Opinión
Guantánamo no se cierra
Por Juan Carlos Escudier
Habrá quien diga que lo de Obama es disculpable, que si por él fuera ya habría echado el cierre y que son otros los que le impiden resolver el problema, pero lo cierto es que el auténtico problema lo tienen las 172 personas se siguen secando al sol como pescados en Guantánamo, el limbo que era una infierno y que ahora vuelve ser un limbo después de que se dejara de atormentar a los presos con música rock a todo trapo. La reanudación de las comisiones militares para el penal certifica que lo que era una vergüenza para el mundo civilizado lo seguirá siendo por tiempo indefinido.
Con todo el mundo de acuerdo en que Guantánamo es una aberración, incluido el propio Obama, llama la atención que la Corte Penal Internacional no haya tomado en estos años cartas en el asunto, dada su diligencia en asuntos tan candentes como las revueltas en Libia. ¿Que el Tribunal no tiene atribuciones sobre Estados Unidos porque su Gobierno no ha ratificado su norma fundacional? Bueno, tampoco lo hizo Gadafi y a la Corte le ha faltado tiempo para anunciar que ninguno de sus crímenes quedarán impunes. Jurisdicción universal sí, pero sólo para el resto.
Retrotraer la situación al mismo estado de cosas en el que lo dejó Bush es, además, una tomadura de pelo a aquellos países que, como España, aceptaron a acoger a algunos de los presos para hacerle la vida más fácil al premio Nobel de la Paz. Alguien tendrá qué explicar qué habría que hacer ahora con ellos, y si lo que conviene es devolverles dado que el compromiso expresado por el propio Rubalcaba era cerrar la prisión “con la que los europeos, y los españoles en particular, nunca estuvimos de acuerdo”. Si nadie ha escuchado las protestas de Francia, Alemania, Portugal, Bélgica o Irlanda es porque nadie ha protestado.
Tampoco nadie ha levantado la voz por el hecho de que ninguno de los responsables de las torturas sistemáticas aplicadas en Guantánamo haya sido encausado. En flagrante ilegalidad –otra más-, los presos se verán las caras con la justicia militar que, como decía Groucho Marx, era a la Justicia lo que la música militar a la música.