Opinión
Sarkozy y 'El robobo de la jojoya'

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
No es ningún secreto que, como buenos vecinos, españoles y franceses nos odiamos cordialmente, un odio teñido de desprecio y envidia malsana que ha sido el caldo de cultivo de unos cuantos malentendidos históricos y unas cuantas guerras. Lo cierto es que, gracias al mal gusto que nos caracteriza, a menudo copiamos descaradamente a los franceses un modelo de alta costura y luego se nos olvida arreglarlo en el sastre, del mismo modo que si nos bajáramos un sistema operativo sin el antivirus, con lo cual el ordenador no tarda mucho en quedarse obsoleto. Por ejemplo, importamos de Francia la dinastía borbónica, sin garantía ni nada, y unos siglos después no nos dio la gana de adquirir la guillotina, que venía recomendada por el fabricante para cortar de raíz ciertos problemas de funcionamiento.
La guillotina no era más que el corrector de pruebas de la Ilustración, una gripe histórica que España evitó durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. Para mí que todavía no la hemos pasado y que, a estas alturas, entre la Iglesia, el fútbol y los toros, ya tenemos la inmunidad de grupo. A los ilustrados españoles de la época -gente sospechosa que leía libros y hasta consultaba enciclopedias-, se les tachó de traidores por su apego bonapartista, sus ganas de república y su afán de modernizar el país. Los llamaban "afrancesados", que era casi lo mismo que llamarlos lo que ustedes están pensando: una alergia nacional al progreso y a la cultura cuya última manifestación podría ser el discurso de Juan del Val durante la recepción del Planeta, cuando dijo que "se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual". Antonio Machado aseguraba que "en España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa". Una proporción que quizá sería correcta en su tiempo pero que hoy se queda muy corta.
El caso es que el ex presidente Nicolas Sarkozy acaba de entrar al trullo a cumplir cinco años de prisión y muchos españoles nos debatimos entre la alegría porque se joda el vecino y la envidia por no poder hacer lo mismo con unos cuantos ejemplares autóctonos. No estoy muy al tanto de la investigación ni del proceso que ha llevado a Sarkozy a la cárcel, pero me asombra la eficacia de la justicia francesa al seguir aplicando la guillotina a rajatabla, aunque sea en modo metafórico: lo mismo decapitan a un rey que le cortan el pelo a un presidente de la República. Por lo visto, las sospechas caían por su peso, pero lo que me intriga es el modo en que la policía francesa habrá podido demostrar que Sarkozy recibió fondos de Gadafi. ¿Cómo pudieron hacerlo, si aquí todavía no sabemos quién diablos será "M. Rajoy" o qué misterioso supervillano se ocultará detrás de "Mr. X"? Se conoce que, entre las cosas que les copiamos a los franchutes y que nos salieron rana, están las pesquisas de Jacques Clouseau, el inspector de la Sûreté en busca de la Pantera Rosa.
Para los españoles aquejados de francofobia, otro motivo de alegría internacional es el asalto al Museo del Louvre, cuyas medidas de seguridad parecían diseñadas por el inspector Clouseau y que ya habíamos prefigurado en uno de los mayores éxitos de taquilla de nuestra historia: El robobo de la jojoya. Esta vez se han cambiado las tornas y son los franceses quienes nos han copiado de la ficción a la realidad, aunque todavía les falta mucho para igualar la película de Juan Carlos I exiliado en Abu Dabi. Sin ánimo de insistir en las sutiles diferencias entre una república y una monarquía bananera, Sarkozy dijo hace muchos años que un presidente es como un ciudadano cualquiera, aunque las diferencias no parecen tantas cuando uno cae en la cuenta de que, antes de entrar en prisión, a Sarkozy le cantó una canción de despedida Carla Bruni y lo recibió Macron en el Elíseo para desearle suerte. A fin de cuentas, Carla Bruni es su mujer y Macron un colega del curro. Llega a ser español -algo casi inconcebible en términos carcelarios- y lo mismo le dan el Premio Planeta.
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