Opinión
Quien hace un incesto hace ciento
Por Manolo Saco
El día en que dejé de ser creyente tuve la intuición de que mi existencia iba a ser mucho más incómoda. Ser creyente es toda una actitud vital, donde la palabra revelada prima sobre el razonamiento, como un manual de estilo donde todas tus preguntas están ya respondidas o serán sabiamente interpretadas por los guardianes de la verdad. No da para mucho, pero es muy cómodo. El Corán, los Evangelios, el Libro Rojo de Mao, la versión convenientemente expurgada de El Capital de Carlos Marx, encierran todo un Camino (de San Josemaría, por cierto) para circular por la senda de la vida. Sólo hay que ser creyente y decidir cuál es tu libro de instrucciones. En ellos está encerrada toda la sabiduría humana.
Pero lo mejor de ser creyente es que en la fe misma está la virtud, con lo que se consiguen resultados prodigiosos. De esta manera, los creyentes no tienen que confrontar su inteligencia con relatos como el de Noé, el personaje bíblico que metió en un arca (que cientos de miles de industriosos inmigrantes mal pagados habrían tardado en construir decenas de años) millones de parejas de animales (que deberían haber perseguido por selvas, ríos y mares otros cientos de miles de trabajadores durante otras decenas de años), para salvarlos de las aguas de una inundación estúpida, pues no sirvió para nada, provocada por su dios. Ni dar explicaciones sobre si la humanidad nació de un gran incesto (quien hace un incesto hace ciento) entre los hijos de Adán y Eva, pues sus padres habían sido castigados a morir, trabajar y parir con dolor por haber comido de la fruta prohibida (si llegan a robar una gallina, ¿cuál habría sido el disparate de condena que les habría impuesto el Grande Marlaska?)
La política es otro de los campos donde se baten los creyentes, y en ella conviven, aunque mal, los distintos libros de instrucciones, ya sean panfletos, ya sean diarios, ya sean radios o televisiones. Porque sin ir más lejos, la fantasía de ese medio de comunicación, que vosotros conocéis, con el asunto de los etarras, mochilas, casios, orquesta Mondragón, nitroglicerina y el 11-M no la supera ni la historia del padre putativo (PP) del hijo de dios cuya madre era virgen.
Lo de los etarras y el 11-M es sólo para creyentes pata negra, y no importa que el resto de los cientos de televisiones, radios, periódicos, jueces, policías y fiscales tengamos a diario un ataque de vergüenza ajena al contemplar cómo se está utilizando en dos o tres medios la profesión de periodista. Digo, de predicador .
Ser creyente es fantástico, porque así no tienes que avergonzarte por el hecho de aceptar las historias disparatadas que cuentan tus libros sagrados, tus diarios o tus evangélicas y episcopales ondas hertzianas, pues para el buen creyente el libro de instrucciones de los demás fieles no es más que pura invención.
Pero hasta Goebbels, si hoy viviera, corregiría el tiro y formularía su famosa sentencia de esta otra manera: “Una mentira, repetida mil veces, acaba convirtiéndose en mil veces mentira”.