Opinión
Lo último que se perdió
Por Anibal Malvar
Periodista
Tal y como ha empezado el año, considero que cometí un error de bulto al oponerme a la facción de mi familia que abogaba por comerse las uvas en la compañía catódica de la Pantoja y Paquirrín. Porque este 2012 ya viene oliendo a cutre y a friki, a sepia y a sopa, a rancio y burocrático desde su primer balbuceo.
Con la que ya ha empezado a caer, el augur de los mayas sobre el fin del mundo en este 2012 suena casi balsámico. Sería un respiro. Una bocanada de nordés en esta habitación cerrada del desconsuelo. Un adagio apaciguando el fragor de esta derrota.
Vas por la calle y ves que ya la gente ni siquiera tiene miedo. Tampoco se vindica apenas el derecho al grito (ay, Público). Y cuando se mira al cielo, ya no se ve un pasar de nubes, sino a unos señores muy circuspectos y enormes, de mirada gris y corbata parda, que nos observan con ferocidad desde lo alto. Hemos amarrado en el puerto de los tristes.
Cuesta pensar cómo será ese futuro de Estados muertos, bajo el gobierno ya evidente de los bancos. Los bancos, que se sepa, no garantizan libertades, ni derechos humanos, ni protección social. Cuesta pensar que ya definitivamente se ha perdido la batalla por la redistribución constante de la riqueza hacia una sociedad más justa.
Nos quedan la Pantoja y Paquirrín. Mourinho y Guardiola. Poco pan y mucho circo. Nos queda todo eso que precisamente era lo que menos amábamos de los viejos buenos tiempos, que dirían los nostálgicos. Y nos queda la alegría de que la esperanza fue lo último que se perdió.
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