Opinión
El pasado, como la poesía, es un arma cargada de futuro
Por Manolo Saco
-Actualizado a
Yo pensaba que no existía memoria más selectiva que la de ciertos jubilados, que oficialmente están como tapias pero que oyen divinamente lo que les conviene. Algo parecido a lo que le ocurre al prejubilado de la política Mayor Oreja, que sólo veía la vida plácida de las familias de derechas bajo la bota del franquismo, mientras jugaba al balón en compañía de flechas y pelayos, cachorrillos de fascistas que con los años harían con él un penoso peregrinaje hacia un centro que nunca acaban de encontrar.
Pero el pasado, como la poesía, es un arma cargada de futuro, así que hay que elegir cuidadosamente la munición. Para los flechas y pelayos del ayer, hay mártires que sirven para construir el mañana y otros que son testigos incómodos, como los más de cincuenta evangelios apócrifos que hay que ocultar porque contradicen la unidad narrativa de los cuatro canónicos. Si eres asesinado por la izquierda, pasas al paraíso; si mueres a manos de la derecha, algo habrás hecho, como dicen esos jueces machistas que justifican una violación porque la víctima iba provocando con un escote y una minifalda de pecado.
La memoria sirve para eso, para recordar. Por ejemplo, hace unos días Mariano Rajoy recordaba ante sus correligionarios que hace cuatro años no estaba tan preparado como hoy para gobernar: se ve que, acunado ahora en los brazos de la memoria, se acuerda al fin de su desastrosa gestión de la crisis del Prestige o de la manipulación del 11-M para endilgarle los muertos a ETA.
Ahora aparecen nuevamente debajo de la alfombra de los recuerdos los traidores Tamayo y Sáenz, de la mano de Julio Ariza, empresario del PP vinculado a los medios de la ultraderecha, y señalado por su escolta como el que ordenó la protección de los tránsfugas. Esperanza Aguirre supo después premiarle los servicios prestados con sabrosas concesiones de televisión.
Pero para ejercicio de memoria, el de mañana, con la sentencia del 11-M, que pillará al PP y a su coro conspiranoico de pujaltitos, libertad genital y emisora de evangelios apócrifos mirando disimuladamente al futuro, “que es lo que importa” cuando el pasado turbio les señala con el dedo acusador.