Opinión
Unidad con minúsculas

Filósofo, escritor y ensayista
En estos días hemos leído algunas noticias sobre posibles acuerdos en el espacio político a la izquierda del PSOE. Antonio Maíllo, coordinador de IU, ha declarado "superada" la plataforma Sumar como paraguas electoral y ha anunciado la apertura de un proceso de negociación entre los partidos que la forman (IU, Sumar, Más Madrid y Catalunya en Comú) orientado a "movilizar y dar esperanzas al electorado progresista". Tras reconocer que los partidos llevaban ya meses de discretos contactos en una atmósfera "fraternal", una fuente de Sumar ha abundado en el tema: "Se trata de construir un espacio ilusionante que enganche con la ciudadanía desmovilizada y enfadada; hay que volver a construir algo que realmente conecte, que mire a las generales pero también más allá de ellas".
Bienvenidos sean todos estos acuerdos. Excluirse de ellos o incluso condenarlos, como hace Podemos, significa apostar, con irresponsabilidad sectaria, por la felicidad del mal. Bienvenidos sean los acuerdos, digo. Necesitamos, sin duda, una candidatura más o menos sólida a la izquierda del PSOE. Ahora bien, no nos engañemos ni engañemos a los votantes: la necesitamos para lograr dos efectos asociados de alcance muy poco transformador: aspirar a un empate en el tiempo de descuento y sólo con el propósito de que gobierne de nuevo el PSOE. Los tiempos no dan para más y personalmente, en un mundo en harapos, me conformaría con este resultado. Pero me gustaría que los partidos -por favor- renunciasen a "movilizarme" o "ilusionarme", verbo este último cuyo uso debería prohibirse tras la debacle de la última década. Llevo años escribiendo contra la Unidad de la izquierda, ese fetiche que, como la España de los Reyes Católicos, sólo ha generado entrópica división a su alrededor; y si esta vez me avengo a ella, resignado y hasta desesperado, es justamente por eso: por desesperación. Recuerdo en abril de 2023 mi falta de entusiasmo ante el acto de Magariños, que apoyé y en el que participé: "toda repetición es un sepelio", escribí entonces con melancolía culpable en estas mismas páginas. Si hace tres años la “ilusión” me parecía ya impostada y enfática, un regüeldo triste de Vistalegre I, hoy me parece increíble y disuasoria.
Dejemos a un lado la "ilusión". ¿Algún votante de izquierdas puede sentir "ilusión" o "esperanza" o "deseos de movilización" ante un acuerdo -digamos- entre Antonio Maíllo, Mónica García y Ernest Urtasun? Un acuerdo entre líderes y partidos políticos de izquierdas es hoy en España tan ilusionante como una campaña de vacunación o una cirugía de hernia inguinal: cosas necesarias y hasta imperativas, pero incapaces de producir ninguna emoción solar. En unas elecciones generales, si fuese vasco, votaría a Bildu, también sin entusiasmo; si fuera galego, al BNG, con poco más fervor; si fuera castellano, al PSOE, con dos dedos en la nariz. Como estoy empadronado en Madrid, votaría -votaré- a cualquier tinglado que se apañe entre los partidos de izquierda, por pura convicción racional y cálculo antiapocalíptico. Supongo que somos unos cuantos los que haremos lo mismo y por los mismos motivos: un puñado de izquierdistas asustados y conscientes que vemos los peligros de la abstención y que buscamos apenas salvar los muebles. Para nosotros sirve ese acuerdo entre los partidos de Sumar y no es poco; pero para interpelar a los indecisos, a los perezosos, a los indignados, a los indiferentes, a los cansados, mucho me temo que no. Sin ellos (hoy más bien inclinados hacia Vox) se podrá quizás gobernar entre alfileres, pero no frenar al fascismo y mucho menos transformar el país.
Aceptémoslo: en este contexto (a la defensiva tras una derrota antropológica de vastas proporciones) ninguna iniciativa procedente de los partidos políticos de izquierda encontrará respuesta activa entre los ciudadanos. Ningún Frente Popular ni Frente Amplio ni Unidad Popular va a sacudirnos el miedo y la desesperanza. En este año arendtiano, los partidos de izquierda son incapaces de satisfacer las dos demandas en torno a las cuales pivota la filosofía de Hannah Arendt: el pensamiento y la acción. Los partidos son máquinas electorales, encerradas en rutinas tácticas de una inmanencia sin oídos, incapaces de producir pensamiento vivo. Los partidos ni piensan ni hacen pensar. Tampoco "actúan", en el sentido en que Arendt entendía este concepto, como el paso deliberativo de lo privado a lo público, de lo particular a lo común.
Los partidos de izquierda, que frenan hoy el pensamiento y la acción, son necesarios, sin embargo, para frenar electoralmente a la ultraderecha; y habrá que congratularse, por tanto, de cualquier acuerdo entre ellos para una candidatura común. Ahora bien, si el fascismo nos da tregua, a medio plazo deberíamos dejar de pensar en la unidad de la izquierda y sus partidos y sus líderes para promover la unidad de sus votantes. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que a los partidos habrá que darles el trabajo hecho desde fuera. ¿Pensar? Necesitamos crear y multiplicar think tanks pequeños, intelectuales, populares, que se ocupen de esas grandes cuestiones (la IA, la guerra, Europa, la inmigración) que nuestros partidos despachan con argumentarios políticamente correctos o memes propagandistas en las redes (o con medidas invisibles desde ministerios afónicos). ¿Actuar? Necesitamos articular y promover desde fuera acciones minúsculas, potencialmente expansivas, cuyo carácter transversal (por ejemplo, la vivienda) obligue a los partidos a sumarse a la zaga: reparemos, por ejemplo, en lo que ocurrió con la solidaridad palestina y la Vuelta a España el pasado mes de septiembre.
La Unidad de la izquierda ha hecho tanto daño a la izquierda como la de España a los españoles. Hoy necesitamos algo menos ambicioso: un acuerdo, un tinglado de emergencia, un reparto de pulgas. Pero ese acuerdo será apenas un parche si sus votantes no pensamos y actuamos lejos de los partidos, a sus espaldas, para ir a donde ellos nunca van a llegar; y a donde tendremos que obligarlos a seguirnos.
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