Opinión
Mito nº 5
Por Espido Freire
-Actualizado a
Mito: El escritor vive en una torre de marfil, aislado de la realidad y de sus lectores. No le vendría mal bajar de su trono de vez en cuando.
Refutación: La mayor parte de los escritores españoles no viven de los derechos que sus libros les reportan, que oscilan entre un 5% y un 12% del precio del libro. Compaginan esa tarea con la labor periodística, o el ejercicio de una profesión, más o menos absorbente, y ambas opciones les llevan a una vida normal y corriente, en la que se percibe y analiza la realidad, en ocasiones a través de un prisma simbólico que puede desconcertar al lector.
Es posible que a algunos escritores les encantara poseer una torre de marfil, o que se la realquilaran por meses, al menos. Sin tiempo libre, ni distancia de esa misma realidad, resulta complicado fabular. La imaginación precisa de habitación propia, de unas cuantas sombras que parezcan monstruos, y de silencio en el que dar forma a esos fantasmas.
Yo, que creo profundamente en el compromiso ético del autor con su momento social, defiendo igualmente un espacio de soledad: sólo así puede valorarse un hecho o formar o modificar una opinión. La estética de una obra evoluciona casi por sí sola. La trascendencia, en cambio, ha de trabajarse.
Todos los años, en diversas ferias del libro, el autor se pone, con mayor o menor entusiasmo, a disposición de lectores y editoriales, para encuentros, firmas o mera exposición en casetas. Toda fantasía de permanecer aislado se hace pedazos en esos momentos, uno de los pocos en los que el escritor se convierte en estatua viviente y escucha qué opinan los lectores de su corbata, su última novela, o la de otro compañero (las confusiones son frecuentes). Yo he sido tomada con cierta frecuencia por Lucía Etxebarría, Elvira Lindo, o Lorena Berdún (en este caso, incluso por los maquetadores, que intercambiaron nuestras fotos en la solapa de un libro). Es decir, que me han convertido en otra, me han asignado un aspecto, una ideología, una obra ajena, distinta voz, altura o color de pelo, algo que, si se piensa bien, no deja de ser profundamente irreal.