Opinión
Cuestión de confianza
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
A José María Barreda, que después de pedir a Zapatero una crisis ministerial le demostró que un Gobierno cabe perfectamente en un taxi, le ha tomado el relevo el presidente extremeño Guillermo Fernández Vara, que ayer mismo exigía la criba de aquellos miembros del gabinete que no generen confianza en el exterior ya que, en su opinión, hace falta gente que cuando diga una cosa fuera “se la crea a pies juntillas”. Ahora bien, ¿cómo saber si un ministro tiene menos crédito en Bruselas que un autónomo en el banco? ¿Genera más certidumbre Corbacho cuando dice que la reforma laboral no va a abaratar el despido o cuando afirma que lo “aligerará”? Es más, ¿qué ocurre si es al presidente a quien se toma por el pito de un sereno?
La búsqueda de la credibilidad exterior se ha convertido en el mantra de muchos políticos, en vista, seguramente, del enorme descrédito que acumulan en el interior. Rajoy, por ejemplo, es de los que no se va a dormir sin recordar a Zapatero su obligación de generar confianza, lo cual no deja de tener su gracia en alguien de cuya capacidad duda el 80% de los españoles. Sin embargo, conseguir que se fíen de uno no es sencillo. Sirva como botón de muestra el tijeretazo, con el que el Gobierno buscaba extender la confianza de los mercados en la economía española. ¿Que qué ha conseguido? Pues que la prima de riesgo de la deuda pública esté en máximos, justo lo contrario de lo que se pretendía.
Con todo, la confianza sólo funciona en un sentido. Es decir, que si alguien nos augura el infierno podemos estar seguros de que sudaremos como pollos; en cambio, si nos anuncia la luna tendemos a recelar. Dicho de otra forma, se confía mucho en quien promete hacer la puñeta a los demás, sobre todo si persevera en el empeño. Trasladado al Gobierno, cuanto más impopulares sean sus próximas medidas, mayor prestigio acumulará en el exterior. En ello se está.
Zapatero no tiene un problema fuera, ya que a base de decretazos cualquiera termina por superar sus complejos, sino dentro. Y todo porque en la izquierda hay demasiados descreídos, que no comulgan con que las soluciones a la crisis de los socialistas españoles sean idénticas a las de los conservadores británicos o alemanes. Desconfían hasta del PP, ese nuevo partido de los trabajadores tan chiripitifláutico.