Opinión
La "superioridad moral" de la derecha como forma de sadismo

Periodista y escritora
-Actualizado a
Nuevas maneras políticas van brotando aquí y allá como plantas carnívoras al calor del trumpismo y sus tecnobros. Se presentan como “realistas”, “eficientes”, “desideologizadas”, y comparten una misma operación de fondo: convertir el éxito en criterio moral y el fracaso en una error individual. Desde ahí desacreditan a las izquierdas tradicionales, no por sus ideas, sino por una supuesta incapacidad para triunfar a su manera, o sea para imponerse al otro.
El neoliberalismo actual no es solo una doctrina económica, va mucho más allá. Se trata de una pedagogía moral. Enseña que quien no gana, desaparece. Contempla la vida como si fuera una empresa, convierte el deseo en inversión y desplaza el fracaso al ámbito de la culpa individual. Quien pierde, según sus reglas, merece su derrota. Es más, recibirá escarnio y befa.
Las nuevas derechas culturales, además, radicalizan esta lógica y la convierten en espectáculo. Es el show de la nueva superioridad moral, y no deja de resultar gracioso la apropiación de aquello que tanto han denostado: la idea de la superioridad moral (de la izquierda, en este caso). Ya no basta con ganar: hay que humillar al que pierde. El vencedor no solo se legitima por su triunfo, sino por su desprecio hacia “los débiles”. El sadismo está en el centro. El perdedor deja de ser un sujeto político para convertirse en un objeto de burla, en el mejor de los casos, si no de violencia explícita e incluso letal. Lo consideran un estorbo para la “marcha triunfal” del presente, y lo quitarán de en medio como sea.
Bastaría con una mirada a la brutal espectacularización de la violencia en Estados Unidos, pero también en España cunden los shows de la nueva superioridad moral ultraconservadora. Desde ahí es desde donde se ataca al tradicional pensamiento de izquierdas. No por su contenido, sino por su posición. Se le acusa de resentimiento, de victimismo y de nostalgia. Se le reprocha no haber sabido adaptarse a los tiempos salvajes, no haber sabido jugar el juego de los vencedores.
Pero la izquierda —cuando no renuncia a sí misma— nunca habló el lenguaje del éxito, sino el de las personas que no cuentan, las que pierden incluso cuando hacen todo “bien”; la izquierda debería hablar el lenguaje de quienes descubren que el sistema está diseñado para que algunos ganen siempre y otros pierdan estructuralmente. Su error, demasiado a menudo, ha sido intentar justificarse con las reglas del adversario, pedir perdón por no triunfar, aceptar el marco de la victoria como horizonte.
Tengo la sensación de que las nuevas derechas culturales comprenden algo que la izquierda a veces olvida: que la batalla es simbólica. Por eso glorifican la fuerza, la autosuficiencia y la jerarquía, y ridiculizan cualquier forma de vulnerabilidad, cuidado o fragilidad. La sensibilidad es presentada como debilidad y la reflexión, como parálisis. El éxito más ramplón, que suele ser el de los matones, aparece, en cambio, como prueba última de verdad.
Volver a empezar es, en realidad, el gesto político fundamental. Implica no aceptar la derrota como destino ni sucumbir al cinismo. Volver a empezar es insistir sin garantías, organizarse sin promesa de victoria, pensar incluso cuando el clima es hostil y el tiempo parece ir en contra. Más nos vale tener esto en cuenta en los tiempos que corren.
Frente a esta ofensiva ultra, deberíamos afirmar con rotundidad que hay vidas que no quieren —y muchas no pueden— convertirse en productos exitosos. El error no es una anomalía a corregir, sino el punto desde el cual pensar de otro modo. El error es lo humano. Volver a empezar, en este contexto, me parece un acto subversivo. Para ello, no obstante, la acción solo puede ser colectiva, frente a su empeño por convertir el fracaso en algo individual.
Contra el neoliberalismo que privatiza el fracaso, contra este sadismo rampante que goza con la humillación y sus nuevas derechas culturales, propongo defender la dignidad de perder. No como derrota definitiva, sino como espacio desde el que volver a empezar sin someternos a la lógica del éxito.
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