Opinión
Himnos
Por Público -
No es novedad. En Perú, un demagogo propone que se cambie la letra del himno nacional. La tradicional incita, dice, al pesimismo, lo cual es malo para el fomento de la economía.
No es que no sea novedad en Perú: no lo es en ninguna parte. Propuestas semejantes se han hecho desde Turkmenistán (cambiar el nombre del presidente vitalicio por la palabra “pueblo”) hasta Canadá (eliminar, por sexista, la palabra “hijos”
–sons– y sustituirla por “nosotros/as” –we–
o, en la versión del Canadá francés, nous, que no tienen género); desde Francia (rechazar los llamamientos al derramamiento de sangre de La Marsellesa y poner en su lugar algo más bonito) hasta Nepal (de donde no conozco exactamente la propuesta). E inclusive en España, uno de los pocos países del mundo beneficiados por la fortuna de que su himno nacional no tenga letra, no diga nada, y sea sencillamente una pieza de música entre bailable y marcial que a quienquiera le inspira lo que quiera. Hace unos años se convocó un concurso de letras para esa música, y hubo de todo: a favor de los unos, en contra de los otros. Con la palabra “Dios”, y sin ella. Con la palabra “España”, y sin ella. Con la imposible tentativa de versificación de la expresión “Estado de las autonomías”, y sin ella. Por fortuna ninguna fue aceptada, y el himno español sigue siendo uno de los poquísimos del mundo que no se pueden cantar, sino sólo tararear o silbar, sin molestar a nadie. Y tal vez sea este el único caso en el que España ha dado lecciones de tolerancia a las demás naciones.
Vuelvo a lo de Perú. El cambio, que ha sido ya aceptado por el Ministerio de Educación para las escuelas y por el de Defensa para los cuarteles, consiste en que se suprima la tradicional primera estrofa del himno, por demasiado quejumbrosa:
“Largo tiempo el peruano oprimido/la ominosa cadena arrastró”.
Y que se sustituya por otra que alaba la majestuosidad de la cordillera de los Andes. Porque de lo que se trata, según dicen los promotores del cambio de letra, es de mostrar las cosas buenas de Perú, de exaltar lo que ahora se llama “marca país” para así atraer la inversión de capital extranjero en su pujante economía.
Lo cual equivale, me atrevo a decir, a invitar a que se arrojen sobre Perú nuevas ominosas cadenas que vuelvan a oprimirlo.
Ay, cómo somos de idiotas. Los peruanos, los franceses, los españoles, los turkmenos, los nepaleses, los canadienses. O, para decirlo de una manera más idiota, si cabe: cómo somos de patriotas.