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Una muestra para la reivindicación del legado cultural del exilio catalán

Un espacio en un pueblo de L’Empordà ofrece un recorrido a través de intelectuales perseguidos por el franquismo que hicieron de la cultura una herramienta de resistencia.

Arriba, Frontera de El Portús, en el Semanario 'Le Patriote Illustré' (5 de febrero de 1939). Fons Xavier Andreu / MUME (La Jonquera). Abajo, refugiados kurdos sirios cruzando la frontera./ AFP

MARIÀ DE DELÀS

AGULLANA (GIRONA).- El drama de los refugiados que hoy intentan cruzar fronteras, con criaturas a cuestas, muchos de ellos sin nada más que lo puesto y otros cargando con lo que pueden hacia un destino incierto, huyendo de la guerra y de la muerte, después de haber perdido casi todo, trae de nuevo a la memoria conflictos recientes y antiguos, dolorosos episodios históricos, entre ellos los de Bosnia y Croacia hace más de 20 años, o los que tuvieron por escenario tierras catalanas, en febrero de 1939, en la frontera entre los estados español y francés. Se parecen demasiado todos ellos.

Así lo dejaron reflejado en el Museu Memorial de l’Exili (MUME), en La Jonquera (Girona), y de esta manera se recuerda en muchos lugares, campos, caminos y pueblos, a un lado y otro del tramo más oriental del Pirineo. Cerca de medio millón de personas se vieron obligadas a escapar del terror por esa sierra, L’Albera, en situaciones límite, durante los últimos días de guerra, en condiciones terribles, parecidas a las que hoy padecen los ciudadanos sirios obligados a huir de sus casas, que esperan la acogida que debería ser normal en naciones civilizadas y buscan desesperadamente refugio en algún país de Europa.

Algunos expertos se empeñan en rescatar del olvido los bombardeos con los que la aviación franquista castigó a la población de Figueres, el bloqueo al que se vio sometida la masa de refugiados en El Pertús tras una penosa marcha, los últimos reductos de los gobiernos de la Generalitat y de la República en masías y casas, los campos de concentración a los que fue conducida la multitud por parte de las autoridades francesas, las ejemplares pero demasiado aisladas muestras de solidaridad en lugares como Elna, Banyuls o Cotlliure. Tratan de poner en valor la resistencia de las víctimas y al mismo tiempo aprender de la historia, con la voluntad de evitar la reproducción de este tipo de episodios.

El historiador Enric Pujol es el comisario de una muestra permanente, instalada en un pueblo del Alt Empordà, Agullana, dedicada precisamente al exilio, al exilio cultural y a las aportaciones de los intelectuales catalanes que se vieron forzados a abandonar su tierra ante el avance devastador del ejército franquista. “Se trata de que esto funcione como una sala del Museu Memorial de l’Exili de La Jonquera”, explica Pujol, y de “organizar una red de centros” para la recuperación de la memoria como “elemento autocrítico” frente al fenómeno del exilio.

Agullana es sólo un ejemplo de esos lugares, como lo es la playa de Argelers, el Memorial Walter Benjamin en Portbou o la Maternidad de Elna, y como será próximamente un centro de retención de personas en Ribesaltes. En todos esos puntos cercanos entre sí se recuerda la brutal experiencia padecida por los republicanos en los campos de refugiados, pero también la reclusión de ciudadanos judíos deportados por los nazis y, más recientemente, el encarcelamiento de prisioneros capturados en conflictos o la privación de libertad a personas por el simple hecho de ser inmigrantes.

¿Memoria para qué?

“Ante episodios traumáticos como éste, el olvido es la peor de las medidas. Cuando una persona padece un trauma no se le puede decir que lo olvide. Justamente lo que hay que hacer es profundizar, para hacer posible la superación. Colectivamente también es necesaria la catarsis, contra el trauma, contra el miedo, en beneficio de la salud social”, explica el historiador.

La recuperación de la memoria es necesaria también, según el comisario de la muestra, para la recuperación de un legado, para llenar un “vacío” de más de 30 años de exilio. “En lo que se refiere a lengua y cultura, hubo un fenómeno de resistencia, ya que en los territorios de habla catalana se produjo una represión cultural y lingüística que afectó de lleno a la flor y nata de la intelectualidad, que se encontraba comprometida con la Generalitat republicana”, explica Pujol. “Los grandes referentes de esa cultura se fueron y muchos de ellos murieron en el exilio. Algunos pudieron volver”, recuerda, “aunque nunca lo pudieron hacer del todo”. Y señala como ejemplo a personalidades como Carles Riba, Ferran Soldevila, Mercè Rodoreda, Pere Quart, Agustí Bartra, “marcados todos ellos por la experiencia del exilio”.

Enric Pujol, comisario de la exposición./ M. D.

Enric Pujol, comisario de la exposición./ MUME

En su opinión, si en los años cincuenta se pudo iniciar una cierta recuperación de la lengua y la cultura catalanas fue debido al “embrión de resistencia” que se generó durante los cuarenta, lejos de la propia tierra. “El propio Vicens Vives, que no estuvo marcado por el exilio, lo reconoció en Noticia de Catalunya”, señala el artífice de la muestra. “Se fueron las grandes figuras de la Universitat de Barcelona, científicos, filólogos, historiadores como Pere Bosch Gimpera, pintores como Pablo Picasso, músicos como Pau Casals… Hubo excepciones, pero fueron muchísimos los que se fueron. Entre ellos había personas conservadoras. El abanico ideológico era muy amplio”. “Se produjo un genocidio identitario”, asegura Enric Pujol.

“Toda esta gente continuó produciendo y en muchos casos su obra cayó en el olvido, fue desconocida. La dimensión más internacional de la cultura catalana se conoce muy parcialmente”, advierte Pujol, que además insiste en que estas personas “se implicaron en las sociedades que les acogieron”, como se implica todo aquel que ejerce con mayor o menor sufrimiento el derecho a emigrar, menos reconocido ahora que nunca.

Resistencia cultural

En un espacio expositivo de poco más de 70 metros cuadrados, muy aprovechados, se ofrece un recorrido a través del pensamiento perseguido, que arranca con un montaje que simboliza con objetos de guerra abandonados un adiós a las armas, y un entorno de portadas de libros editados en el exilio, para representar a la cultura como herramienta de resistencia.

Junto al escenógrafo Marcel Dalmau, Enric Pujol ha combinado en la misma muestra elementos e imágenes de los años 30 con aportaciones actuales. “Mas Perxès, en Agullana, es uno de los lugares más emblemáticos del exilio cultural y político", explica. "Es el gran símbolo del exilio. Acogió a una parte significativa de la intelectualidad; a unas 300 personas, junto al president Lluís Companys y el lehendakari Joseba Andoni Agirre”.

En Agullana buscó albergue también durante aquellas semanas de 1939 el jefe de Estado Mayor del Ejército Popular Republicano, el general Vicente Rojo, en sus casas se alojaron ministros, militares de toda graduación, el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrios; diputados, representantes diplomáticos, junto a intelectuales como Pere Bosch Gimpera y Carles Pi i Sunyer. Enric Pujol recuerda el testimonio de personas que describieron la vida de aquellos días en ese pequeño pueblo, convertido de alguna manera en una “capital republicana en retirada”.

Otra masía cercana, Can Barris, en otro pueblo fronterizo, La Vajol, fue el lugar en el que residieron durante aquellas fechas el presidente de la República, Manuel Azaña, y el presidente del Gobierno, Juan Negrín, antes de partir hacia el extranjero. A unos centenares de metros de esa casa, se encuentra otro lugar, en cierto modo enigmático, una mina en la que Negrín dispuso la custodia de oro del Banco de España y de un cierto número de obras de arte.

La muestra invita a pensar y conocer episodios históricos relacionados con el éxodo de intelectuales en diferentes fases. En la dedicada a la resistencia se pone de manifiesto que tras la victoria franquista sólo en el exilio se podían editar y difundir “revistas, libros, preservando una lengua que estaba en peligro, al menos en su consideración literaria”.

Un exilio fructífero, a pesar de todo

“El exilio generó una diáspora, que se extendió por buena parte de América Latina y por otros países de Europa, como Gran Bretaña, Suiza… y ya en una segunda fase más tardía, por Italia. Se produjo una dispersión que hizo que la cultura catalana como tal recibiera influencias de lugares muy diversos”, explica Pujol. “El exilio fue durante esos años el único espacio en el que había libertad para discutir sobre ideas contrapuestas y de poder hacerlo en catalán”. “Es por eso que luego el exilio se mantuvo como referente durante los años 60 y 70”.

Fue un fenómeno “fructífero, a pesar de todo”. “Se hicieron muchas cosas en el ámbito cultural. Esta gente echó raíces en los países de acogida, recibieron influencia en el ámbito internacional y la incorporaron a la cultura catalana. En esta muestra se pone en valor esa riqueza”, señala Pujol.

Uno de los espacios de la exposición./ M. D.

Uno de los espacios de la exposición./ MUME

Y ese mismo espacio invita a la reflexión sobre lo que representó la posibilidad del retorno todavía bajo la dictadura ¿Fue una claudicación? La gente del exilio se enfrentaba a un gran dilema, al tiempo que empezaba a plantearse irremediablemente la “dialéctica entre interior y exilio”.

La persecución de los enseñantes

La educación, las ciencias sociales y el pensamiento ocupan un lugar fundamental en la exposición. “La enseñanza y la renovación pedagógica eran señales de identidad republicanas”, explica Enric Pujol. Los profesores fueron por ello uno de los colectivos más perseguidos. “Los maestros se fueron en masa. Eran vistos como sospechosos. La exclusión del magisterio fue una cosa terrible”, insiste.

“El modelo de escuela catalana intentó sobrevivir en el exilio y tuvo también su influencia en muchas otras sociedades. En los países de adopción los maestros hicieron un trabajo muy relevante”, explica el comisario de la exposición. En la muestra de Agullana se exponen documentos, boletines y dibujos que evidencian cómo el trabajo de los enseñantes empezó inmediatamente después de partir, en los propios barracones de los campos de concentración. En ellos se organizó desde la alfabetización al aprendizaje de idiomas.

La derrota del bando republicano significó la negación de la propia historia. “La historia del propio exilio era ilegal”, remarca Pujol. En el recorrido por la muestra que ha diseñado, señala uno de sus libros de cabecera, Los últimos días de la Catalunya Republicana, de Antoni Rovira i Virgili: “Es la crónica en directo de la gran retirada y de lo que supone el hecho de tener que irse, las esperanzas, las contradicciones. Es un ejercicio de historia del presente, de periodismo y de historia. Es todavía hoy el gran referente de un episodio clave, la retirada”.

En esos lugares de L’Empordà se evoca la huida de la propia tierra, por la que se ha llorado tantas veces, sin conseguir doblegar, de momento, la voluntad de los agentes que la provocan aquí y allá, una generación tras otra.

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