "Triunfar en la vida no es ganar, es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae".
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