Opinión
Caudillos
Por Antonio Caballero
-Actualizado a
Hace exactamente un siglo, la revolución mexicana se inició al grito de “sufragio efectivo, no reelección”. No era exactamente un grito, la verdad sea dicha: no es fácil gritar algo tan enrevesado. Era un programa político que pretendía poner fin a la eterna dictadura de don Porfirio Díaz, que se había hecho reelegir y reelegir presidente de México infinidad de veces. Don Porfirio se exilió en París, y México, tras unos cuantos años tumultuosos y sangrientos, sacó en limpio, al menos, la no reelección presidencial; aunque no el sufragio de verdad efectivo: siguió saliendo elegido siempre el que estaba previsto. Pero se acabaron los caudillos.
En el resto de la América Latina no. Todavía hoy, después de un par de décadas de hacer gárgaras de satisfacción con la muletilla del “fortalecimiento de la democracia” en la región, los caudillos vitalicios se renuevan en casi todos los países. Presidentes de todos los pelajes ideológicos están dedicados a modificar más o menos fraudulentamente las constituciones de sus países respectivos para hacerse reelegir una y otra vez, como el mexicano don Porfirio de hace un siglo. Chávez de Venezuela, Uribe de Colombia, Correa del Ecuador, Ortega de Nicaragua, Morales de Bolivia, Lugo del Paraguay... A Zelaya de Honduras lo derrocaron por intentar lo mismo que esos colegas suyos: cambiar la constitución para perpetuarse en el poder. Las únicas excepciones son las de Bachelet de Chile y Lula del Brasil: justamente los dos presidentes con más altos índices de popularidad. En la Argentina, los Kirchner han perfeccionado un método sui géneris de perpetuación en pareja, turnándose la presidencia entre marido y mujer.
Ni tan sui géneris, si bien se mira. Es lo mismo que están haciendo en el otro extremo del mundo, en Rusia, Putin y Medvédev, aunque la pareja que forman no sea ni conyugal ni heterosexual. Y si se mira con mayor detalle, el caudillismo electivo y vitalicio es lo que se está imponiendo en medio mundo: en los países árabes, en el África negra, en lo que fue la Unión Soviética. Y hay países, como la Siria de los Assad, el Egipto de los Mubarak o la Corea de los Kim (y la Cuba de los Castro) en donde ese caudillismo es, además, hereditario.
Cuando lo derrocaron y se fué a curar sus penas en la ruleta del casino de Montecarlo, el rey Faruk de Egipto vaticinó que en el siglo XXI no habría más reyes que el de Inglaterra y los cuatro de la baraja. Por lo que estamos viendo, se equivocaba de cabo a rabo.