Opinión
Atapuerca: Sima de los Huesos (III)
Por Ciencias
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos
Los fósiles humanos que se vienen obteniendo de la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca desde hace 30 años están embebidos en una misma capa de arcillas muy finas, bajo una plancha estalagmítica que actuó a modo de lápida y selló el depósito durante miles de años. La datación de esta plancha nos dice que la población humana cuyos restos encontramos en el yacimiento vivió en la Sierra de Atapuerca hace unos 600.000 años.
La situación de los fósiles en el yacimiento es algo caótica, pero en ocasiones los huesos de un mismo homínido aparecen en proximidad anatómica. Los huesos de mayor tamaño se han fragmentado en varios pedazos que, poco a poco, se van recuperando y recomponiendo en un laborioso trabajo de reconstrucción. Un puzle fascinante para cualquier estudioso de la evolución humana. Los dientes se conservan con una asombrosa perfección, y nos ayudan a identificar a todos y cada uno de los homínidos allí depositados. Se han contabilizado hasta 28 homínidos. La mayoría de los restos óseos pertenecieron a personas muy jóvenes, algunos todavía adolescentes y otros, con su etapa de adulto recién estrenada. El estudio de la anatomía de los diferentes huesos del esqueleto y de los dientes revela una cierta homogeneidad, dentro de la variabilidad que se puede esperar en una población humana. Todo apunta a que se trata de miembros de un mismo grupo o, al menos, de la misma población, que pudieron morir en un espacio breve de tiempo.
Durante años, a medida que se obtenían nuevas evidencias y se conocía mejor el yacimiento, se han ido descartando posibles hipótesis que podían explicar una acumulación tan excepcional. La Sima de los Huesos no fue una trampa natural, ni el cubil de un carnívoro especializado en cazar homínidos, ni el depósito final de varias decenas de homínidos muertos de manera accidental. Todas las evidencias sugieren una acumulación antrópica intencionada. En 1998, se encontró junto a los fósiles un hacha de mano de cuarcita roja, casi granate, claramente seleccionada para una ocasión especial, no usada, fabricada con esmero y con un fino acabado mediante percutor blando. Este hacha de mano, que sus descubridores bautizaron como Excalibur, pudo depositarse con los muertos de manera intencionada y con un propósito del que sólo caben especulaciones ¿Qué pudo ocurrir en la Sierra de Atapuerca hace 600.000 años para que tantos jóvenes encontraran la muerte al mismo tiempo? Quizás nunca lo sepamos pero, si la hipótesis que se maneja en la actualidad es correcta, nos encontraríamos ante el caso más antiguo de acumulación intencionada de cadáveres, con indicios muy claros de ritualidad. Excalibur tendría unas connotaciones simbólicas elementales, pero a la vez inquietantes. Después de todo, no somos la única especie de homínido que ha concebido la idea de trascendencia después de la muerte.