La paradoja del FOMO: Por qué querer estar en todas partes está deteriorando tus relaciones reales
Esta expresión se ha banalizado en los últimos años, aunque esconde un síndrome que puede condicionar severamente la vida de aquellos que lo padecen.

Zaragoza--Actualizado a
Vivimos en una sociedad hiperconectada. Esto implica que recibimos inputs sobre la vida de los demás de manera constante: qué están haciendo, adónde han ido, con quiénes están socializando… Se trata de un flujo de comunicación sesgado, eso sí, pues no siempre somos quienes reflejamos en las redes sociales. Este nuevo escenario ha generado una serie de dinámicas sociales únicas de nuestra época. Un doble escenario, el de la vida real y el de la experiencia proyectada, que converge en puntos específicos, generando unas expectativas que no siempre son posibles de cumplir.
Un ejemplo claro lo vimos con la celebración del último Coachella (y se repetirá probablemente con muchos eventos del próximo verano). Absolutamente todas las celebrities e influencers del mundo parecieron asistir al festival, algo que sabemos porque se encargaron de retransmitirlo a través de sus diferentes perfiles. Una exposición que lo convierte en el lugar en el que estar, generando una sensación de desasosiego en todas aquellas personas que, deseándolo, no pueden acceder a una entrada ya sea por motivos económicos o de distancia.
Qué es el FOMO
FOMO son las siglas de la expresión fear of missing out, que en castellano vendría a significar miedo a perdérselo o miedo a quedarse fuera. Básicamente, consiste en la ansiedad que se experimenta ante la posibilidad de perderse experiencias vitales significativas que otras personas pueden estar disfrutando en ese mismo momento. Por eso se relaciona estrechamente con las redes sociales, aunque el miedo a quedar excluido puede darse también fuera del entorno digital.
El FOMO no es un trastorno independiente recogido en los manuales como DSM-5 o CIE-11. Sin embargo, sí que es un constructo ampliamente reconocido en el campo de la psicología social. Sin duda alguna, la herramienta más reconocida es la escala FOMO de Przybylski et al. Un cuestionario de unas diez preguntas en el que se evalúa el miedo a perder experiencias, la preocupación por lo que hacen los demás o la necesidad de estar conectado.
Síntomas del FOMO
Debido a que no es una patología establecida, el FOMO no posee una lista de síntomas oficiales como si fuese una enfermedad regulada. No obstante, a través del estudio se ha podido determinar que se trata de una combinación de dos elementos: la ansiedad experimentada ante la idea de que otros estén viviendo experiencias importantes sin ti y la necesidad de estar conectado o informado durante todo el tiempo. Es ahí donde entran en juego las redes sociales, claves en el desarrollo del FOMO.
Es entonces cuando pueden aparecer diversos síntomas emocionales, de pensamiento y de conducta. A nivel emocional, es común sentir inquietud, irritabilidad o tristeza cuando vemos planes a los que no hemos sido invitados; o cuando sentimos que llegamos tarde a algo. Mientras que a nivel cognitivo suele darse una comparación constante con la vida de los demás y la sensación de que nuestra propia vida es menos interesante.
En el plano conductual, el FOMO se manifiesta muchas veces como una relación complicada con el móvil: consultar notificaciones de manera compulsiva, revisar redes nada más despertarse y justo antes de dormir, o decir que sí a casi todos los planes por miedo a arrepentirse después. Con el tiempo, este patrón puede afectar al descanso y a la concentración. Además, da pie a una paradoja interesante, pues la calidad de las relaciones presenciales se deteriora, precisamente por querer estar siempre presente.
FOMO vs envidia: cuáles son las diferencias
Es importante no confundir al FOMO con otra respuesta emocional como lo es la envidia, aunque a simple vista puedan parecer lo mismo. La envidia se resume como el deseo de tener lo que el otro posee, ya sean objetos, estatus social o sus experiencias vitales. Sin embargo, el FOMO se relaciona como un miedo a quedar excluido. Es decir, no implica la sustitución del otro, tampoco el deseo de que le vaya mal. Es, por así decirlo, mucho más introspectivo.
No obstante, hay una cierta ligazón entre FOMO y envidia. No en vano, las personas envidiosas suelen puntuar más alto en la escala de FOMO, por lo que sí podría articularse una relación directa.
¿Ha existido siempre?
Como hemos visto, el FOMO está muy relacionado con el uso del smartphone y, más concretamente, las redes sociales. Por ello cabe preguntarse si se trata de un síndrome moderno, o si ha existido siempre. Históricamente, la primera persona en ponerle nombre fue Dan Herman, quien lo identificó en 1996 y, finalmente, lo publicó en un artículo científico publicado en el año 2000. Eso sí, lo hizo en un contexto de marketing. Se refería a un tipo de comportamiento de los consumidores, el cual buscaba aprovechar para aumentar la venta de productos.
El concepto de FOMO no se popularizó hasta 2004, cuando fue incluido en una columna del periódico estudiantil de la Universidad de Harvard. Su autor fue Patrick McGinnis y en ella hablaba de cómo los estudiantes de MBA (el master de administración y dirección de empresas) intentaban aprovechar al máximo todas las oportunidades que se les brindaban por estar en un entorno privilegiado, y a su vez el miedo latente a perder la conexión que pudiese ser determinante para su futuro profesional. Aquel artículo fue relevante porque se considera el primero en emplear el acrónimo FOMO, que poco después se extendería por Internet. Así hasta que fue recogido por el campo de la psicología en el estudio Computers in Human Behavior (2013), liderado por Andrew K. Przybylski y que dio pie a la escala nombrada anteriormente.
No obstante, aunque no tuviese nombre, el miedo a la exclusión social es algo que lleva existiendo desde mucho antes de que tuviese nombre. Es cierto que las redes sociales han cambiado el paradigma, todo es mucho más inmediato y la sensación de quedarse fuera puede haberse potenciado. Sin embargo, las emociones son las propias de las relaciones humanas, por lo que son tan antiguas como estas.
Cómo evitar que el FOMO te controle
Para paliar el FOMO es importante actuar sobre los dos elementos que lo conforman. Por un lado, la dependencia del teléfono móvil y, sobre todo, las redes sociales. En sus casos más graves, la llamada nomofobia debe ser tratada como una adicción más, y por ello es probable que necesite de una supervisión médica para poder ser erradicada. Aún así, por norma general, se puede controlar con una serie de pautas beneficiosas para la salud mental como lo son: el ejercicio físico, potenciar las relaciones sociales presenciales y llevar un control de las horas en las que empleamos el móvil.
Sin embargo, la regulación del uso del móvil puede ser insuficiente si no se trata la raíz por la que este se consulta de manera compulsiva: la comparación constante con la vida de otros y, en general, el estado de nuestra vida social. Nuevamente, lo recomendable es tratar con un psicólogo que pueda determinar la razón subyacente por la que nuestra vida no nos satisface y, así, poder determinar el campo a trabajar para no necesitar estar viviendo la vida de los demás.
Como guía general, resulta útil hacerse algunas preguntas antes de aceptar un plan o de lanzarse a compartir cada experiencia en redes: ¿Hago esto porque realmente me apetece o solo porque temo quedarme fuera? Si nadie lo viera en redes, ¿seguiría queriendo hacerlo?. Al mismo tiempo, conviene recordar que lo que vemos en redes sociales es una versión seleccionada y editada de la realidad: las personas tienden a mostrar momentos altos, logros y emociones positivas, mientras que esconden el aburrimiento, las dudas o los fracasos. Tener presente este sesgo ayuda a que la vida de los demás deje de parecer tan perfecta y a dirigir más energía a lo que sí está bajo nuestro control.





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