Opinión
Señores, tengan un poco de vergüenza

Periodista
-Actualizado a
Estoy convencida de que los hombres, en general, como categoría social, política y sexual, carecen de vergüenza. Las mujeres, en cambio, tenemos muchísima y eso es lo que los salva a ellos de caer en el pozo de la ignominia en el que algunos se manejan como expertos nadadores. Qué decir del que hasta hace tres días era presidente de la Diputación Provincial de Lugo por el PSOE, el señor José Tomé Roca, alcalde también de Monforte, acusado por varias mujeres de su propio partido de pasarse años baboseándolas dentro de las instituciones públicas mientras con otra mano agitaba emblemas feministas en actos conmemorativos del 25N. Qué decir de un señor que al día siguiente de ser expulsado de su partido se aferra a su acta de diputado y se digna a presidir una junta de gobierno de esa institución que él ha degollado y que representa a todos los ciudadanos y ciudadanas de la provincia. Qué decir de un tipo casado y con dos hijos que aprovecha su situación de poder para acosar a mujeres y que cuando es delatado las tilda de mentirosas mientras reconoce que "puedo mandar una broma, un mensaje, pero de eso a acosar…", mostrando un total desconocimiento de la legislación que su propio partido impulsó, a pesar de llevar más de 20 años ocupando cargos públicos y sueldazos bajo esas siglas.
Tan poca vergüenza tienen los hombres, así en general, que se atreven a dar lecciones de feminismo en público como si no supiésemos todas que llevan décadas callando y protegiéndose unos a otros en privado. Ahí está Besteiro, el secretario general del PSdeG hablando desde el dolor y el desconcierto como si Tomé fuese un recién llegado o un completo desconocido y no un tipo con el que compartió militancia y cargos políticos en Lugo desde sus inicios. Ahí está Feijóo dando lecciones de igualdad y moralidad mientras lidera un partido que mantuvo en el cargo durante meses a un conselleiro investigado por agresión sexual. Ahí están unos y otros, con la poca vergüenza que les caracteriza, repitiendo como loros que las denuncias por acoso sexual son un problema que daña muchísimo la imagen de los partidos y de las instituciones, como si lo que estuviese en juego no fuese la vida y la dignidad de la mitad de la población. Como mujer feminista os pido dos cosas: que dejéis de sostener nuestras banderas y que os limitéis a observar la bragueta del compañero de al lado, porque solo el día que un hombre con un cargo público denuncie a otro hombre por acoso sexual empezaré a creerme que les importan algo las mujeres.
Y mientras no lo hagan ellos, lo seguiremos haciendo nosotras, porque hace tiempo que ha llegado la hora de equilibrar esa balanza del pudor que siempre se ha inclinado hacia nuestro lado. Mientras a ellos los han educado para actuar con impunidad y descaro, a nosotras nos han instruido en la discreción y la respetabilidad que tan bien los protege. Pero cuanto más educadas y discretas somos nosotras, más vuela la desfachatez machista que aniquila nuestras carreras y nuestra autoestima. Si la vergüenza ha sido siempre un arma para doblegarnos, por fin empieza a ser una herramienta para castigarlos.
Sabemos que muchos hombres carecen de vergüenza porque se sienten protegidos y amparados en sus entornos laborales, de amistad y también en sus familias, pero en todas partes penden hilos sueltos que dejan en evidencia hasta el más intocable. Romper la ley del silencio y perder el miedo es imprescindible. Si algo ha demostrado el movimiento feminista es que el poder es muy relativo, y es evidente que cada vez más mujeres tenemos la posibilidad de reventar la honradez, la respetabilidad, la reputación y el prestigio de cualquier indecente con muy poca vergüenza
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