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El abuelo Lucio, un olivo centenario amenazado de muerte

En diez años se ha talado una tercera parte de la plantación de olivos centenarios Lucio en Granada. La asociación Argentata inicia una campaña de apadrinamiento. Los costes de recogida son la principal excusa de sus propietarios, que optan por la agricultura intensiva.

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Imagen del olivo Lucio

GRANADA.- El abuelo Lucio estaba condenado a muerte. Resistía con sus más de 500 años como uno de los olivos de la variedad Lucio, únicos en la zona de Poniente de Granada. Le arrancaron sus hojas, lo dejaron sin copa y cortaron la mayoría de sus ramas hasta dejarlo casi en los “huesos”. Reducido a su mínima expresión, para extraer su último aprovechamiento: leña. Junto a él, cuatro ejemplares de menor porte con el mismo destino.

In extremis, aparecieron los miembros de la asociación Argentata, en defensa del olivo Lucio. A pesar de un coste altísimo para sus bolsillos, con los casi cuatro metros de perímetro del árbol y sus 5000 kilos de peso, aplicaron un rescate de última hora: un trasplante urgente. Con un camión y dos grúas lo llevaron a su granja escuela Parapanda. Saben que, tras el traslado, el “abuelo” no producirá un rendimiento inmediato pero no es lo que buscaban. “Queríamos salvarlo de morir. Yo digo que, como ni sus padres ni sus hijos lo querían, lo hemos traído con nosotros, como si fuese una residencia donde lo vamos a tratar muy bien”, comenta José Manuel López, miembro de la asociación.

Las raíces del abuelo Lucio han vuelto a agarrarse a la vida. El corazón de su tronco está hueco, pero eso ocurre a casi todos los olivos de su edad. De hecho Antonio López, el dueño de la Almazara Casería de la Virgen, muestra los nuevos brotes verdes que se abren paso entre su corteza. Eso sí, “tenemos que mantener muy bien su humedad porque los capilares que había en sus raíces son como nuestras venas, y esas las perdió en el arranque”, desvela.

En voz baja, José Manuel comenta que los árboles también sienten. Por eso justifica que parte del proceso de “rejuvenecimiento” del árbol viene de los pequeños que corretean por el campo cuando visitan la granja escuela y la almazara. El abuelo Lucio ha sustituido el abandono y el arranque de sus ramas, por la compañía y los abrazos de los niños que lo visitan. “Hay un cambio de energía entre la planta anciana y con su propia sabiduría, y la energía infantil, que no es poca. Y esa conexión, existe”, apunta José Manuel con una sonrisa de satisfacción.

Todo empezó con una rama de olivo de Túnez

La genealogía del abuelo nos traslada al siglo XII d. cr. Después de navegar millas marinas, desde la lejana Túnez, un día llegó un olivo Lucio al valle de Poniente de Granada. Los árabes lo plantaron en las montañas que rodean a la fortaleza de Íllora. Desde allí, se enfrentaron a la quema de campos y cultivos durante la Reconquista. En los siglos XVII y XIX se expandieron tras la desamortización. Así, poco a poco, pervivieron en estos campos de Granada… hasta que hace cuarenta años, su historia se desvanece.

Desde la Asociación Argentata se las ingenian para impedir la muerte segura que espera a la mayoría de esos olivos centenarios. Quedan unas 10.000 has. De ellas forman parte 110 árboles que se iba a talar este pasado invierno, en una finca junto a la carretera. Dos días antes del talarlos, la asociación Argentata llegó a un acuerdo comercial con su propietario. Ellos esperan suplir, con el apoyo social, las pérdidas del agricultor.

¿Por qué los agricultores prefieren talar los olivos Lucio?

La razón se encuentra en la agricultura intensiva de los últimos cuarenta años. La plantación de los árboles Lucio, de hace 300-500 años, fue muy diferente a como hoy ocurre con la variedad Picual, que centra la principal producción. Por la época del abuelo Lucio, el terreno se aprovechaba también para el cereal. Eso ya no ocurre.

Otro factor es el marco de plantación. La apuesta tradicional es de 12x12, y la actual de 7x8. Y otra más, el tronco del olivo. Los medios tradicionales de recolección no están adecuados a los troncos de tres metros de los Lucio. “Nosotros lo hacemos a base de palos y hay unos vibradores de mochila, con la que vas cogiendo pequeñas ramitas”, subraya José Manuel. Y Antonio, apunta: “Hablamos de unos 45 y 60 kilos de producción en el Lucio y de unos 60-80 kilos en Picual. Cuesta tres veces más coger un kilo de aceituna Lucio de olivar ecológico y tradicional, que en el uso intensivo de Picual”.

Frente a esto, la asociación se acerca a unos cien agricultores de la zona para convencerlos de que no talen estos árboles centenarios aún productivos. Les dicen que se diferenciarían de sus competidores y que la calidad del producto es diferente. Y les recuerdan que es más resistente. Los Lucio maduran el fruto antes de que llegue el frío. Con la variedad Picual, la aceituna se hiela y se pudre. “Tenemos que hacer que el agricultor se sienta orgulloso de tener un olivar de esas características tan únicas. Decir: ¡Tú no tienes un olivo, tú tienes una catedral, cargada de historia! Y los restos históricos no se destrozan. No hay otra planta que a esa edad esté produciendo y que nos estén alimentando”, relata José Manuel.

¿Y si eso no funciona? “Que vean la película El Olivo”, propone Antonio. “Esa peli habría que proyectarla en todo el pueblo. Si no entienden ese mensaje, estamos perdidos y se destrozará un patrimonio”. Por el momento, ellos retoman una exposición que cuenta como un granito para la conciencia.

Se buscan padrinos

Dejamos atrás los 110 árboles que han logrado salvar, y Antonio muestra otros 45 olivos Lucio. Estos buscan padrinos. Con esa aportación quieren compensar la pérdida de rentabilidad del agricultor, quien se compromete a cultivarlos. Esta asociación, a la desesperada, ha salvado a los cinco olivos que trasladaron a su granja escuela y a estos 110, pero necesitan el apoyo de la sociedad: “El apadrinamiento no es la solución definitiva, pero permite que la gente se implique”, propone Antonio, quien ultima esta campaña desde la web olivolucio.com. Ellos no se dan por vencidos, a pesar de los “capotazos” que instituciones públicas le dan como respuesta.

“Sabemos de un dueño que, después de talarlos y plantar una nueva variedad dijo… ‘Me deberían haber cortado las manos el día que me dispuse a cortar los árboles’.
Comentaba que a él nadie le advirtió que había que cuidarlos, que todo el mundo los talaba para leña. Por eso necesitamos tiempo, argumentos, y que la gente los proteja con su consumo o el apadrinamiento”, sostiene Antonio. Ahora, los agricultores prefieren esperar a la reacción de la gente. Por eso, aunque asociaciones ecologistas y universidades han propuesto crear una figura de protección legal del olivo Lucio, ellos prefieren contactar directamente con el agricultor y ser cautos. “De haber una imposición legal, podemos alentar al que tiene en mente mejorar la finca, y que adelante la tala de los árboles”, según la asociación.

Olivos de casi 1000 años frente a la invasión urbanística

Antonio y José Manuel me llevan en coche justo a la entrada del pueblo de Íllora y ascendemos por una abrupta montaña. “Un día me escapé por aquí y fue precisamente donde me di cuenta de su historia y del patrimonio natural a conservar”, confiesa Antonio. En el paisaje emergen troncos enormes con raíces retorcidas que se agarran al suelo y a las piedras, con una plantación sin simetría. “Estos olivos son árabes. Tienen unos mil años. Quedarán unos 5000 ejemplares”, detalla José Manuel.

En un futuro, quieren crear aquí un parque temático para descubrir que son olivos salvados de la quema de campos de la Reconquista. También evitaron su tala porque su terreno no es apto para cultivar. Y, además, escaparon de la devastación urbanística porque se desarrolló en sentido contrario a su situación, aunque otros no tuvieron tanta suerte. Desde la altura de la montaña, Antonio señala un grupo de olivos muy agrupados en un solar abandonado, junto a una nave industrial: “¿Los ves? En 2007 vino la moda de arrancar olivos para decoración de urbanizaciones. Veíamos, de manera frecuente, camiones con ellos. Esos de ahí eran de una urbanización. Al final, con la crisis, no se construyó y de urgencia se plantaron ahí esos olivos que en su día se arrancaron, esperando que alguien los compre”.

Los brotes verdes de los más ancianos

“Mira estos brotes verdes…”, señala José Manuel, junto a uno de los olivos de mil años, al que acaricia. “Nos están diciendo… ¡Eh, que estoy aquí! Aguantando aún, pero si no me haces caso…” Desde la asociación cruzan los dedos para que los 45 olivos sean apadrinados y para que más personas se sumen a su labor. También, para que el abuelo Lucio y otros tantos ejemplares como él no dejen de ser abrazados por las generaciones venideras. Buscan que el valor histórico sobrepase al económico.

Cientos de años en los que estos olivos presenciaron la historia de una comarca y de sus hombres. Entre ellos, un joven de la zona al que casi todos conocían. El mismo que, años después, murió fusilado en la guerra civil al lado de un olivo. El mismo que escribió estos versos bajo la sombra de un Lucio:

“En lo alto de aquel monte
Hay un arbolillo verde
Pastor que vas, pastor que vienes
Olivares soñolientos,
Bajan al llano caliente”.


Federico García Lorca