Opinión
Descifrando a Zapatero
Por Juan Carlos Escudier
La primera entrevista del año de Zapatero puede haber aportado un rayo de luz sobre su sucesión al frente del PSOE, cuestión tan críptica que exige ser analizada al estilo de la kremlinología más ortodoxa. Aseguró el presidente que le gustaría que quien recogiera el relevo de sus manos tuviera la misma legitimidad que él había tenido a la hora de dirigir el partido, lo que traducido a la lengua del común puede significar que el sucesor tendrá que ser elegido en un congreso y no por su dedo índice. De encontrarse Zapatero en la cresta de la ola sería un detalle por su parte abstenerse de hacer de estatua de Colón e indicar el camino, pero en las actuales circunstancias sus buenos deseos sólo son una obviedad.
Tenemos, por tanto, una primera consideración: el nombre del sustituto no será inspirado por el líder saliente como ocurrió con Almunia sino que saldrá de un congreso en el que tendrá que batirse el cobre. ¿Que cuándo ocurrirá eso? Bueno, Zapatero dio otra pista: explicó que su continuidad no dependía de las elecciones municipales y autonómicas de mayo y subrayó que si dijo que ya había tomado una decisión sobre su futuro era para que la gente no pensara que ni él ni el PSOE estaban dedicados a otra cosa que no fuera crear empleo y hacer reformas.
¿Sería compatible esta dedicación exclusiva a buscar la salida de la crisis en este año decisivo con la celebración de un congreso extraordinario del PSOE o con un proceso de primarias para elegir al candidato en 2012? Aparentemente, no. Recapitulando, si el sucesor ha de ser elegido en un congreso y este año no es momento oportuno para congresos o para primarias, la única alternativa posible es que el propio Zapatero, en un último sacrificio por el país, acepte ser el candidato de los socialistas en las próximas elecciones generales
De confirmarse esta interpretación, el papel del vicepresidente Rubalcaba se reduciría al de esa liebre eléctrica que decía Bono, un simple señuelo para los adversarios políticos. Sus posibilidades de alcanzar el purpurado en un cónclave del PSOE son más bien escasas, por mucho que Blanco se empeñe en promocionarle. No podrá desprenderse de la maldición de Fouché: aun siendo con diferencia el más listo de la clase, nunca llegará a ser Napoleón. He ahí su tragedia shakesperiana.