Opinión
¿Cuál será el papel para los europeos en Ucrania?

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
Es necesario insistir una vez más en la relevancia del escenario ucraniano para comprender y analizar algunos de los movimientos que se observan a velocidad de crucero. Porque lo que está ocurriendo en Ucrania sigue siendo el principal laboratorio donde se define el futuro de la seguridad europea. Y lo hace en un momento particularmente delicado, marcado por la creciente incertidumbre sobre el compromiso estadounidense con Europa, por la resistencia de Rusia a cualquier fórmula de negociación que implique a la Unión Europea y por la necesidad de que los europeos asuman responsabilidades estratégicas que durante décadas delegaron en Washington.
Los acontecimientos de las últimas semanas ilustran perfectamente esta nueva fase de la guerra. Por un lado, Volodímir Zelenski ha intentado recuperar la iniciativa diplomática mediante una carta dirigida a Vladímir Putin en la que le proponía un alto el fuego y un encuentro directo entre ambos mandatarios para explorar posibles vías de negociación. La iniciativa tiene un valor político evidente. No porque existan grandes expectativas de éxito inmediato, sino porque permite a Ucrania proyectar hacia sus socios internacionales la imagen de un actor dispuesto a explorar soluciones diplomáticas sin renunciar a la defensa de su soberanía.
La respuesta rusa fue previsible. Putin volvió a descartar cualquier encuentro en las actuales circunstancias y reiteró que Rusia mantendrá sus objetivos militares. Durante el Foro Económico Internacional de San Petersburgo insistió además en rechazar cualquier papel mediador para los europeos. Según el presidente ruso, ni la Unión Europea ni los Estados miembros pueden actuar como intermediarios porque se han convertido en participantes directos del conflicto al suministrar apoyo militar y financiero a Ucrania.
Pero mientras el Kremlin cerraba la puerta a la iniciativa diplomática ucraniana, Kiev enviaba otro mensaje desde el campo de batalla. Durante los últimos días hemos asistido a intensos bombardeos rusos contra ciudades e infraestructuras ucranianas, mientras que las fuerzas ucranianas decidieron lanzar una operación de enorme carga simbólica y política. Drones de largo alcance alcanzaron instalaciones de almacenamiento de petróleo y otros objetivos estratégicos en las inmediaciones de San Petersburgo apenas unas horas antes de la inauguración del Foro Económico Internacional de San Petersburgo, el principal escaparate económico y político de Rusia ante inversores, empresarios y socios internacionales.
Más allá de los daños materiales, el significado de la operación resulta evidente. Golpear en el contexto de uno de los eventos más importantes y visibles del calendario político ruso constituye una humillación directa para Putin. El mensaje de Kiev no estaba dirigido únicamente al Kremlin. También buscaba llegar a las élites económicas rusas y a los socios internacionales que asistían al foro mostrando que la guerra no está bajo control, Rusia sigue siendo vulnerable y el coste de la invasión continúa creciendo.
San Petersburgo ocupa además un lugar especial en el imaginario político del presidente ruso. No es solamente la segunda ciudad del país o el lugar donde comenzó su carrera política. Es también uno de los símbolos de la Rusia moderna que Putin intenta proyectar al exterior. La capacidad ucraniana para amenazar infraestructuras estratégicas en este entorno tiene un impacto psicológico y político muy superior al que produciría una operación similar en otros territorios.
La combinación de ambas acciones —la oferta de diálogo y la capacidad de golpear objetivos estratégicos lejos del frente— revela una estrategia cada vez más sofisticada por parte de Kiev. Ucrania intenta convencer simultáneamente a dos audiencias. A sus aliados occidentales les transmite que sigue abierta a una solución negociada. Al Kremlin le recuerda que el tiempo no juega necesariamente a su favor y que el coste de prolongar la guerra puede seguir aumentando.
Y mientras, todo esto está sucediendo en un contexto especialmente complejo para Moscú. Aunque sería precipitado hablar de una crisis del régimen, comienzan a aparecer indicios de tensiones dentro de las élites rusas. La prolongación de la guerra, el creciente esfuerzo presupuestario, las dificultades económicas derivadas de las sanciones y el desgaste de una movilización permanente generan fricciones que el Kremlin trata de mantener fuera del foco público. Los sistemas autoritarios suelen demostrar una notable capacidad de resiliencia, pero también acumulan vulnerabilidades que no siempre resultan visibles desde el exterior.
Al mismo tiempo, la Unión Europea parece decidida a mantener la presión sobre Rusia. La Comisión Europea prepara nuevas restricciones dirigidas a la emisión de visados Schengen para ciudadanos rusos, mientras continúan los esfuerzos para reforzar los regímenes de sanciones. Son medidas que buscan aumentar el coste político y económico de la agresión, aunque la experiencia de estos años demuestra que las sanciones por sí solas difícilmente modificarán los cálculos estratégicos del Kremlin. La economía rusa ha mostrado una capacidad de adaptación superior a la prevista inicialmente, apoyada en la reorientación de sus relaciones económicas hacia oriente y en la creciente cooperación con actores como China.
En ese contexto, quizás merece la pena destacar el reciente desbloqueo del veto húngaro al proceso de ampliación hacia Ucrania tras la salida de Orbán del gobierno. Este movimiento desbloquearía un proceso en el que trabajan intensamente los 27, la reactivación de la política de ampliación tal y como se ha visto en la reciente cumbre UE-Balcanes en Montenegro. El planteamiento en esta ocasión trasciende cuestiones técnicas y se transforma abiertamente en una propuesta geopolítica. La integración europea de Ucrania ha dejado de ser una promesa abstracta para convertirse en un proyecto político tangible con la idea de mostrar proyecto y estrategia real. Para Kiev, por su parte, esto representa una garantía de estabilidad institucional, reconstrucción y, desde luego una carta de negociación también.
La negativa de Putin a aceptar una mediación europea plantea una cuestión de fondo que apenas comienza a debatirse en Bruselas. Durante los últimos años la UE ha dejado de ser un observador externo para convertirse en uno de los principales apoyos políticos, financieros y militares de Ucrania. Ha financiado armamento, entrenado tropas, acogido refugiados, aprobado paquetes de sanciones y abierto la puerta a la futura adhesión ucraniana. Difícilmente puede presentarse hoy como un actor neutral.
Pero tampoco es simplemente una de las partes implicadas. A diferencia de Estados Unidos, la Unión Europea convivirá directamente con las consecuencias de cualquier acuerdo que se alcance. Será la principal responsable de la reconstrucción económica ucraniana. Será quien gestione la futura integración del país en las instituciones europeas. Y será también quien tenga que participar en la definición de una nueva arquitectura de seguridad continental.
Por ello, el debate europeo ya no gira únicamente en torno al volumen de ayuda que debe enviarse a Kiev, sino sobre la naturaleza de su futura implicación política. ¿Debe la Unión actuar como garante de un eventual acuerdo? ¿Como participante directo en las negociaciones? ¿Como proveedor de fuerzas de supervisión o mantenimiento de la paz? ¿Como principal financiador de la reconstrucción? ¿O como la estructura institucional capaz de ofrecer a Ucrania garantías de seguridad duraderas?
Cada una de estas opciones implica niveles diferentes de compromiso político y militar. Y cada una refleja una concepción distinta del papel geopolítico de la Unión Europea. La paradoja es evidente. Cuanto más rechaza Moscú la participación europea, más claro resulta que ninguna solución estable podrá construirse sin los países europeos. Desde el minuto uno de esta guerra sabíamos que la seguridad europea se negocia en Ucrania. Y cualquier acuerdo duradero necesitará inevitablemente recursos europeos, instituciones europeas y compromisos europeos.
Todo ello coincide con una realidad cada vez más difícil de ignorar que es que la atención estratégica de Estados Unidos ya no tiene como prioridad los acontecimientos europeos. La competencia con China, las tensiones en Oriente Próximo, la polarización interna y la estrategia política seguida por Washington indican una profunda fractura transatlántica. La cuestión ya no es si Estados Unidos abandonará Ucrania, sino hasta qué punto los europeos tienen las suficientes capacidades para asumir mayores responsabilidades en este ámbito. En realidad, el desafío europeo va mucho más allá de Ucrania. Bruselas y sus capitales afrontan de manera simultánea tres crisis estratégicas: la guerra en sus fronteras orientales, la creciente inestabilidad en Oriente Próximo y la incertidumbre sobre la futura garantía de seguridad estadounidense. Y ninguna de ellas puede gestionarse con las herramientas políticas del pasado.
La reunión entre Emmanuel Macron, Friedrich Merz, Keir Starmer y Volodímir Zelenski en Londres refleja precisamente esa transición. Los principales actores europeos intentan coordinar una estrategia que combine apoyo militar, presión económica y preparación para una futura negociación. Pero esa estrategia todavía está incompleta porque sigue sin resolverse una cuestión fundamental puesto que, en caso de abrirse una verdadera oportunidad para la paz, ¿qué papel estarían dispuestos a asumir los europeos y a qué coste? Porque la cuestión esencial que empieza a emerger no es si la Unión Europea estará presente en una futura negociación sobre Ucrania. La verdadera pregunta es en calidad de qué actor lo hará: como financiador, como garante, como potencia de seguridad o como arquitecto político de un nuevo orden europeo.
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