Opinión
Feminismos en tiempo de guerra: quien cuida no mata
Por Alicia Rius Buitrago
Profesora universitaria y suscriptora de 'Público'
Resulta evidente por qué es necesario en estos tiempos sombríos hacer referencia al feminismo. Bertold Brecht definía los tiempos sombríos en un poema, dirigiéndose a las y los que están por nacer. En él, pedía indulgencia para su generación, la cual no supo preparar el camino a la amabilidad, y lo hacía con la esperanza de que quienes estuvieran por venir lo supieran hacer mejor. Me temo que a nuestra generación le toca implorar el mismo perdón.
Hablar de feminismos en este contexto bélico es necesario porque a menudo confinamos la potencia que tienen a la lucha contra la violencia de género y a las acciones dirigidas a evitar todo tipo de discriminación hacia las mujeres. Luchas, todas ellas, imprescindibles y vertebrales pero que no dibujan, ni con mucho, los confines de esta tradición de pensamiento y de este movimiento social. Los feminismos constituyen, con todas las diferencias que pueda haber entre ellos, no solo una crítica a la razón y al sistema patriarcal sino una propuesta de organización social, cultural, política y emocional que facilite a las comunidades su particular desarrollo, garantizando la equidad y la paz entre sus miembros.
El esfuerzo que hace la epistemología feminista reside, particularmente, en vincular los análisis macro y micro de la realidad o, mas concretamente, la economía, la política y la sociedad con nuestros cuerpos, deseos y comportamientos, y no puede ser obviado en este momento de colapso democrático. Hay un genial cuadro de Martha Rosler, La guerra entra en casa, en el que unos militares con sus uniformes y sus cascos de guerra, están en el interior de una cocina impoluta como si rastrearan el territorio enemigo. En esa obra se representa la síntesis de estas dos cosmovisiones, la lógica de la guerra y la de los cuidados, enfrentadas.
Hace unos años, Amparo Tomé, una socióloga e investigadora española especialista en sociología de la educación, lo expresaba de la siguiente manera: “Es necesario educar en el cuidado porque quien cuida, no mata”. Tal vez ahora sea más fácil comprender la importancia de la coeducación. Como docentes, son muchos los desafíos que se nos plantean para tratar de subvertir este orden mundial y terminar de consolidar los que coexisten con él. Esta centralidad de los cuidados en la vida, la necesidad de construir sociedades corresponsables y cuidadoras, supone una alternativa frontal a la lógica de la guerra que, desde pequeñas y pequeños, nos enseñaron a ver como un hecho histórico relevante. La historia, desde siempre, la han construido quienes cuidan y mantienen a las sociedades, no quienes las destruyen. La guerra no es un cimiento sobre el que nada con afán de perdurar se pueda construir.
Se ha escrito mucho sobre los horrores y las consecuencias de la guerra, el exilio, la expropiación forzosa de tierras, cuerpos y sueños que dejan, como rastro, los conflictos armados. Y en la raíz de todo conflicto bélico muchas feministas creemos que está la identidad patriarcal, capitalista, racista y heteronormativa contra la que nos esforzamos en luchar día a día. La guerra es una expresión, el patriarcado es el origen.
Por el contrario, los feminismos son movimientos radicalmente civilizadores en cuestiones que no solo afectan a las mujeres, aunque sí especialmente, sino a la sociedad entera. No queremos obviar que son las mujeres las son utilizadas en los conflictos armados como arma de guerra, violadas y obligadas a prostituirse. Y tampoco conviene olvidar que es de las mujeres de quien se extrae la plusvalía emocional para cuidar a la sociedad cuando toca reconstruirla. Pero son también los hombres quienes sufren el patriarcado directamente al ser considerados personas idóneas para combatir.
Resulta vital reivindicar un feminismo en el ámbito internacional y en la diplomacia. Ha habido precedentes y han sido de gran ayuda. La persona que ostentó la primera presidencia del parlamento europeo, Simone Veil, destacada figura del feminismo de postguerra, conocía muy bien los horrores de ésta. A excepción de sus dos hermanas y ella misma, el resto de la familia murió en campos de concentración nazis. Por ello se esforzó en ayudar a dar sus primeros pasos en el parlamento europeo. Como decía de ella un europarlamentario “pertenecía a esta generación a la que Europa marcó por lo peor de su historia, pero pudo sacar lo mejor de un destino roto por la guerra". Lo mejor, en ese caso, fue tratar de construir una unión de países europeos que se esforzaran por prestarse apoyo. Taras Bilous, historiador y destacado activista del movimiento social ucraniano, en esa misma línea, ha escrito en estos días: Necesitamos una visión de izquierdas para la reforma y democratización de la ONU. Es decir, necesitamos los organismos internacionales, democratizándolos con más fuerza, no prescindiendo de ellos.
Tal vez ahora sea más fácil entender que la democracia radical que propone Nancy Fraser, una democracia basada en nuevos pactos sociales, de consensos reales, con capacidad de integrar las diferencias y que tenga en cuenta, particularmente, las necesidades de las personas más vulnerables, puede ser la indicada para la cohesión social.
Otra Simone, esta vez Weil (y no Veil), que también conoció de cerca la guerra, afirmaba que abolir el mal supone saber en qué consiste. Y para saber en qué consiste la guerra es necesario comprender el sistema patriarcal. Los conflictos bélicos son la expresión de una cultura que valora y ensalza los atributos masculinos mientras invisibiliza y desprecia todas las aportaciones que las mujeres hacen a las sociedades sin las cuales, sencillamente, no habría vida. La guerra se combate con más y mejor democracia, con más y mejor igualdad, con mejor educación, con integración real de las diferencias. Recuperar las fuerzas democráticas desde los feminismos es hoy un imperativo, porque sin feminismo no hay democracia, no hay paz social ni conquista en equidad que pueda consolidarse.
Tal vez ahora sea más fácil comprender que, en nuestra labor de docentes, es hora de apostar por una educación que ponga en primer plano el cuidado de la vida y los valores que implica tales como la equidad y la cooperación frente a la competitividad y la exclusión. Es hora de volver a la idea planteada por Gramsci del deber del intelectual orgánico, quien pone sus conocimientos y su acción en favor del bien común. No nos faltan referentes cercanos que desarrollen, a día de hoy, las bases de una ética cosmopolita y la promoción de una cultura de paz. Adela Cortina, Carmen Magallón, Lolita Bosch o Manuela Mesa, entre otras, dedican su labor docente, investigadora, escritora y militante a fortalecer nuestras democracias.
Inspirarnos en ellas para un nuevo pacto social que desplace la lógica de la guerra por la de los cuidados es ahora más necesario que nunca.